jueves, 11 de febrero de 2016

TEMPORADA DE CUENTOS


                                      TEMPORADA DE CUENTOS

El viejo era un libro de cuentos con las páginas resecas. Cada pliego de su piel parecía tener un señalador donde  se escondía una nueva aventura.
Alrededor de él, los niños eran frutas de colores dándole el toque de gracia al más exquisito de los postres.
-Dicen que una vez cada determinada cantidad de años, la noche bosteza sus musas. Dicen que, enterados de ello, hay quienes, hacen un pacto con la luna y, a cambio de sus almas, ella les promete las historias más bellas, los cuentos más extraordinarios, las narraciones más sorprendentes. Dicen también que el Diablo, disgustado puesto que esa velada, ante tan tentadora oferta, no tiene trabajo que hacer, se disfraza del astro y sale a hacer maldades-
-No vayas al bosque ésta noche, le había advertido su abuelo, pero el viejo sabía que no podría evitarlo. Nada podía hacer para que Tomás fuera en busca de ese algo que le diera sabor a su vida.
Noche tras noche, los muchachos del pueblo, se reunían en las afueras del caserío, casi en el linde del bosque y, allí, narraban historias extraordinarias. Historias de duendes, de hadas, de príncipes, de princesas, de animales devoradores de sueños y reyes que se enfrentaban a ellos en pos de defender a los más débiles.
Cuando regresaban a sus hogares, algunos venían temerosos de que algún personaje siniestro de esos relatos apareciera en sus caminos, otros, deseosos de que ello sucediera para así derrotar a ese íncubo y convertirse en héroe. Otros, mirando entre los arbustos en busca del hada que, en un parpadeo, les devorara los corazones-.
El más pequeño de los niños se quedó dormido sobre la alfombra tibia y el viejo lo tomó entre sus brazos. Los otros lo observaban expectantes desde sus diminutas alturas.
-Tomás tan solo caminaba- continúo el viejo – los ojos tristes, las manos en los bolsillos, las piedritas del camino impulsadas cuando los zapatos de Tomás las tocaban con sus puntas. Y no era para menos. Nunca, pero jamás de los jamases, el muchacho había pronunciado palabra en esos encuentros y era, sencillamente, porque no tenía nada que contar.
Crepúsculo tras crepúsculo, Tomás había buscado en sus manos, en las nubes, en el bosque que guardaba en su interior las historias más bellas y extraordinarias que pudieran existir, inútilmente, porque ninguna venía a aplacar su desvelo.
Era por eso que su abuelo estaba seguro que esa noche su nieto saldría a la caza de la presa que lo convirtiera en un ser especial, alguien de quien los demás degustaran y ansiaran el momento de escuchar. Un cuentacuentos.
Y así salió Tomás con, tan solo, su alma en la mano, dispuesta a ofrecérsela a la luna a cambio de esa fábula mágica, pero cuando el viejo se asomó por la ventana de su casa, se dio cuenta que la luna con la que estaba hablando el joven no era la verdadera sino el mismo demonio disfrazado de ella, puesto que su imagen no se reflejaba en el agua del bebedero de los animales.
Trató el anciano de gritarle pero los hechizos del demonio hicieron que su voz se anulara por completo y que, al querer alcanzar a Tomás, sus pasos se hicieran más pesados que de costumbre.
Deambuló horas y horas, el viejo, topándose con búhos, sapos y conejos hasta que, cuando toda esperanza estaba perdida, divisó una figura conocida.
El muchacho estaba tirado en la maleza. Las manos espinadas, la ropa hecha jirones. Las estrellas le danzaban en los ojos, el viejo lloró temiendo lo peor y, apretándolo fuertemente contra su pecho, le suplicó una y otra vez que dijera algo, hasta que el muchacho habló.-
-¿Y qué dijo?- las respiraciones agitadas de los chicos parecían fuelles que hacían que las llamas de la chimenea crepitaran.  

-había una vez- .