martes, 15 de noviembre de 2016

¿POR QUÉ, CARLITOS?



                                    ¿POR QUÉ, CARLITOS?


Carlitos tiene cuatro meses de vida… y llora.
Lo hace desde el instante mismo en que nació.
Ya antes de que la partera le diera la obligatoria nalgada, Carlitos berreaba. Gimoteaba desconsolada, terrible, apoteótica, casi desesperadamente.
Carlitos no cesa de derramar lágrimas ni de chillar un solo instante.
Sus padres intentan consolarlo pero todo esfuerzo es inútil.
Lo mecen suavemente. Lo alzan sobre sus cabezas. Le cuentan historias. Le susurran nanas.
Ya fueron a todos las eminencias sobre el tema, a médicos, a brujos, a parapsicólogos,  para que nadie, absolutamente nadie, les explique cual es el motivo de su congoja.
Carlitos llora de día y de noche. De noche y de día. En su cuarto. En la plaza. En el auto. Mientras lacta. Cuando deja de hacerlo.
Sus padres ignoran si ese lamento es producto del hambre, de la incomodidad, del sueño.
A veces, al borde de la desesperación, se violentan y le gritan, ordenándole  que deje de sollozar.
Otras, buscando una causa, aparentemente divina, se cuestionan qué fue lo que hicieron mal para que Dios los haya castigado de esa manera.
Mientras tanto, Carlitos llora. Llora por los seres maltratados y los que tienen hambre. Llora por las guerras, por los sueños desperdiciados. Llora por la violencia y la estupidez humana. Por los otros niños que lloran como él y nadie sabe por qué lo hacen y, hasta, llora por su mismo llanto.
Y su madre lo abraza, lo besa, lo acaricia, tratando de entender el por qué del llanto de Carlitos para, de esa manera, solucionar ese problema y que, su hijo,  ya nunca más  vuelva a  llorar.