miércoles, 8 de febrero de 2017

EL ÚNICO



                                                    EL ÚNICO



Durante los últimos veinte años, Isaac Hamilton había ganado todos los certámenes literarios del mundo en cuanta lengua existiera.

Dueño de un estilo inigualable y, a la vez, versátil e impredecible, ninguna obra de Hamilton era igual a otra que de su mano brotara. Novela, ensayo, cuento, poema, nada existía que “El Único”, como lo habían apodado los otros escritores, no pudiera desarrollar con una maestría y excelencia que lo colocara en el primer lugar.

No solo las editoriales se lo disputaban. Los diarios, revistas especializadas, programas de radio y tv, intelectuales y de cualquier índole, competían por su presencia hasta, casi, la agresividad.

Los organizadores de concursos fueron los primeros en darse cuenta de lo que se avecinaba.

Al resultar siempre Isaac, único triunfador en cuanta disputa de letras se organizara y, al hallarse sin posibilidad de competir, los otros participantes fueron perdiendo el entusiasmo por tales lides hasta que, por fin, solo Isaac intervenía en ellos.


Inútil fue tratar de disuadirlo de que ya no participara en torneo alguno. Hamilton rechazaba sobornos, y cualquier tipo de métodos de desaliento.

Algunos pensaron hasta en el homicidio pero luego descartaron la posibilidad puesto que, convertido en mártir, no habría imprenta en el orbe que tuviera capacidad para imprimir suficientes libros como para abastecer la demanda.

De todas maneras, y como era lógico, sucedió lo que tenía que suceder. La gente se cansó de Isaac Hamilton.

De venderse millones de libros al mes se pasó a la nada absoluta en poco tiempo. Y como todas las editoriales, a las que lo único que les interesaba era el negocio y publicaban exclusivamente textos de él, en menos de un año, imprentas, librerías y las mismas editoriales, se vieron obligadas a bajar sus persianas.

Hamilton, que amaba la literatura como a la vida misma, sintiéndose responsable por lo sucedido, pensó una estrategia.

Las ventas de sus libros y dinero obtenido por entrevistas, le habían permitido amasar una de las fortunas más cuantiosas del planeta.

Fue entonces que, anónimamente, comenzó a organizar, él mismo, nuevos certámenes de los que fueron surgiendo nuevos valores en todos los géneros y lenguas.

Así, nóveles nombres de los lugares más recónditos del mundo y absolutamente desconocidos, renovaron el entusiasmo por la literatura haciendo que la maquinaria editorial reencausara su rumbo.

Y el hombre redescubrió esa cosa indescriptible que la lectura provoca, a través de las creaciones de esos nuevos autores, sin saber que, en realidad, lo que seguían leyendo, eran lo que de la pluma del Único, nacía.