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viernes, 14 de abril de 2017

DEBAJO DE LAS HOJAS AMARILLAS



                                  DEBAJO DE LAS HOJAS AMARILLAS



Se asomó por la ventana por enésima vez.

Nada. Ni una hoja seca sobre el pavimento, sobre la vereda, sobre el césped.

Encendió nervioso un nuevo cigarrillo y el vaso volvió a calentar su interior derramando el whisky en su boca.

Los pocos canales que seguían transmitiendo, solo hablaban de las olas de suicidios. Aquí, en África, en Estados Unidos, en Europa.

Hombres, mujeres, ancianos, niños desperdigados por todo el planeta. Ajusticiados por mano propia. Balas, veneno, sogas, cuchillos, lanzamientos desde azoteas. Todo recurso era válido para eliminar la nada, el vacío.

Se asomó nuevamente a través de los cristales. Raquel, su vecina al otro lado de la calle, oprimía las palmas de sus manos contra los vidrios del ventanal. Por un instante sus miradas se cruzaron pero ninguno de los dos atinó a nada. No hubo saludos, no hubo sonrisas, no hubo destello alguno de vida en sus miradas.

En otras épocas solían jugar con agua cuando el carnaval los invitaba, gritarse comentarios tontos de una vereda a otra o, simplemente quedarse horas charlando al cruzarse en la panadería o en el almacén.

Ahora eran dos espectros a través de los cuales se podían adivinar los muebles, las paredes, los cuadros que estaban tras ellos.

Todo había comenzado unos veinte años atrás. El otoño se había adelantado, pero no en el clima sino en su comportamiento.

Mucho tiempo antes que el verano se marchara, las hojas de los árboles se colorearon de amarillo y cayeron, pesadas, sobre el suelo que las aguardaba dócil, para que no se lastimaran al impacto.

Sucedió abruptamente. De un día para el otro, calles, veredas, plazas, hasta los ríos se cubrieron de láminas de oro.

En una semana la fronda se despojó por completo de sus vestimentas.

Esa mañana, él salió a barrer las bractéolas que afeaban su vereda. Fue allí que su escoba lo dejó al descubierto.

Al lado del fresno que plantara años atrás su padre, reposaba un DVD.

Seguramente alguien lo habría perdido o dejado caer. Lo levantó y lo llevó a su casa.

Invadido por la curiosidad, encendió su reproductor, sentándose dispuesto a ver algo de su contenido antes de continuar con su tarea pero expulsó el disco bruscamente al ver las primeras imágenes.

Ese hombre, el de la filmación, era él. No más joven, no más viejo. Él, tal y cual lo era en ese momento.  

Apagó el aparato y encendió un cigarrillo. ¿Qué clase de broma era esa? ¿Alguien, sin que él lo percibiera, lo había estado siguiendo y filmando?

Aplastó lo que quedaba del cigarro contra el cenicero y salió a continuar el trabajo que había abandonado.

Curiosamente, al atravesar la puerta que daba al exterior, encontró que las hojuelas secas estaban ya acomodadas prolijamente contra el cordón de la vereda, como si alguien se hubiera tomado la molestia de realizar su tarea.

Tiempo después, rememorando ese momento, se daría cuenta que cada domicilio gozaba de igual condición.

Regresó al televisor. Sus manos dudaban temblorosas. Sin embargo, su mente le pedía a gritos saber qué había dentro de esa placa.

Accionó nuevamente el mecanismo.

En la pantalla reapareció su figura.

Pudo verse aseando la vereda, tal como lo había hecho hacía un rato pero, a continuación, se visualizó realizando una serie de acciones que culminaban cuando se iba a descansar.

Hecho esto, el mecanismo se apagó automáticamente. Él salió a la calle y quedó mirando en derredor por un largo rato, dubitativo. No se animaba a contárselo a nadie por temor a que pensaran que su estado mental no gozaba del equilibrio con el que tenía que contar como para ser considerado “normal”.

Fue al empleo. A la salida de éste pasó por un bar y se encontró con unos amigos con los que compartió una cerveza antes de regresar a su morada y acostarse a dormir.

Ya sobre la cama, se puso a repasar su día. El terror lo invadió. Todo había transcurrido tal cual lo había anticipado la grabación.

Los gestos, las decisiones tomadas, los escenarios, las personas. Todo había sido como si hubieran cincelado su día de antemano. Se quedó dormido.

Al día siguiente, luego de levantarse, pensó que todo había sido un sueño, una pesadilla culminada en el instante en que sus ojos se enfrentaron a la luz.

Se incorporó, lavó sus dientes, se afeitó, bañó, y fue hacia la cocina para calentar el café cuando vio el disco, fuera de su cajuela, sobre la mesa.

Por pura curiosidad lo introdujo nuevamente en el aparato reproductor.

Allí estaba él de nuevo. Con la camisa amarilla que tanto le gustaba, y el pantalón negro, tal como estaba vestido en ese momento. Sonrió. Parecía un taxi. Solo le faltaba la banderita roja en cada mano y media sandía en la cabeza y sería el personaje de “Balada para un loco”. Se vio salir de su residencia, subir al colectivo, sonreír a Susana, escuchar a los Redondos, rascarse la cabeza, escribir una carta, revisar sus mails, acostarse.

Sin saber por qué, durante el día, repitió cada una de las escenas. No como si ellas hubieran sido robadas de su vida futura sino como si la película fuera la que dominaría sus actos por venir.

El hecho tornó a reiterarse diariamente, transformándose en normal aquello que había resultado extraño en un primer momento. Hasta casi una adicción,  podría decirse.

Él, que protestaba a diario cuando el despertador lo extraía de su mundo onírico, comenzó a despertarse antes que el reloj se accionara, para ver qué era lo que le deparaba la jornada próxima.

Lo curioso era que no recordaba haber soñado.

Cuando estaba por cumplirse un año del acontecimiento, una mañana y de improvisto, el video no tenía imagen. Sacó el disco, lo limpió y volvió a introducir en la reproductora. Ni siquiera insultó. No sabía qué hacer. Se quedó sentado mirando la lluvia en la pantalla como si no tuviera vida.

Ese día no fue al trabajo ni comió. No hizo nada.  

Incluso durante la noche no durmió, aunque tampoco tenía sueño. Era como si su alma hubiera abandonado su cuerpo.

A la madrugada siguiente, un impulso cuya procedencia ignoraba, lo empujó hacia la ventana. Era otoño nuevamente.

La flora había recomenzado su striptease y depositaba sus vestimentas sobre la superficie de medio planeta.

Aún sin saber por qué, tomó el rastrillo y se dedicó a acumular la hojarasca. Allí estaba. Debajo de la capa ambarina, otra rodaja plateada  residía aguardando a que él lo recogiera.

Lo tomó y entró corriendo a su vivienda hasta llegar a la máquina recreadora de rodajes dejando abandonada su herramienta sobre el césped aún húmedo por la niebla de la aurora.

Esta vez no lo sorprendió, es más, sabía de qué se trataba. Allí estaban las escenas diciéndole qué debería hacer durante el resto del día.  

Y así fueron todos los años.

Lo que no mostraban los videos y, debido a que solo se concentraban en su vida, era que cada vez que el compacto llegaba a sus manos y se repetía la operatoria, afuera, en la vida real,  las viviendas aledañas también contaban con una escoba o un rastrillo abandonados sobre sus frentes o  jardines. Las de su cuadra, las de su barrio, las de su ciudad, las de su país, las de su continente. Las del mundo entero.

Pero ahora las hojas no caían.

Hacía un mes que el otoño había llegado a su fin y ellas seguían aferradas a los árboles como si estuvieran pegadas a ellos y, por lo tanto, los discos no habían llegado a sus respectivas manos.

Se asomó nuevamente por la ventana. Los follajes seguían verdes, rozagantes como el primer día de primavera.

Sus músculos no se movieron. Su cerebro no emitía orden alguna a la que pudieran responder. Se quedó tieso. Inmóvil. Muerto.

Desde la casa de Raquel se escuchó el estampido de un arma. Él no se sobresaltó.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

HAY GOLPES TAN FUERTES EN LA VIDA... !!



                       HAY GOLPES TAN FUERTES EN LA VIDA…!!



Por aquellos días teníamos unos … veintitrés, veinticuatro años y la facultad era el lugar donde podíamos desplegar nuestros sueños sin que nadie se riera de nosotros.
Pablo, hacía ya un par de meses que salía con Miriam y yo llevaba un año de casado. Recuerdo que los fines de semana solíamos ir al parque Independencia, a los juegos esos que ahora están clausurados desde lo del accidente en que se cayeron desde la montaña rusa esas dos jóvenes.
Nosotros no frecuentábamos ese entretenimiento. A pesar de que las chicas, Miriam y Silvana, mi esposa, no sabían manejar, en realidad, ahora que lo recuerdo bien, Pablo tampoco, preferíamos pasar las noches de los sábados conduciendo una especie de autos chocadores que, en realidad, no eran tales sino una algo así como una pista donde los vehículos  movidos por una mecánica similar a la de los autitos chocadores (y de ahí mi comparación) realizaban un recorrido circular. Lo lindo, lo verdaderamente lindo, de esto, es que no lo hacíamos por competir sino por pasar el tiempo. Y cómo se pasaba!!. Apenas descendíamos de esa especie de cartings cerrados íbamos, inmediatamente, a hacer la cola para comprar mas boletos que nos permitieran volver a nuestra pequeña historia de carretera. Algunas veces, se hacían las dos, las tres de la mañana y, aún, no habíamos cenado. Los empleados del lugar solían juntarse alrededor del juego para vernos divertirnos.
Con Pablo nos habíamos hecho amigos cuando cursábamos Literatura Europea. La profesora estaba dando una clase sobre el Dante cuando él hizo un comentario que me causó mucha gracia. No estábamos juntos en todas las cátedras, pero cuando en Análisis del texto, en la que, también, coincidíamos, dijeron que había que formar grupos para hacer un trabajo especial, no dudé en elegirlo a él y él no tuvo problema alguno en aceptarme.
Coincidíamos (y coincidimos) terriblemente en nuestros gustos.(salvo por nuestros equipos de fútbol, él es de Central y yo de Newells). Led Zeppelin, Peter Gabriel, Los Jaivas, las tardes a la vera del río, Mastroiani y, sobre todo, Vallejo.
Entre clase y clase, los poemas de César Vallejo se convertían ,inevitablemente, en nuestro pasatiempo.
Piedra negra sobre una piedra blanca, Un hombre pasa con un pan al hombro, eran repetidos una y mil veces como si fuésemos chicos de la primaria tratando de memorizar el poema que debíamos exponer en el acto del 25 de mayo.
Que alegría, cuando fuimos a ver “El exilio de Gardel”, de Solanas, cuando en una toma del filme aparecían Gardel, San Martín y Vallejo tomando mates!.
Era el año 80 e ir a la facultad de humanidades y artes, recién finalizada la dictadura, era, casi, como una moda.
Los que, antes, éramos mirados como bichos por recitar poemas de Rimbaud o de Bukowsky, nos habíamos convertido en los niños mimados de las reuniones.
Y aquellas doncellas que,  un tiempo atrás   se reían de nosotros, ahora sentían que si no tenían una de nuestras cabezas exhibidas en las paredes de sus livings, no iban a ser  aceptadas por sus amigas.
Fue así que, una tarde, a la salida del trabajo, me encontré tomando un café con Ruana, la alemana de ojos celestes de la otra comisión, objeto de todas las miradas masculinas cuando, al salón, entraba.
Pero necesitaba una excusa para justificar mi llegada, a casa, fuera de horario. Qué mejor que una reunión con Pablo?
No hubo problema alguno, de parte de él, para acceder a mi requerimiento, como tampoco hubo reparo para cumplir el mismo rol de mi parte, cuando él se citó con Payné.
Nuestros días de galanes habían comenzado y no estábamos dispuestos a negarnos a ese obsequio que la diosa fortuna había puesto en nuestras manos.
El célular es un invento posterior a esa época y las comunicaciones vía telefónica, no eran, lo que se dice, algo que se pudiera conseguir muy fácilmente. Internet tampoco existía y, por todo ello, si nos encontrábamos algún día acompañados de nuestras parejas, y siendo que, cada vez que nos hallábamos en alguna de esas situaciones placenteras, utilizábamos la misma excusa, no siempre teníamos la oportunidad de avisarnos.
Fue allí que, nuestro querido César, vino en nuestra ayuda. No inmediatamente, lógico, pero luego de pensar y pensar, inventamos una clave para, si un encontronazo de esa naturaleza se llevaba a cabo y uno no le había podido avisar al otro o viceversa, poder alertarnos mutuamente.
Y nuestro querido Vallejo vino a ofrecernos su tan hermosa “hay golpes tan fuertes en la vida”.
Tampoco éramos los Rodolfos Valentinos de la facultad, obvio, pero, dada la situación, ni Silvana ni Miriam sospecharían si uno de los versos mas bellos ,del que era nuestro máximo ídolo, era citado por uno,  otro o los dos simultáneamente, en nuestros encuentros.
Transcurridos unos años y, sin recibirme, abandoné la facultad. Mi hijo mayor había llegado al mundo y un solo sueldo no alcanzaba.
Asimismo, Pablo, también dejó letras pero para pasarse a comunicación social.
Fue así que nuestros encuentros se fueron haciendo, cada vez, mas distanciados.
Las épocas de amantes furtivos se habían terminado.
No obstante ello, cada vez que nos cruzábamos o nos citábamos para compartir una cerveza, el “hay golpes tan fuertes en la vida”, surgía como un chascarrillo que, solo, nosotros dos entendíamos.
Después, quizás porque las obligaciones eran cada vez mas grandes, dejamos de vernos por algunos años.  
Una noche de agosto, íbamos al cine con Silvana a ver una nueva de Campanella cuando nos cruzamos con Pablo. Ya no salía con Miriam. Hacía un tiempo se habían distanciado. En su lugar, una joven y bonita chica lo acompañaba. Obviamente, el “hay golpes tan fuertes en la vida” fue el saludo obligado. Nos abrazamos fuertemente. Ellos recién salían de ver la película, así que los dejamos rápidamente,  puesto que nuestra función ya comenzaba. Sin embargo, algo me extrañó. En el momento en que uno de los dos pronunció la frase secreta, no recuerdo si fue él o yo,  una mirada extraña se cruzó entre Silvana y Pablo. Una mirada, como, cómplice, se podría decir. Durante la proyección, mi esposa, estuvo algo distinta con respecto a mi. Distante. En algunas oportunidades, ya se había comportado de esa manera pero hacía tiempo no lo hacía. Intenté recordar cuando. Si. Eran las veces que, al encontrarnos con Pablo y Miriam, era él, el que pronunciaba el verso de Vallejo.
Al salir a la calle no quiso darme la mano. Yo tampoco la presioné para que lo hiciera. En cuanto a Pablo, jamás volví a llamarlo.

sábado, 12 de septiembre de 2015

ASÍ DICEN



                                                                       ASÍ DICEN

-Así que usted es el Pardo Moreno
-El mismo que viste y calza
-¿Y cuánto calza, si se puede saber?
-Cuarenta y tres a la sombra
-¿Y al sol?
-Cuarenta y cinco. El cuero, al sol, dilata
-Así dicen
-Y usted, según se ve, el tan Mentado Robustiano Robles
-Así dicen
-Y por qué tan mentado?
-La vieja me hacía vapor con menta de pibe. El asma, vió?, y la menta abre el pecho
-Así dicen. En mi barrio, para abrir el pecho, usan cuchillo
-Como bien lo há dicho, usted no es de éste barrio, Moreno
-Así dicen. Vengo del otro lado del arroyo
-De que lado, Pardo?, tenga en cuenta que estamos en una bifurcación
-De aquel
-Por favor, sea mas específico, Moreno
-De aquel, de aquel!!!
-Gurruchaga!!!
-Eso dicen
-Y no me podía decir, “vengo del barrio Guruchaga?”
-Usted es bastante insolente, Robles
-Así dicen
-Sepa que no le corto la jeta porque…
-¿por qué?
-Porque ya no tiene lugar de tantas cicatrices. Se ve que muchos duelos há tenido
-Así dicen
-¿Y es verdad?
-No. Me caí arriba de un alambrado de púa
-Doloroso el trago
-Así dicen, pero ¿qué anda haciendo por éstos lugares
-Sepa, Robles
-Dígame Robustiano, nomás
-Está bueno, si así lo prefiere. Vea, Robustiano Nomás
-No. Robustiano, coma, nomás
-¿Por qué voy a comer si no tengo hambre, hombre?
-El signo, el signo
-Sagitario, Robustiano Nomás. Nací el 24 de noviembre. El año no se lo digo porque no me gusta revelar la edad
-Déjelo en Robles, Moreno, prosiga
-Se le agradece…
-Siga, hombre, siga
-Como le decía, Robustiano, yo soy un hombre muy enamoradizo, y me perdí tras los pasos de una mujer
-Manaya el guapo sin destino. Lo comprendo, Pardo, yo también hé estado enamorado
-Usted no comprende nada, Robles. Le digo que me perdí. No sé cómo volver a casa
-No se preocupe, Moreno, yo sé que un guapo no es guapo si pierde el norte. Tenga, éste es un GPS, yo tengo otro igual en casa. Mire, usted escribe la dirección acá, ¿entiende?
-Mas o menos, aparato complicado el GPS éste
-Así dicen

viernes, 3 de julio de 2015

UNA SUAVE, DULCE MELODÍA



                                  UNA SUAVE, DULCE MELODÍA



Jamás se me hubiera ocurrido quedarme sin trabajo a los cincuenta y cuatro años de edad. Sin embargo, allí estaba, junto a mis compañeros de tres décadas de labores, frente a un cordón policial que no nos dejaba llegar hasta la persiana baja de la empresa donde habíamos compartido mas de la mitad de nuestras vidas. Algunos intentaron atravesar la barrera uniformada para llegar hasta la puertita del costado, por donde Alvarez, el dueño de la fábrica, entraba todos los días, puntualmente, a las cinco y media de la mañana para controlar que, todos, estuvieran en su puesto a las seis menos diez en punto, desde las cámaras instaladas en todo el edificio y, si eso no fuera suficiente, desde su amplio ventanal polarizados, donde nosotros no alcanzábamos a ver su figura pero que, sabíamos, estaba allí durante cada segundo de la jornada laboral, como un atento francotirador dispuesto a disparar cien, mil telegramas que atravesaran la esperanza si las cosas no se hacían como él quería, pero, aunque los que lo intentaron llevaban la fuerza de la impotencia y de la bronca, no pudieron llegar hasta la entrada. Algunos terminaron magullados, desperdigados por el suelo como perros apaleados, otros, como reses, metidos a presión dentro de uno de los camiones de las tropas  especiales que emprendió su recorrido abriéndose paso entre los otros vehículos, a fuerza de sirena.

Poco a poco, la mayoría nos fuimos retirando. Solo unos cuantos se quedaron en el lugar con la intención de armar una carpa e instalar, allí, una carpa, aguantando hasta que Alvarez o alguno de sus cipayos se dignara hablar con ellos. Yo sabía que esto iría para largo. Primero los medios, hasta que dejara de ser noticia, tal vez algún enviado del ministerio de trabajo que oficiara como mediador para dar tiempo a que la maldita empresa terminara de legalizar todos sus chanchullos y quedara libre de culpa y cargo.

Yo me fui a casa mientras escuchaba el –no se vayan, compañeros, ésta lucha es de todos- de parte de algunos y el –cagones, carneros, hijos de puta traidores- , de parte de otros.

Sin embargo, a pesar de mi escepticismo, no tardé mucho en conseguir otro empleo.

Gracias a mi función dentro de la empresa, conocía a muchos de los proveedores y clientes que mantenían relaciones comerciales con la misma. A los cinco meses de aquel desafortunado momento en el que parecía que mi vida se desmoronaba, estaba estrenando mameluco en una distribuidora de la calle Balcarce.

Alguien me dijo una vez –si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes-. Yo nunca se los había contado pero se ve que él ya se traía algo entre manos. Un tiempo después de que estaba en la distribuidora, un dolor leve se instaló en mi espalda, a la altura de la cintura. Al principio no le dí importancia. Sería una lumbalgia de esas que vienen con la edad. Con un par de calmantes y alguna crema de esas que usan los jugadores de fútbol seguramente desaparecería. No fue así. El dolor fue in crescendo hasta hacerse insoportable y, por lo tanto, imposibilitándome para trabajar.

Después de varios estudios, radiografías, electromiografía y que se yo cuantas fías mas, el médico dictaminó que tres hermosas hernias de disco se habían instalado en mi cuerpo decididas a no ser extirpadas quirúrgicamente. Comencé, entonces, un largo periplo a través de kinesiólogos, quiroprácticos, gurúes de la post urología y cuanto manosanta me recomendaran esos que me decían –no sabes lo bien que me hizo a mi-, sin resultado alguno.

Durante largos meses la única postura en la que no sentía dolor alguno era tirado boca abajo sobre el suelo. Allí pasaba mis mañanas, mis tardes, mis noches. El único que me iba a visitar era Franco, un loco con el que habíamos compartido un par de años en lo de Álvarez y, con el cual, habíamos comenzado una especie de amistad.

El no era como yo. Yo era osco, oscuro, antisocial y solitario. El, en cambio, y quizás por el hecho de ser mucho mas joven que yo, no dudaba en entablar conversación con la primera persona que se le acercara, ya fuera en un tema interesante o trivial. Además era músico, tocaba un teclado honner que se había comprado de segunda mano pero al que le sacaba unas hermosas melodías. Vivía en el otro extremo de la ciudad, sin embargo y, sin excepción, una vez a la semana pasaba por casa para ver si necesitaba algo, puesto que yo ni salir a hacer las compras podía, charlábamos y escuchábamos algo de música.

Fue en una de esas visitas que me trajo el compact. Lo había grabado en un estudio que tenían en una FM comunitaria, cobrándole dos chirolas a cambio. Me lo mostró con orgullo –es mi primer disco- me dijo – éste tiene siete temas solamente pero ya estoy trabajando en uno nuevo.  

No era desagradable. En realidad era mejor que muchos de esos que suenan una y otra vez en las radios de turno. Cuando se marchó le pedí que lo dejara puesto en repetición, que me gustaba. Él me dijo que no fuera obsecuente, pero le gustó la idea. Me dí cuenta de ello por su sonrisa. Hizo lo que le pedí y se marchó. Apenas se marchó el sueño me fue venciendo, pero no apagué el reproductor.

Cuando desperté me sentí algo extraño. Si bien el dolor no había desaparecido por completo, el malestar se había como suavizado, como ralentizado. Me incorporé lentamente y fui hasta la ventana que daba el patio donde, tantas veces, había jugado a la pelota. Mis viejos me miraban desde una de las fotos de la pared.

No sé si fue por un mal movimiento o qué, cuando apagué la música, una garra volvió a apoderarse de mi columna arrojándome al suelo de manera instantánea. No me animé a moverme y, ésta vez, el dolor fue tan fuerte que, creo que me desmayé.

Cuando recobré el conocimiento no sabía si todo había sido parte de un sueño en el que el deseo de estar mejor, me había sumergido. Las luces de la calle se habían encendido y una luna desolada y redonda se dejaba ver por la ventana. Afuera se escuchaba pasar algún auto de vez en cuando o las risotadas de los muchachos que se sentaban en la vereda de enfrente a compartir cervezas. No tenía idea de qué día ni que hora eran. A ese estado me había llevado mi condición. Sumido en una desesperanza y depresión tal estaba y, a la que no iba a permitirle que me invadiera, que, como pude, fui arrastrándome como podía hasta la compactera para volver a escuchar el disco dejado por Franco. Al principio me pareció extraño. No fue de inmediato pero, a medida que la música avanzaba, me iba sintiendo mejor. Evidentemente el dolor me estaba arrastrando a la locura. Sin embargo, el efecto anestésico que, esa música, producía en mi no se podía negar. Lentamente me incorporé y, ésta vez, luego de sentarme en una silla al lado de la mesa donde estaba el reproductor, apagué la melodía. Nuevamente una cuchillada se incrustó entre mis costillas. Cuchillada que desapareció inmediatamente cuando oprimí, nuevamente, el play.

Obviamente dejé la música puesta.

Sin salir de mi asombro y con el disco sonando constantemente en mi casa, me fui reponiendo. Poco a poco el dolor desapareció por completo pero, si en algún momento, la música se detenía, retornaba a mí como una guadaña despiadada.

A la semana, cuando Franco vino a visitarme, se rió largamente por mi comentario – Debe ser alguno de los medicamentos que tomaste que tenía efecto residual-me dijo, y la tarde se estiró entre mates, risas y sus comentarios acerca de una chica que había conocido.

Sin embargo yo no me conformé. Grabé el disco en mi celular y, decidido a experimentar qué efectos producía en otra gente, comencé a ir a las salas de espera de los hospitales donde aguardaban otros enfermos con dolencias iguales o distintas a las mías.

Algunos se exasperaban y me decían que bajara el nivel de la música y, hasta algunos enfermeros me obligaban a abandonar las salas. Yo trataba de ignorarlos hasta que podía y, mientras tanto, observaba los efectos que mis parlantes producían en los otros enfermos, los que escuchaban y hasta, algunos, se levantaban y abandonaban el lugar alegando que estaban mejores.

En la distribuidora me habían guardado el lugar. Yo trabajaba con mis auriculares puestos, a lo que ellos no hacían objeción alguna, y así me mantenía en perfecto estado de salud. Tenía que tener cuidado de que mi celular no se quedara sin batería puesto que, si en algún momento, dejaba de escuchar el compact, el dolor volvía, pero, a tal efecto me había provisto de un cargador y varias baterías de repuesto.

Cuando salía, continuaba con mis experimentos y, si bien, no eran un cien por ciento efectivo, podía observar un resultado satisfactorio en bastantes de los casos.

Fue en una de esas visitas a los nosocomios que, un doctor, que me había visto reiteradamente en la misma situación, se interesó por mí.

Después de hacerme pasar a su consultorio  escuchó atentamente la historia que le narré con lujo de detalles– se da cuenta de lo que le estoy diciendo?- le dije, -esto puede ser la panacea, el Cádiz sagrado, el becerro de oro, si esto se da a conocer gran parte de la humanidad podría resolver sus problemas de salud, quién sabe si hasta no cure esas enfermedades incurables que la ciencia nunca pudo sanar!!!- -no se exalte, mi amigo- -cómo que no me exalte, yo tengo que ir a los medios, esto se debe divulgar- -no es tan fácil- me dijo -¿por qué?- le respondí –porque si bien usted, ahora, está bien, y, por lo que me cuenta, a varias de las personas que ha estado observando en las salas de espera les ha producido un efecto benéfico, no sabemos si pueda traer daños colaterales, efectos contrarios que, a la larga, resulten peores que las enfermedades que, supuestamente, curan. Mire- continuó, yo conozco a Luis Núñez, ¿escuchó hablar de él? –no-, le respondí – es el dueño de “Balmaceda”, uno de los mas grandes laboratorios no solo del país, sino de Sudamérica. El, seguramente, va a saber orientarnos-

Dos semanas pasaron antes de la entrevista. Yo, durante ese tiempo, no había abandonado mis seguimientos, tratando de acumular datos fehacientes que sirvieran para el encuentro.

La oficina era enorme. Cuadros de todos los estilos pendían de las paredes de mármol, como de mármol eran los pisos que estaban bajo mis pies.

El tal Núñez estaba detrás de un amplio escritorio. Un traje confeccionado en una excelente tela que podía reconocer por mis años de trabajo en Álvarez, cubría su cuerpo. Cuando el doctor y yo nos sentamos frente a él. Apagó el habano cubano que se hallaba disfrutando.

 El hombre no se anduvo con vueltas -¿Puedo escuchar el disco?- se apuró a decir. Largo rato estuvimos en silencio mientras la música nadaba por el recinto.

-¿Así que esto es lo que lo curó?- me preguntó en un tono simpático y amable. Yo asentí con la cabeza. -¿y cuanto tiempo y cuantos médicos había visitado antes de que comenzara a experimentar las mejorías?- -no lo sé- le respondí-, seis, siete meses.No podría aseverar la cantidad de profesionales. –Se da cuenta, caballero – puso un especial énfasis en ese “caballero” – que lo que usted está planteando daría por el suelo lo que le costó a la ciencia y a la medicina dar por sentado?- -pero la ni la ciencia ni la medicina pudo curarme y sí ésta música que estamos escuchando—no me interrumpa, insolente,- levantó la voz el hombretón elegante olvidando sus modales y su tono afable con el que me había recibido – Cientos de eminencias dando sus vidas, noches de desvelo y estudio, experimentos y años de observación sobre mártires que ofrecieron lo poco que tenían de salud para hallar curas a enfermedades de las que ellos, sabían, no tenían oportunidad de escapar- -mentira!!!-, -le grité- a usted no le importa un cuerno todo eso que me está nombrando, a usted lo único que le interesa es que su mercadito de basura que no sirve para nada, no se le venga abajo y, los dos, los tres – en éste punto lo miré al médico que continuaba a mi lado sin emitir palabra alguna- sabemos que si esto que estoy planteando como una hipótesis llegara a confirmarse su imperio se convertiría en polvo. Voy a salir de acá y voy a ir a los medios. Sé que no todos van a escucharme pero alguno lo hará. Haremos nuevas grabaciones con Franco-.

-Habla mucho de medios pero se ve que no escucha las noticias, caballero – dijo Núñez mostrándome un diario que tenía sobre uno de los costados del escritorio y que, yo, no había visto hasta ese momento.-Su amigo franco fue víctima de un lamentable accidente en el día de ayer, sin duda, una pérdida terrible para usted-

No vi cuando el médico sacó la jeringa.

Al sentir el picotazo, llevé mi mano inmediatamente hacia mi cuello. Ya era tarde. El ardor se deslizó a través de mi cuerpo como la lava derramada por un volcán en erupción. Mientras mis músculos se iban paralizando, la imagen de Núñez se fue haciendo más difusa hasta transformarse en un fantasma que permitía ver las cosas a través de su cuerpo, como si fuera de humo. Traté de recordar el tema de Franco. Quizás si me concentraba lo suficiente, podría recuperarme. Fue inútil. Mi conciencia se perdía en un maremágnum de ideas, de imágenes, de recuerdos, y otra melodía, una suave y dulce melodía que jamás había escuchado, lo invadió todo.