miércoles, 22 de julio de 2015

AVE CÉSAR

                                                          AVE CÉSAR 

-Ave César-. El Marsellés, con sus últimas fuerzas, levantó su arma, saludando a Marcus Invictus, emperador de Roma. 
Un público enardecido rugía frente a una arena teñida de rojo. 
Setenta y tres cuerpos se esparcían sobre ella. 
Setenta y cuatro hombres habían reverenciado a Marcus cuando el Coliseo dió comienzo al espectáculo. 
Setenta y cuatro voces, profiriendo al unísono -Ave César, los que vamos a morir te saludamos-. Setenta y cuatro historias repletas de cicatrices emergidas de heridas por donde la sangre había escapado y raíces brotaron, arraigándose, desesperadamente, a la vida. 
-Los que vamos a morir...- y ahora, ese coloso, o lo que quedaba de él, de pie sobre la grava caliente, era el único que estaba faltando a su promesa. 
-¡Muerte, muerte, muerte!!-. Solo eso se escuchaba desde la tribuna. Muerte era lo que habían venido a ver y, aún con un escenario atestado de seres inanimados, no estaban satisfechos. ¿Quién era ese estúpido arrogante para arruinarles el banquete?.
Miles de pulgares señalaban hacia abajo ordenando se satisfaciera su ansia negra, su sed de sacrificios humanos. Cuando Marcos Invictus alzó su brazo, el estadio calló. El emperador no dudó un instante antes de imitar el gesto del resto de los espectadores, que tornaron a chillar como dementes poseídos cuando los soldados se abalanzaron sobre el Marsellés. 
                                                                         ...


El César seguía sentado en su sitio cuando las gradas quedaron vacías. 
Cinco centuriones, ubicados en los sitios mas altos del estadio, encendieron antorchas para confirmarlo. 
El soberano batió dos veces sus palmas antes que doscientos pretorianos, arrastrando doce carros cubiertos, entraran al plató. 
Dos veces mas aplaudió... y los que yacían esparcidos sobre la grava, comenzaron a moverse, cual improvisados lázaros, resucitados por el mesías. Al principio lo hicieron tímidamente, luego, entre carcajadas, fueron incorporándose, quitándose la falsa sangre, puliendo sus cuerpos con puñados de arena. Sacudiéndose la simulada muerte de sus corazones.
Algunos jugaban con sus armas de madera, las mismas que los habían acompañado durante la fingida representación urdida por el mismo monarca. 
Formados ante el emperador, los gladiadores alzaron sus diestras a la vez que un "Ave César", tan profundo como legítimo, subió por las gradas del anfiteatro. Marcus Invictus también izó su mano. Cuando su puño se cerró y su pulgar se encumbró sobre éste, elevándose hacia la bóveda celeste, los hombres aullaron de alegría ...y rieron...y lloraron...y corrieron hacia los carretones cubiertos con pieles de reses muertas y, a una señal del que portaba laureles en su testa, la guardia imperial los escoltó hacia su nuevo destino. 
-Ave-, murmuró en voz baja Marcus, y completó la frase -Los que vamos a morir te saludamos- y éstos iban hacia la muerte segura. Si, setenta y cuatro muertes por enfermedades, accidentes, en alguna gresca o, simplemente, de viejos, pero ya no por causa de la estupidez humana.