martes, 10 de mayo de 2016

DESPUÉS DE LAS BODAS



                                           DESPUÉS DE LAS BODAS



Los fines de semana es distinto. No hay nada que hacer. Nada que esperar.

A veces vamos a la iglesia, pero no es lo mismo.

Los lunes, en cambio, la cosa ya es otra. Apenas abre el registro civil, ya estamos en la vereda.

Cuando sale la primera pareja de recién casados y le arrojan puñados de arroz deseándoles buena fortuna, ella y yo, nos apretamos las manos como si los comprometidos fuésemos nosotros.

Hace tanto tiempo que vamos que podríamos decir si van a ser felices o no.

Sabemos cuándo llegan vírgenes a ese estadio. Cuándo alguno de ellos le fue infiel al otro. Cuándo la boda es por interés o cuándo llegarán juntos hasta sus últimos días.

No me pregunten cómo es que lo sabemos. Si por sus rostros, por sus miradas, por sus gestos. No sé por qué, pero lo sabemos.

Después vienen las emociones, las risas, los llantos, las bromas, ubicadas y de las otras, las miradas de enviada entre las asistentes por cómo se vistió la testigo.

Y, al final, los besos. A veces, hasta nosotros recibimos alguno y nos da un poco de vergüenza.

Y los vemos marcharse felices entre pasos de bailes, saltitos y festejos.

Entonces, sacamos nuestras bolsitas y nos apuramos a juntar el arroz del suelo antes de que llegue la próxima pareja.