viernes, 14 de abril de 2017

EL CUIDADOR DE PERROS



                             EL CUIDADOR DE PERROS

No usa correas.
Cuando alguno de sus protegidos, que suelen ser más de veinte, intenta cruzar una calle transitada o atacar otro can ajeno a la manada, él, simplemente,  emite un cackeo producido con su lengua y paladar  y el animal acude a su lado a buscar la protección de sus caricias.

Por las noches, cansado pero jubiloso por la jornada transitada con sus amigos, luego de haberlos depositado a cada uno en su hogar, lleva alguno de sus pies hasta su cabeza para rascarse las pulgas, escucha atentamente lo que sucede en la calle, da un par de vueltas sobre sí mismo y, satisfecho, se duerme sobre su alfombrita, mientras mordisquea su hueso de hule.

DEBAJO DE LAS HOJAS AMARILLAS



                                  DEBAJO DE LAS HOJAS AMARILLAS



Se asomó por la ventana por enésima vez.

Nada. Ni una hoja seca sobre el pavimento, sobre la vereda, sobre el césped.

Encendió nervioso un nuevo cigarrillo y el vaso volvió a calentar su interior derramando el whisky en su boca.

Los pocos canales que seguían transmitiendo, solo hablaban de las olas de suicidios. Aquí, en África, en Estados Unidos, en Europa.

Hombres, mujeres, ancianos, niños desperdigados por todo el planeta. Ajusticiados por mano propia. Balas, veneno, sogas, cuchillos, lanzamientos desde azoteas. Todo recurso era válido para eliminar la nada, el vacío.

Se asomó nuevamente a través de los cristales. Raquel, su vecina al otro lado de la calle, oprimía las palmas de sus manos contra los vidrios del ventanal. Por un instante sus miradas se cruzaron pero ninguno de los dos atinó a nada. No hubo saludos, no hubo sonrisas, no hubo destello alguno de vida en sus miradas.

En otras épocas solían jugar con agua cuando el carnaval los invitaba, gritarse comentarios tontos de una vereda a otra o, simplemente quedarse horas charlando al cruzarse en la panadería o en el almacén.

Ahora eran dos espectros a través de los cuales se podían adivinar los muebles, las paredes, los cuadros que estaban tras ellos.

Todo había comenzado unos veinte años atrás. El otoño se había adelantado, pero no en el clima sino en su comportamiento.

Mucho tiempo antes que el verano se marchara, las hojas de los árboles se colorearon de amarillo y cayeron, pesadas, sobre el suelo que las aguardaba dócil, para que no se lastimaran al impacto.

Sucedió abruptamente. De un día para el otro, calles, veredas, plazas, hasta los ríos se cubrieron de láminas de oro.

En una semana la fronda se despojó por completo de sus vestimentas.

Esa mañana, él salió a barrer las bractéolas que afeaban su vereda. Fue allí que su escoba lo dejó al descubierto.

Al lado del fresno que plantara años atrás su padre, reposaba un DVD.

Seguramente alguien lo habría perdido o dejado caer. Lo levantó y lo llevó a su casa.

Invadido por la curiosidad, encendió su reproductor, sentándose dispuesto a ver algo de su contenido antes de continuar con su tarea pero expulsó el disco bruscamente al ver las primeras imágenes.

Ese hombre, el de la filmación, era él. No más joven, no más viejo. Él, tal y cual lo era en ese momento.  

Apagó el aparato y encendió un cigarrillo. ¿Qué clase de broma era esa? ¿Alguien, sin que él lo percibiera, lo había estado siguiendo y filmando?

Aplastó lo que quedaba del cigarro contra el cenicero y salió a continuar el trabajo que había abandonado.

Curiosamente, al atravesar la puerta que daba al exterior, encontró que las hojuelas secas estaban ya acomodadas prolijamente contra el cordón de la vereda, como si alguien se hubiera tomado la molestia de realizar su tarea.

Tiempo después, rememorando ese momento, se daría cuenta que cada domicilio gozaba de igual condición.

Regresó al televisor. Sus manos dudaban temblorosas. Sin embargo, su mente le pedía a gritos saber qué había dentro de esa placa.

Accionó nuevamente el mecanismo.

En la pantalla reapareció su figura.

Pudo verse aseando la vereda, tal como lo había hecho hacía un rato pero, a continuación, se visualizó realizando una serie de acciones que culminaban cuando se iba a descansar.

Hecho esto, el mecanismo se apagó automáticamente. Él salió a la calle y quedó mirando en derredor por un largo rato, dubitativo. No se animaba a contárselo a nadie por temor a que pensaran que su estado mental no gozaba del equilibrio con el que tenía que contar como para ser considerado “normal”.

Fue al empleo. A la salida de éste pasó por un bar y se encontró con unos amigos con los que compartió una cerveza antes de regresar a su morada y acostarse a dormir.

Ya sobre la cama, se puso a repasar su día. El terror lo invadió. Todo había transcurrido tal cual lo había anticipado la grabación.

Los gestos, las decisiones tomadas, los escenarios, las personas. Todo había sido como si hubieran cincelado su día de antemano. Se quedó dormido.

Al día siguiente, luego de levantarse, pensó que todo había sido un sueño, una pesadilla culminada en el instante en que sus ojos se enfrentaron a la luz.

Se incorporó, lavó sus dientes, se afeitó, bañó, y fue hacia la cocina para calentar el café cuando vio el disco, fuera de su cajuela, sobre la mesa.

Por pura curiosidad lo introdujo nuevamente en el aparato reproductor.

Allí estaba él de nuevo. Con la camisa amarilla que tanto le gustaba, y el pantalón negro, tal como estaba vestido en ese momento. Sonrió. Parecía un taxi. Solo le faltaba la banderita roja en cada mano y media sandía en la cabeza y sería el personaje de “Balada para un loco”. Se vio salir de su residencia, subir al colectivo, sonreír a Susana, escuchar a los Redondos, rascarse la cabeza, escribir una carta, revisar sus mails, acostarse.

Sin saber por qué, durante el día, repitió cada una de las escenas. No como si ellas hubieran sido robadas de su vida futura sino como si la película fuera la que dominaría sus actos por venir.

El hecho tornó a reiterarse diariamente, transformándose en normal aquello que había resultado extraño en un primer momento. Hasta casi una adicción,  podría decirse.

Él, que protestaba a diario cuando el despertador lo extraía de su mundo onírico, comenzó a despertarse antes que el reloj se accionara, para ver qué era lo que le deparaba la jornada próxima.

Lo curioso era que no recordaba haber soñado.

Cuando estaba por cumplirse un año del acontecimiento, una mañana y de improvisto, el video no tenía imagen. Sacó el disco, lo limpió y volvió a introducir en la reproductora. Ni siquiera insultó. No sabía qué hacer. Se quedó sentado mirando la lluvia en la pantalla como si no tuviera vida.

Ese día no fue al trabajo ni comió. No hizo nada.  

Incluso durante la noche no durmió, aunque tampoco tenía sueño. Era como si su alma hubiera abandonado su cuerpo.

A la madrugada siguiente, un impulso cuya procedencia ignoraba, lo empujó hacia la ventana. Era otoño nuevamente.

La flora había recomenzado su striptease y depositaba sus vestimentas sobre la superficie de medio planeta.

Aún sin saber por qué, tomó el rastrillo y se dedicó a acumular la hojarasca. Allí estaba. Debajo de la capa ambarina, otra rodaja plateada  residía aguardando a que él lo recogiera.

Lo tomó y entró corriendo a su vivienda hasta llegar a la máquina recreadora de rodajes dejando abandonada su herramienta sobre el césped aún húmedo por la niebla de la aurora.

Esta vez no lo sorprendió, es más, sabía de qué se trataba. Allí estaban las escenas diciéndole qué debería hacer durante el resto del día.  

Y así fueron todos los años.

Lo que no mostraban los videos y, debido a que solo se concentraban en su vida, era que cada vez que el compacto llegaba a sus manos y se repetía la operatoria, afuera, en la vida real,  las viviendas aledañas también contaban con una escoba o un rastrillo abandonados sobre sus frentes o  jardines. Las de su cuadra, las de su barrio, las de su ciudad, las de su país, las de su continente. Las del mundo entero.

Pero ahora las hojas no caían.

Hacía un mes que el otoño había llegado a su fin y ellas seguían aferradas a los árboles como si estuvieran pegadas a ellos y, por lo tanto, los discos no habían llegado a sus respectivas manos.

Se asomó nuevamente por la ventana. Los follajes seguían verdes, rozagantes como el primer día de primavera.

Sus músculos no se movieron. Su cerebro no emitía orden alguna a la que pudieran responder. Se quedó tieso. Inmóvil. Muerto.

Desde la casa de Raquel se escuchó el estampido de un arma. Él no se sobresaltó.