martes, 8 de diciembre de 2015

PARA ELISA



                                                  PARA ELISA

Harían unos treinta y nueve grados de temperatura y la marca del termómetro parecía empecinada en seguir ascendiendo
Era feriado. José, como en la fábrica no se trabajaba, tomó una changa para hacerse unos pesitos extras, vendiendo helados en su bicicleta.
En algunas ciudades, los heladeros ambulantes, recorren las calles de esa manera y, para anunciarse, utilizan grabaciones de melodías. La más empleada de ellas es “Para Elisa”, de Ludwig Van Beethoven.
El grito del hombre, desde la esquina recién traspuesta, le hizo detenerse -¡Maestro, maestro!-. José, viendo que el cliente avanzaba hacia él pesadamente, agitado, luego de una, evidente, corrida para poder alcanzarlo, detuvo la música que lo presagiaba y se dirigió hacia él.
Pararon al costado del cordón. Eran las dos de la tarde y no había ningún árbol que les ofreciera su sombra piadosa.
-Buenas-
-Buenas-
-¿Calor Eh?-
-Calor-
-¿De qué gusto tiene?
Se secó las manos con una toalla que viajaba  sobre sus  hombros, antes de introducirlas en la heladerita de tergopol -Palito de frutilla, granizado, chocolate, limón, vasito de granizado y frutilla, frutilla y chocolate, que se yo, americana- recitaba el contenido de su caja mágica, de memoria, mientras miraba dentro de ella y movía su contenido, inútilmente. Lo había revisado demasiadas veces como para equivocarse.
-¿y no tiene algo especial, como puedo decirle, algo distinto por ahí?-
Hurgó, nuevamente y sin ganas, dentro del pequeño y gélido contenedor –tenemos suerte- dijo sin mirar a su cliente – chocolate marroc, dulce de leche y granizado. Todo dentro de un rico cucurucho y bañado en más chocolate, ¿Qué le parece? – Con el rostro sudoroso, levantó el envoltorio marrón brillante estampado en letras doradas como si fuese un antiguo cáliz incrustado en piedras preciosas y sus dientes se reflejaron en él.
Antes que el hombre se marchara, volvió a encender la tonada para retomar su recorrido. La temperatura era alta e imperioso hallar un sitio para protegerse, aunque fuera unos minutos, de los rayos del sol.  –Para Elisa – le dijo el hombre, tratando de ser gentil  y como para disculparse de la incomodidad a la que lo había expuesto, haciendo alusión al título de la melodía.
-Claro-, respondió José a la vez que su vehículo comenzaba a moverse al compás que sus piernas le imponían. –Debe ser linda la Elisa esa para que le compren semejante helado- pensó.
Antes de llegar a la esquina, un grupo de chicos lo estaban esperando. Interrumpió, nuevamente, la cinta, antes de detenerse.