domingo, 19 de febrero de 2017

MARATÓN



                                                          MARATÓN

Al fin  al cabo eso era lo que había hecho toda su vida. Correr, correr, correr.
Correr a la salida de un trabajo para llegar al otro a tiempo para que no lo echaran. Correr para intentar conseguir, inútilmente, el medicamento que salvara la vida de su hijo. Correr para que la policía no lo atrapara.
Solo nueve hombres quedaban de los trescientos veintisiete que habían partido de la línea de largada.
Hombres, mujeres, niños, ancianos. Cada uno con un número en la espalda y su nombre perfectamente visible para que las cámaras instaladas en los helicópteros de las televisoras de todo el mundo pudieran transmitir  el evento con lujo de detalles.
72, Martínez. 35, Benítez. 174, Cualquiera. Otro nadie.
Un mes atrás, cuando se enteró del maratón, no lo dudó. Sabía que era su única alternativa.
Unos minutos atrás había dejado de sentir las piernas. Era como un autómata al que sus miembros inferiores manejaban a su antojo. Como si ellas supieran cuál era su deber. Pero ahora las fuerzas retornaban. Músculos y tendones volvían a conectarse con el cerebro, dispuestos a trabajar en conjunto para poder cumplir el cometido.
Solo nueve desesperados que habían partido hacían una, dos, mil horas.
Los otros habían ido cayendo durante el recorrido. Golpeando sus cuerpos secamente contra el pavimento caliente del desierto. Abatidos.
Del otro lado de la línea de llegada, la gente gritaba los nombres que los parlantes de sus radios a transistores les decía que aún estaban en carrera.
De repente los vitoreados eran ocho, siete, cuatro, hasta que solo el suyo resonaba en el viento. Ahora ya no era él, era una bandera, una esperanza, un grito de desesperación y rebeldía.
Solo le faltaban veinte metros para arribar a la meta cuando ardor en el estómago y en la espalda lo hicieron doblarse. Llevó sus manos al vientre y las comprobó empapadas. Pero no era sudor lo que las mojaba. Sus palmas estaban rojas. La bala había entrado por la espalda y salido, limpia, por el frente.
Sintió, odio, rabia, lástima, pero ya no por todos los que habían emprendido el camino. La suya era una pena solo para él, que ya no podría volver a ver a los suyos. Quería permitirse ese pequeño acto de egoísmo aunque fuera por un par de segundos en su vida.
A pesar de la temperatura del asfalto, la superficie recibiendo su cuerpo cansado fue bendición después de tanto esfuerzo.
El gentío tras la línea de llevada había quedado en silencio.
Dos hombres armados descendieron de la cabina de la camioneta Ford que se detuvo a su lado. Su rostro quedó hacia el cielo cuando lo arrojaron sobre los otros ocho cuerpos que ya estaban en la caja del vehículo.
El camión retomó el camino en sentido inverso a la meta, hasta que el cartel de “Welcome to México”, se perdió en el horizonte.