miércoles, 26 de agosto de 2015

EL ECO DEL SILENCIO

                                         EL ECO DEL SILENCIO

-Escuchá- dijo Hernández.
Por mas que aguzé mi oído, nada percibí.
Era raro que me hablara. Hernández no solía entablar conversación alguna con nadie y, menos, con personas que apenas comenzaba a conocer. 
Hernández no tenía familia. Trabajaba de bibliotecario desde hacían ya tantos años que su cuerpo flaco y desgarbado era un libro mas del catálogo. Quizás, por el hecho de estar tanto tiempo solo,  Hernández ya no era esa persona afable a la que tantos otros, de su misma profesión,  habían solido  consultar. 
Mi pasión por la literatura me habían impulsado a querer ser lo que era o había sido Hernández. Digo ésto y no sé si me estoy refiriendo a lo de bibliotecario, persona respetada o alguien a quien los otros buscan para iniciar una relación. En el instituto, cuando dijeron de hacer la pasantía, solo yo escogí llevarla adelante con él.
-¿Escuchaste?- volvió a insistir.
Moví mi cabeza hacia ambos lados.
Hacían unos pocos minutos, la última persona que quedaba dentro del recinto, se había marchado.
La calma imperante dentro del edificio no difería del resto de la jornada. No como en las oficinas y fábricas que, durante las noches, cuando todas las maquinarias se apagan con ese cosquilleo constante que producen en nuestro sentido auditivo, recién podemos apreciar lo que, nosotros suponíamos era  reposo.
Hernández permanecía inmóvil como una piedra.
Yo seguía sin escuchar nada pero actué como si me sucediera lo contrario.
 -¿Te diste cuenta?- me dijo - es como un lamento, como el aullido de un animal herido, como el quejido producido por la ausencia de algo que nunca se tuvo.
No te lo dije antes porque no me hubieras creído, pensado que estoy loco o, si lo hacías, hubieses salido corriendo.
 No, no tengas miedo. Yo, antes, no lo escuchaba. Estaba demasiado metido en mi mismo como para hacerlo, pero una noche, cuando me quedé solo, supe de su presencia.
Al principio, como a vos, el pánico me invadió. No sabía lo que era. Si se lo hubiera contado a alguien, hubiera sucedido lo que te está pasando a vos ahora. Poco a poco, la curiosidad me fue ganando y, sobreponiendome a lo que mi instinto de conservación reclamaba, fuí perdiéndole el temor y, así, aprendí a escucharlo y a entenderlo-
 -Qué es ?- me sorprendí preguntándole totalmente convencido de lo que Hernández me decía y ya olvidándome, de mi actuación.
-Viene del principio de los tiempos- continuó-. Cuando el hombre decidió proteger sus textos en sitios destinados, únicamente, a ello, él ya estaba allí, aguardando una razón para existir. Aprendió a identificar el olor del papel y de la tinta. A diferenciar el sonido de las páginas de una novela de las de un libro de cuentos o de las de uno de poesía, solo por el sonido de éstas cuando son volteadas. Reconoce a Sartre, a Bradbury, a Borges, por el susurro que produce el tomo cuando es arrastrado contra la madera del estante, por el futuro lector. 
Las bocinas, las explosiones, los gritos, lo empujaron a refugiarse en el único lugar donde podía encontrar esa tranquilidad que era la dueña de la época en la que él era el rey. El crujido de las hojas pisadas por sus congéneres, el suave canto del viento, las ramas de los árboles que impactaban contra sus cuellos eran el único rumor que se advertía.
Cuando los suyos se fueron extinguiendo, él se abrigó bajo la tierra, justo debajo del lugar donde éste edificio fue construído. Al principio, habrá querido escapar, pero cuando descubrió toda esa hostilidad imperando, decidió volver aquí y ampararse en esta especie de templo donde los libros y la paz son adorados-
-¿Y por qué llora, Hernández?- me animé a preguntar.
- No lo sé- me respondió - pienso que, a pesar de todo éste mutismo, debe haber desarrollado un oído capaz de percibir hasta el más mínimo rumor, y el eco de los murullos, de las lecturas en voz baja, de las risitas apenas perceptibles, las toses o de algún papel al estrujarse, deben ser como una canción de cuna para él. Cuando el último de nosotros abandona éste lugar,  tiembla de miedo y emite ese canto quejumbroso reclamando a alguien que le conteste.
-Y qué va a ser de él, Hernández?- volví a preguntarle ya sumergido totalmente en su alucinación y, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo, proseguí -no va a poder estar eternamente allí escondido, alguna vez va a tener que salir y, cuando lo haga, el mundo no lo va a aceptar-
Hernández no me contestó. Me miró con los ojos desorbitados, como los de una fiera acorralada y lanzando un aullido inhumano, se lanzó, en una carrera desesperada, contra los cristales del ventanal. 
Cuando los bomberos y los paramédicos llegaron, yo estaba en shock. Lo único que sonaba en mi cabeza era el sonido de las sirenas de sus vehículos.
Después de esa noche, abandoné la carrera, así como jamás volví a visitar una biblioteca, aunque, muy a menudo, suelo pensar en Hernández. Cuando ésto sucede, escucho algo así como el pedido de auxilio de un monstruo herido que viene de las profundidades, pero no puedo discernir si éste forma parte de mi imaginación o es un recuerdo de algo que, yo también, escuché esa noche.