martes, 16 de mayo de 2017

LA TREGUA



                                                           LA TREGUA

El  sábado por la mañana, cuando el reloj está por dar las nueve, la periferia se viste de autos lujosos. Vistos desde arriba, parecen los dijes del collar de una dama elegante. Y el lugar es una cenicienta antes de que den las doce campanadas.
Ese día, los poderosos permiten que los marginales, agua, jabón y energía eléctrica ilegal de por medio, suban a sus carros para extirparles la mugre y que ésta quede allí, a donde pertenece. Las manchas, como pecados,  se deslizan sobre las superficies pulidas y son arrastradas por el agua que todo lo purifica.
El sábado no hay policías en la calle de los lavaderos
Ramón sabe que, cuando salga de su casa, el doctor Lencina lo estará esperando a bordo de su Toyota blanco. No sobre la vereda. Lo hace  correctamente, bordeando del cordón. Y cuando Ramón lo ve le da la señal para que, allí si, suba el vehículo a la explanada debajo de la media sombra sostenida por cuatro tirantes que parece que en cualquier momento se van a quebrar.
Se saludan y el doctor Lencina se sientará en una silla de plástico que tiene un diario viejo para que el tiempo no se haga tan largo mientras aguarda a que el trabajo quede perfecto, como siempre.

Durante el rito, ninguno de los dos dice nada, Ramón lanza una primera capa de agua sobre el automóvil mientras piensa en su hijo muerto por la policía y  sus nietos se disputan el triciclo destartalado.
En tanto, el doctor despliega el diario y simula leerlo aunque, en realidad, cavila en la muerte de su hijo durante un asalto.
En el lavadero de al lado Mauricio hace lo mismo que Ramón con la cuatro por cuatro del ingeniero Martínez. Cada sábado, mientras se repite el ritual, el ingeniero le promete a Mauricio un empleo que ambos saben que nunca ha de conseguir.
En la vereda de enfrente, La Marta espera que la señora de Ramos traiga alguna ropita usada para su nieta mas chica, la de los ojos redondos y negros.
Una vez a la semana, el sitio es el punto de encuentro entre dos estirpes antagónicas, y comparten charlas de política, de deporte, de economía, como si todos fueran eruditos, como si fueran amigos de toda la vida. Los adinerados se quejan del impuesto a las ganancias y los no tan adinerados del precio del vino y de la leche.
Por la noche, esos autos ocupan sitios frente a los grandes restaurantes de las avenidas, lejos de los fregaderos donde tornan a transitar las patrullas. Deben llevarse el diezmo de lo recaudado para que el comisario siga siendo benevolente y no clausure los puestos por no contar con las medidas de seguridad pertinentes. En las casuchas, se reza para que el sábado siguiente no llueva.
El domingo, las únicas que no descansan son las bocas de tormenta, devorando la espuma acumulada en la víspera, borrando todo vestigio de que, alguna vez, un sábado haya existido.  
El lunes, los de uno y otro bando, vuelven a ocupar sus territorios. La tregua se ha roto y cada uno hará lo que tenga que hacer para seguir sobreviviendo.