domingo, 13 de diciembre de 2015

EL BAR DE LOS OLVIDADOS



                                            EL BAR DE LOS OLVIDADOS

Hacen ya más de dos horas que el Turco y Julio están jugando un partido al pool. La mayoría de las veces, el Turco no es oponente para Julio, distinto cuando compite contra el Pelado o Sebastián, pero hoy parece que las cosas no suceden como de costumbre.
Debajo del televisor, donde Boca y Unión se disputan el final de la copa, Paulo improvisó un arbolito de navidad con una rama del sauce del fondo, a la que le colgó tapitas de gaseosas, fernet y Gancia. Es una imagen digna para el premio de cualquier concurso de publicidad.
Es temprano, pero Paulo ya me alcanzó mi acostumbrado café de la tarde. -¿Cuánto hace que no la ves?- me pregunta –ya ni me acuerdo- le respondo. Antiguamente hubiera preferido un Amargo Obrero pero ya hace rato que dejé el alcohol. Sobre mi mesa reposan la lapicera y el cuaderno con mis escritos y mi valija descansa arriba de la silla que está a mi costado.
El francés va de mesa en mesa, mostrándoles a todos, por enésima vez, la carta que le escribió su esposa hace dos años, antes que lo abandonara con su mejor amigo.
Esteban pasa y me palmea la espalda. Yo le sonrío. Se dirige hacia la mesa que está cerca de la barra, donde Flavio, Moncho, Ariel y Sonrisas ejecutan su diario reto al truco. Esteban no sabe cómo es ese juego, pero jamás se pierde una partida.
Sentado a unos tres metros, Camarata mira la televisión. De él brota el perfume dulzón de la Martita. En éste bar no dejan entrar mujeres, pero, a fuerza de insistir y conceder algunos privilegios, la Martita consiguió la autorización para poder venir los domingos y hacerse unos pesitos extras. Cuando Camarata está con ella, no se baña por dos o tres días para que los demás le tengamos envidia. A veces dudo de sus encuentros. Creo que ella le presta su perfume para que él se impregne con éste. No me parece lógico que Camarata pueda estar con una mujer, ni siquiera pagándole.
Ya son las seis menos cinco. Algunos se acercan para saludarme. Otros prefieren no hacerlo. Julio me estrecha la mano y cuando abandona el apretón, unos billetes arrugados quedan dentro de la mía. Yo le quiero decir que no, pero él, como anticipándose,  dictamina – te van a hacer falta- y pega media vuelta.
A las seis se escucha el ruido de la cerradura. Cuando la puerta se abre, uno de los guardias apunta con la escopeta para que nadie escape mientras el juez que los acompaña pronuncia mi nombre.
Afuera, la luz del sol casi produce la ceguera. Uno de los vigilantes me acerca un par de lentes oscuros. Yo los acepto y me los coloco. La patrulla se aleja y me quedo solo  entre los cientos de peatones. Sopeso mi maleta y me doy cuenta que, sobre la mesa, dejé olvidados la lapicera y el cuaderno, pero ya no se puede hacer nada. Desde el interior del bar se escucha un grito cerrado de gol, pero no sé cuál de los dos equipos lo convirtió.