domingo, 28 de agosto de 2016

ROLANDO RIVAS



                                                         ROLANDO RIVAS


Los números y letras del código de verificación le hicieron detenerse. No sabía por qué pero jamás, en todos sus intentos, había logrado copiar los caracteres. Siete horas y veintitrés minutos, sus dedos de cobre habían estado golpeteando sobre el teclado de la notebook de cristal y ahora todo parecía inútil.
Rolando. Esa fue la palabra que desplegó en la casilla donde pedían insertar el nombre. El sitio donde debía escribir su fecha de nacimiento le solicitó verificar varias veces. Ningún sistema, por ilógico que fuese, sería capaz de aceptar que alguien hubiera estado trescientos veinticinco años sobre ésta tierra. Anotó un dato falso.
En el siglo veinte,  su inventor lo bautizó así por ser ese el personaje de una telenovela de la época. Una especie de caballero andante de las calles de Buenos Aires, una ciudad ya extinta, a bordo de un taxímetro.
Ese era el propósito con el que él había sido creado, ser chofer de taxis para que los hombres que realizaban esa tarea, como el personaje de la ficción, pudieran estar en sus casas gozando de sus familias, de sus amistades y del corto tiempo que un humano poseía para disfrutar su vida.

Sus pares habían sido pensados y desarrollados con otros objetivos. Ser albañiles, carpinteros, mecánicos, oficinistas y hasta amos de casa. Tareas que desarrollaron a la perfección pero él, Rolando Rivas, no se sabía por qué causa, en lugar de manejar, aprendió a escribir poemas.
Estaba construido como todos los demás. Si bien eran artesanales, su creador había repetido cada uno de los movimientos de ensamblaje con una precisión milimétrica, pero algo en Rolando Rivas no había salido bien.
Rolando no le escribía al amor, a la paz, a la luna o a las praderas. Sus letras hablaban de transistores, de aceite y líquido refrigerante recorriendo las arterias. De pilas atómicas prolongando la existencia. De ojos de cristal que buscaban algo en un mundo de humanos, pero nadie podía decir que esos poemas no gozaban de una calidez y belleza tales que podían emocionar al más frío de los mortales.
Cierto día, observando los escaparates de libros virtuales que exhibía un local, Rolando Rivas se preguntó qué sucedería si publicaba sus poemas con un seudónimo. ¿Lo aceptarían como otro escritor más o lo seguirían discriminando por ser una máquina?
Rolando buscó un sitio en Internet donde, para editar, solo debían enviar sus textos. Sus dedos tipearon durante horas. Al finalizar de completar el formulario,  y debajo del mismo, la pregunta fue un hachazo en su cuerpo de metal.
“Para probar que no eres un robot repite éstos caracteres”
Cada número o letra fue un paso hacia un abismo.
Sentía que el aceite iba a salirse de sus mangueras y su motor explotaría clavando sus tornillos contra la pared de la habitación.
Los dedos brillantes quedaron apoyados durante un largo rato luego de que el mensaje de ”ENVIADO“ apareció en la pantalla.
Algo extraño vibró dentro suyo cuando los sensores táctiles de su mano rozaron la azucena  en el florero. Acercó su rostro hasta ella y, hasta podría decirse, que sintió su perfume.