jueves, 27 de octubre de 2016

LOS DEDOS SOBRE EL TECLADO



                           LOS DEDOS SOBRE EL TECLADO



La música lo envolvía todo. Los sueños, los recuerdos, la respiración, las lágrimas. El aire era música, la vista lo era, la emoción, las palpitaciones aceleradas que solo el sonido del piano podía provocarle. Sus dedos eran diez danzarinas que se deslizaban sobre el teclado como si lo hicieran sobre una nube de espumas.

El pibe es un fenómeno, decían los demás y su madre acariciaba su cabeza, orgullosa de su hijo. Y  sus meñiques de niño, sus pulgares, sus índices eran hadas jugueteando sobre las superficies pulidas, ínfimas, con apenas las dimensiones para que cupiera un dedo, no más, dos era imposible, cada uno de ellos debía ocupar el lugar exacto.  Un milímetro a la derecha o a la izquierda provocaría el caos, la catástrofe.

¿Qué querés ser cuando seas grande?

Pianista, pianista como Beethoven, como Bach, como Rubinstein.

Podría haber dicho policía, jugador de fútbol, médico, tal cual respondían los otros chicos, pero solo un anhelo lo movía. Desgajar lágrimas, suspiros, emociones al contacto de sus dedos con las teclas del instrumento. Desgajar y desgajarse.

Ahí estaba ahora. La espalda erguida. Los ojos entrecerrados. El alma abierta de par en par. El sonido de los fieltros martillando sobre las cuerdas y sus dedos pidiéndole más y más. Exigiéndole lo que él sabía que podía dar. No solo velocidad. Gracia, sutileza, ritmo en cada caricia de sus yemas sobre las teclas.

Se recordó de la mano de su madre frente a la academia. Cinco años tendría. Los puños apretados. Los dientes sobre el labio inferior. Pianista quiero ser, se había repetido y lo había repetido hasta el cansancio. Su madre decía que no. Que los músicos no van a ningún lado, que no progresan. Vos vas a estudiar algo que te sea útil. Dactilografía, si, vas a escribir a máquina como ninguno. Nadie va a ser tan rápido como vos.

Y él era un buen chico. Un niño ejemplar. El mejor que cualquier mamá pudiera imaginarse.

-¡¡Maderna!!-

El grito lo extrajo de su concentración, lo secuestró, le clavó sus garras en el pecho y lo devolvió a la realidad.

-Mañana, a las diez en punto, quiero esos expedientes que está tipeando hace cuatro días, arriba de mi escritorio. ¿O usted no era el más rápido?-

-Sí, señor- contestó.

-Ah, y a ver si me baja la música esa, que sus compañeros se quejan, ¿o acaso se piensa que trabaja solo?-

No respondió. Escuchó los pasos de su jefe alejándose. Cerró la pestaña de youtube con el concierto de piano. Apagó la computadora. Acarició el teclado, y la cubrió con la funda de plástico.  

miércoles, 19 de octubre de 2016

DAYLAND



                                        DAYLAND



En Dayland, la vida promedio de un hombre es de una hora. Durante esos tresmil seiscientos segundos, el daylandés (o daylandesa), nace, vive, se procrea y muere. El embarazo de una Daylandesa dura, aproximadamente, nueve segundos. En Dayland, una era consta de veinticuatro horas. Para sus habitantes es el equivalente a un siglo humano. Cuando finaliza uno de esos lapsos, se evalúan los logros, los avances y los retrocesos de su pueblo y cuando su calendario anuncia que está próximo a cumplirse un nuevo trillón de años de la existencia de su raza, su festejo se hace escuchar en toda la galaxia.

Los colegios de Dayland, están repletos de niños de diez minutos de edad y las fábricas, museos, teatros, cines y calles de sus ciudades, de seres que oscilan entre los treinta y cuarenta minutos.

Tal vez parezca cruel  que un daylandés pueda no conocer la luna, el sol o no haber festejado una navidad, por el hecho de que su vida transcurra durante una mañana o una noche, pero ninguno desconoce ni la oscuridad ni la luz puesto que cuando llegan a la mitad de su existencia se activa una neurona en su cerebro que, hasta ese momento había estado en reposo y, así, recibe la información de todos sus antecesores.

En Dayland no se comunican a través de las palabras, ellas darían lugar a muchas dudas y los daylandeses no tienen oportunidad para equívocos. Lo hacen mediante los latidos de sus corazones y, de esa manera, hay certeza en lo que quieren transmitir.

Como son conscientes de su fugacidad, desconocen todo lo que es inútil a la vida. Es así que en la historia de un daylandés, solo hay sonrisas, buenos momentos, recuerdos gratos y grandes proyectos que van de la mano con los de sus congéneres, ignorando que se pudieran llegar a experimentar cosas  como el odio, la estupidez, la codicia, el desaliento o el fastidio.

Como son tantos los habitantes de Dayland que han pasado desde sus inicios ya no hay lugar en los cementerios. Es por ello que los daylandeses debieron evolucionar y ya no mueren, simplemente se transforman en flores. Esas flores tienen perfumes, colores y texturas incomparables. Pero, además, gozan de una particularidad. Jamás se marchitan.

lunes, 3 de octubre de 2016

LA CASA DE LAS LUCES

                                       LA CASA DE LAS LUCES

Dentro de esa casa vive una mujer hermosa. Tan hermosa como mi imaginación me lo permite. Por las tardes, sus dedos delgados rozan suavemente la textura del roble de los muebles. Esos mismos muebles que la vieron corretear con sus trencillas doradas y sus zapatitos de suela. Es una casa fresca, tanto en invierno como en verano, a pesar de los amplios ventanales por donde el sol filtra sus rayos como si fueran la descarga de una batería de proyectoras que buscan sus espacios en blanco para que los haces se estrellen contra ella, explotando en historias  protagonizadas por actores que sabían que, alguna vez, sus imágenes entrarían en esa casa, donde la mujer hermosa camina con la figura de Burt Lancaster sobre su vestido blanco y, luego, Mastroiani y, luego, Heston. Y Chaplin. Y la Taylor.

Todos tienen existencias breves, a pesar del paso lento de la mujer que siente, sobre su cuerpo, el peso de las cuadrigas de Ben Hur, la fuerza de King Kong, la pasión de La Dolce Vita, la melancolía de Amacord.
Una brisa levanta la falda de la mujer y Nicholson se aprieta contra las piernas esbeltas. Ella no se siente Marilyn en La comezón del séptimo año, no lo necesita. No trata de evitar que su saya se alce. Desabotona su vestido y deja que éste caiga. Ahora ese cuerpo, todo nieve, espesura con fragancia a rosas y picos con cumbres color salmón, es un lienzo, una pantalla donde las filmaciones cobran vida. Y los hombres pasan, la miran, y ríen, y lloran, y vuelven a ser niños y llegan hasta las estrellas y son Newman, Douglas, el capitán Kirk.

Dentro de esa casa vive una mujer hermosa y, cuando el sol se quita su gorra de proyectista y guarda sus equipos para el día siguiente, los hombres sonrientes parten hacia sus hogares y la gente murmura y la casa se evapora, para pernoctar en los sueños de un director de cine que jamás pudo filmar su película.