lunes, 3 de octubre de 2016

LA CASA DE LAS LUCES

                                       LA CASA DE LAS LUCES

Dentro de esa casa vive una mujer hermosa. Tan hermosa como mi imaginación me lo permite. Por las tardes, sus dedos delgados rozan suavemente la textura del roble de los muebles. Esos mismos muebles que la vieron corretear con sus trencillas doradas y sus zapatitos de suela. Es una casa fresca, tanto en invierno como en verano, a pesar de los amplios ventanales por donde el sol filtra sus rayos como si fueran la descarga de una batería de proyectoras que buscan sus espacios en blanco para que los haces se estrellen contra ella, explotando en historias  protagonizadas por actores que sabían que, alguna vez, sus imágenes entrarían en esa casa, donde la mujer hermosa camina con la figura de Burt Lancaster sobre su vestido blanco y, luego, Mastroiani y, luego, Heston. Y Chaplin. Y la Taylor.

Todos tienen existencias breves, a pesar del paso lento de la mujer que siente, sobre su cuerpo, el peso de las cuadrigas de Ben Hur, la fuerza de King Kong, la pasión de La Dolce Vita, la melancolía de Amacord.
Una brisa levanta la falda de la mujer y Nicholson se aprieta contra las piernas esbeltas. Ella no se siente Marilyn en La comezón del séptimo año, no lo necesita. No trata de evitar que su saya se alce. Desabotona su vestido y deja que éste caiga. Ahora ese cuerpo, todo nieve, espesura con fragancia a rosas y picos con cumbres color salmón, es un lienzo, una pantalla donde las filmaciones cobran vida. Y los hombres pasan, la miran, y ríen, y lloran, y vuelven a ser niños y llegan hasta las estrellas y son Newman, Douglas, el capitán Kirk.

Dentro de esa casa vive una mujer hermosa y, cuando el sol se quita su gorra de proyectista y guarda sus equipos para el día siguiente, los hombres sonrientes parten hacia sus hogares y la gente murmura y la casa se evapora, para pernoctar en los sueños de un director de cine que jamás pudo filmar su película.