sábado, 25 de febrero de 2017

EL ÉMULO



                                                  EL ÉMULO


Abdul Yarameh, conquistador de Mauritania y, quizás, el más grande admirador de Atila, rey de los Hunos, jamás extendió su imperio más allá de los límites del desierto del Sahara. De esa manera, se aseguró de que, donde pisara su caballo, tampoco volviera a crecer el césped.         

martes, 21 de febrero de 2017

EL HIJO DE LAS BAMBALINAS



                                EL HIJO DE LAS BAMBALINAS

No puedo comprender qué es lo que pasa cuando la luz se enciende.
Todos hacen silencio. Los camarógrafos, los sonidistas, los asistentes.
La chica que me maquilló y peinó y aquellos que me vistieron, desaparecen tras los bastidores
Entonces yo, que no recuerdo quién era antes de atravesar la puerta de los estudios, comienzo a vivir mi vida, cotidiana y normalmente, hasta que el director dice “corten”, y mi mente vuelve a estar, completamente en blanco.

domingo, 19 de febrero de 2017

MARATÓN



                                                          MARATÓN

Al fin  al cabo eso era lo que había hecho toda su vida. Correr, correr, correr.
Correr a la salida de un trabajo para llegar al otro a tiempo para que no lo echaran. Correr para intentar conseguir, inútilmente, el medicamento que salvara la vida de su hijo. Correr para que la policía no lo atrapara.
Solo nueve hombres quedaban de los trescientos veintisiete que habían partido de la línea de largada.
Hombres, mujeres, niños, ancianos. Cada uno con un número en la espalda y su nombre perfectamente visible para que las cámaras instaladas en los helicópteros de las televisoras de todo el mundo pudieran transmitir  el evento con lujo de detalles.
72, Martínez. 35, Benítez. 174, Cualquiera. Otro nadie.
Un mes atrás, cuando se enteró del maratón, no lo dudó. Sabía que era su única alternativa.
Unos minutos atrás había dejado de sentir las piernas. Era como un autómata al que sus miembros inferiores manejaban a su antojo. Como si ellas supieran cuál era su deber. Pero ahora las fuerzas retornaban. Músculos y tendones volvían a conectarse con el cerebro, dispuestos a trabajar en conjunto para poder cumplir el cometido.
Solo nueve desesperados que habían partido hacían una, dos, mil horas.
Los otros habían ido cayendo durante el recorrido. Golpeando sus cuerpos secamente contra el pavimento caliente del desierto. Abatidos.
Del otro lado de la línea de llegada, la gente gritaba los nombres que los parlantes de sus radios a transistores les decía que aún estaban en carrera.
De repente los vitoreados eran ocho, siete, cuatro, hasta que solo el suyo resonaba en el viento. Ahora ya no era él, era una bandera, una esperanza, un grito de desesperación y rebeldía.
Solo le faltaban veinte metros para arribar a la meta cuando ardor en el estómago y en la espalda lo hicieron doblarse. Llevó sus manos al vientre y las comprobó empapadas. Pero no era sudor lo que las mojaba. Sus palmas estaban rojas. La bala había entrado por la espalda y salido, limpia, por el frente.
Sintió, odio, rabia, lástima, pero ya no por todos los que habían emprendido el camino. La suya era una pena solo para él, que ya no podría volver a ver a los suyos. Quería permitirse ese pequeño acto de egoísmo aunque fuera por un par de segundos en su vida.
A pesar de la temperatura del asfalto, la superficie recibiendo su cuerpo cansado fue bendición después de tanto esfuerzo.
El gentío tras la línea de llevada había quedado en silencio.
Dos hombres armados descendieron de la cabina de la camioneta Ford que se detuvo a su lado. Su rostro quedó hacia el cielo cuando lo arrojaron sobre los otros ocho cuerpos que ya estaban en la caja del vehículo.
El camión retomó el camino en sentido inverso a la meta, hasta que el cartel de “Welcome to México”, se perdió en el horizonte.

miércoles, 8 de febrero de 2017

EL ÚNICO



                                                    EL ÚNICO



Durante los últimos veinte años, Isaac Hamilton había ganado todos los certámenes literarios del mundo en cuanta lengua existiera.

Dueño de un estilo inigualable y, a la vez, versátil e impredecible, ninguna obra de Hamilton era igual a otra que de su mano brotara. Novela, ensayo, cuento, poema, nada existía que “El Único”, como lo habían apodado los otros escritores, no pudiera desarrollar con una maestría y excelencia que lo colocara en el primer lugar.

No solo las editoriales se lo disputaban. Los diarios, revistas especializadas, programas de radio y tv, intelectuales y de cualquier índole, competían por su presencia hasta, casi, la agresividad.

Los organizadores de concursos fueron los primeros en darse cuenta de lo que se avecinaba.

Al resultar siempre Isaac, único triunfador en cuanta disputa de letras se organizara y, al hallarse sin posibilidad de competir, los otros participantes fueron perdiendo el entusiasmo por tales lides hasta que, por fin, solo Isaac intervenía en ellos.


Inútil fue tratar de disuadirlo de que ya no participara en torneo alguno. Hamilton rechazaba sobornos, y cualquier tipo de métodos de desaliento.

Algunos pensaron hasta en el homicidio pero luego descartaron la posibilidad puesto que, convertido en mártir, no habría imprenta en el orbe que tuviera capacidad para imprimir suficientes libros como para abastecer la demanda.

De todas maneras, y como era lógico, sucedió lo que tenía que suceder. La gente se cansó de Isaac Hamilton.

De venderse millones de libros al mes se pasó a la nada absoluta en poco tiempo. Y como todas las editoriales, a las que lo único que les interesaba era el negocio y publicaban exclusivamente textos de él, en menos de un año, imprentas, librerías y las mismas editoriales, se vieron obligadas a bajar sus persianas.

Hamilton, que amaba la literatura como a la vida misma, sintiéndose responsable por lo sucedido, pensó una estrategia.

Las ventas de sus libros y dinero obtenido por entrevistas, le habían permitido amasar una de las fortunas más cuantiosas del planeta.

Fue entonces que, anónimamente, comenzó a organizar, él mismo, nuevos certámenes de los que fueron surgiendo nuevos valores en todos los géneros y lenguas.

Así, nóveles nombres de los lugares más recónditos del mundo y absolutamente desconocidos, renovaron el entusiasmo por la literatura haciendo que la maquinaria editorial reencausara su rumbo.

Y el hombre redescubrió esa cosa indescriptible que la lectura provoca, a través de las creaciones de esos nuevos autores, sin saber que, en realidad, lo que seguían leyendo, eran lo que de la pluma del Único, nacía.