miércoles, 19 de octubre de 2016

DAYLAND



                                        DAYLAND



En Dayland, la vida promedio de un hombre es de una hora. Durante esos tresmil seiscientos segundos, el daylandés (o daylandesa), nace, vive, se procrea y muere. El embarazo de una Daylandesa dura, aproximadamente, nueve segundos. En Dayland, una era consta de veinticuatro horas. Para sus habitantes es el equivalente a un siglo humano. Cuando finaliza uno de esos lapsos, se evalúan los logros, los avances y los retrocesos de su pueblo y cuando su calendario anuncia que está próximo a cumplirse un nuevo trillón de años de la existencia de su raza, su festejo se hace escuchar en toda la galaxia.

Los colegios de Dayland, están repletos de niños de diez minutos de edad y las fábricas, museos, teatros, cines y calles de sus ciudades, de seres que oscilan entre los treinta y cuarenta minutos.

Tal vez parezca cruel  que un daylandés pueda no conocer la luna, el sol o no haber festejado una navidad, por el hecho de que su vida transcurra durante una mañana o una noche, pero ninguno desconoce ni la oscuridad ni la luz puesto que cuando llegan a la mitad de su existencia se activa una neurona en su cerebro que, hasta ese momento había estado en reposo y, así, recibe la información de todos sus antecesores.

En Dayland no se comunican a través de las palabras, ellas darían lugar a muchas dudas y los daylandeses no tienen oportunidad para equívocos. Lo hacen mediante los latidos de sus corazones y, de esa manera, hay certeza en lo que quieren transmitir.

Como son conscientes de su fugacidad, desconocen todo lo que es inútil a la vida. Es así que en la historia de un daylandés, solo hay sonrisas, buenos momentos, recuerdos gratos y grandes proyectos que van de la mano con los de sus congéneres, ignorando que se pudieran llegar a experimentar cosas  como el odio, la estupidez, la codicia, el desaliento o el fastidio.

Como son tantos los habitantes de Dayland que han pasado desde sus inicios ya no hay lugar en los cementerios. Es por ello que los daylandeses debieron evolucionar y ya no mueren, simplemente se transforman en flores. Esas flores tienen perfumes, colores y texturas incomparables. Pero, además, gozan de una particularidad. Jamás se marchitan.