viernes, 3 de julio de 2015

UNA SUAVE, DULCE MELODÍA



                                  UNA SUAVE, DULCE MELODÍA



Jamás se me hubiera ocurrido quedarme sin trabajo a los cincuenta y cuatro años de edad. Sin embargo, allí estaba, junto a mis compañeros de tres décadas de labores, frente a un cordón policial que no nos dejaba llegar hasta la persiana baja de la empresa donde habíamos compartido mas de la mitad de nuestras vidas. Algunos intentaron atravesar la barrera uniformada para llegar hasta la puertita del costado, por donde Alvarez, el dueño de la fábrica, entraba todos los días, puntualmente, a las cinco y media de la mañana para controlar que, todos, estuvieran en su puesto a las seis menos diez en punto, desde las cámaras instaladas en todo el edificio y, si eso no fuera suficiente, desde su amplio ventanal polarizados, donde nosotros no alcanzábamos a ver su figura pero que, sabíamos, estaba allí durante cada segundo de la jornada laboral, como un atento francotirador dispuesto a disparar cien, mil telegramas que atravesaran la esperanza si las cosas no se hacían como él quería, pero, aunque los que lo intentaron llevaban la fuerza de la impotencia y de la bronca, no pudieron llegar hasta la entrada. Algunos terminaron magullados, desperdigados por el suelo como perros apaleados, otros, como reses, metidos a presión dentro de uno de los camiones de las tropas  especiales que emprendió su recorrido abriéndose paso entre los otros vehículos, a fuerza de sirena.

Poco a poco, la mayoría nos fuimos retirando. Solo unos cuantos se quedaron en el lugar con la intención de armar una carpa e instalar, allí, una carpa, aguantando hasta que Alvarez o alguno de sus cipayos se dignara hablar con ellos. Yo sabía que esto iría para largo. Primero los medios, hasta que dejara de ser noticia, tal vez algún enviado del ministerio de trabajo que oficiara como mediador para dar tiempo a que la maldita empresa terminara de legalizar todos sus chanchullos y quedara libre de culpa y cargo.

Yo me fui a casa mientras escuchaba el –no se vayan, compañeros, ésta lucha es de todos- de parte de algunos y el –cagones, carneros, hijos de puta traidores- , de parte de otros.

Sin embargo, a pesar de mi escepticismo, no tardé mucho en conseguir otro empleo.

Gracias a mi función dentro de la empresa, conocía a muchos de los proveedores y clientes que mantenían relaciones comerciales con la misma. A los cinco meses de aquel desafortunado momento en el que parecía que mi vida se desmoronaba, estaba estrenando mameluco en una distribuidora de la calle Balcarce.

Alguien me dijo una vez –si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes-. Yo nunca se los había contado pero se ve que él ya se traía algo entre manos. Un tiempo después de que estaba en la distribuidora, un dolor leve se instaló en mi espalda, a la altura de la cintura. Al principio no le dí importancia. Sería una lumbalgia de esas que vienen con la edad. Con un par de calmantes y alguna crema de esas que usan los jugadores de fútbol seguramente desaparecería. No fue así. El dolor fue in crescendo hasta hacerse insoportable y, por lo tanto, imposibilitándome para trabajar.

Después de varios estudios, radiografías, electromiografía y que se yo cuantas fías mas, el médico dictaminó que tres hermosas hernias de disco se habían instalado en mi cuerpo decididas a no ser extirpadas quirúrgicamente. Comencé, entonces, un largo periplo a través de kinesiólogos, quiroprácticos, gurúes de la post urología y cuanto manosanta me recomendaran esos que me decían –no sabes lo bien que me hizo a mi-, sin resultado alguno.

Durante largos meses la única postura en la que no sentía dolor alguno era tirado boca abajo sobre el suelo. Allí pasaba mis mañanas, mis tardes, mis noches. El único que me iba a visitar era Franco, un loco con el que habíamos compartido un par de años en lo de Álvarez y, con el cual, habíamos comenzado una especie de amistad.

El no era como yo. Yo era osco, oscuro, antisocial y solitario. El, en cambio, y quizás por el hecho de ser mucho mas joven que yo, no dudaba en entablar conversación con la primera persona que se le acercara, ya fuera en un tema interesante o trivial. Además era músico, tocaba un teclado honner que se había comprado de segunda mano pero al que le sacaba unas hermosas melodías. Vivía en el otro extremo de la ciudad, sin embargo y, sin excepción, una vez a la semana pasaba por casa para ver si necesitaba algo, puesto que yo ni salir a hacer las compras podía, charlábamos y escuchábamos algo de música.

Fue en una de esas visitas que me trajo el compact. Lo había grabado en un estudio que tenían en una FM comunitaria, cobrándole dos chirolas a cambio. Me lo mostró con orgullo –es mi primer disco- me dijo – éste tiene siete temas solamente pero ya estoy trabajando en uno nuevo.  

No era desagradable. En realidad era mejor que muchos de esos que suenan una y otra vez en las radios de turno. Cuando se marchó le pedí que lo dejara puesto en repetición, que me gustaba. Él me dijo que no fuera obsecuente, pero le gustó la idea. Me dí cuenta de ello por su sonrisa. Hizo lo que le pedí y se marchó. Apenas se marchó el sueño me fue venciendo, pero no apagué el reproductor.

Cuando desperté me sentí algo extraño. Si bien el dolor no había desaparecido por completo, el malestar se había como suavizado, como ralentizado. Me incorporé lentamente y fui hasta la ventana que daba el patio donde, tantas veces, había jugado a la pelota. Mis viejos me miraban desde una de las fotos de la pared.

No sé si fue por un mal movimiento o qué, cuando apagué la música, una garra volvió a apoderarse de mi columna arrojándome al suelo de manera instantánea. No me animé a moverme y, ésta vez, el dolor fue tan fuerte que, creo que me desmayé.

Cuando recobré el conocimiento no sabía si todo había sido parte de un sueño en el que el deseo de estar mejor, me había sumergido. Las luces de la calle se habían encendido y una luna desolada y redonda se dejaba ver por la ventana. Afuera se escuchaba pasar algún auto de vez en cuando o las risotadas de los muchachos que se sentaban en la vereda de enfrente a compartir cervezas. No tenía idea de qué día ni que hora eran. A ese estado me había llevado mi condición. Sumido en una desesperanza y depresión tal estaba y, a la que no iba a permitirle que me invadiera, que, como pude, fui arrastrándome como podía hasta la compactera para volver a escuchar el disco dejado por Franco. Al principio me pareció extraño. No fue de inmediato pero, a medida que la música avanzaba, me iba sintiendo mejor. Evidentemente el dolor me estaba arrastrando a la locura. Sin embargo, el efecto anestésico que, esa música, producía en mi no se podía negar. Lentamente me incorporé y, ésta vez, luego de sentarme en una silla al lado de la mesa donde estaba el reproductor, apagué la melodía. Nuevamente una cuchillada se incrustó entre mis costillas. Cuchillada que desapareció inmediatamente cuando oprimí, nuevamente, el play.

Obviamente dejé la música puesta.

Sin salir de mi asombro y con el disco sonando constantemente en mi casa, me fui reponiendo. Poco a poco el dolor desapareció por completo pero, si en algún momento, la música se detenía, retornaba a mí como una guadaña despiadada.

A la semana, cuando Franco vino a visitarme, se rió largamente por mi comentario – Debe ser alguno de los medicamentos que tomaste que tenía efecto residual-me dijo, y la tarde se estiró entre mates, risas y sus comentarios acerca de una chica que había conocido.

Sin embargo yo no me conformé. Grabé el disco en mi celular y, decidido a experimentar qué efectos producía en otra gente, comencé a ir a las salas de espera de los hospitales donde aguardaban otros enfermos con dolencias iguales o distintas a las mías.

Algunos se exasperaban y me decían que bajara el nivel de la música y, hasta algunos enfermeros me obligaban a abandonar las salas. Yo trataba de ignorarlos hasta que podía y, mientras tanto, observaba los efectos que mis parlantes producían en los otros enfermos, los que escuchaban y hasta, algunos, se levantaban y abandonaban el lugar alegando que estaban mejores.

En la distribuidora me habían guardado el lugar. Yo trabajaba con mis auriculares puestos, a lo que ellos no hacían objeción alguna, y así me mantenía en perfecto estado de salud. Tenía que tener cuidado de que mi celular no se quedara sin batería puesto que, si en algún momento, dejaba de escuchar el compact, el dolor volvía, pero, a tal efecto me había provisto de un cargador y varias baterías de repuesto.

Cuando salía, continuaba con mis experimentos y, si bien, no eran un cien por ciento efectivo, podía observar un resultado satisfactorio en bastantes de los casos.

Fue en una de esas visitas a los nosocomios que, un doctor, que me había visto reiteradamente en la misma situación, se interesó por mí.

Después de hacerme pasar a su consultorio  escuchó atentamente la historia que le narré con lujo de detalles– se da cuenta de lo que le estoy diciendo?- le dije, -esto puede ser la panacea, el Cádiz sagrado, el becerro de oro, si esto se da a conocer gran parte de la humanidad podría resolver sus problemas de salud, quién sabe si hasta no cure esas enfermedades incurables que la ciencia nunca pudo sanar!!!- -no se exalte, mi amigo- -cómo que no me exalte, yo tengo que ir a los medios, esto se debe divulgar- -no es tan fácil- me dijo -¿por qué?- le respondí –porque si bien usted, ahora, está bien, y, por lo que me cuenta, a varias de las personas que ha estado observando en las salas de espera les ha producido un efecto benéfico, no sabemos si pueda traer daños colaterales, efectos contrarios que, a la larga, resulten peores que las enfermedades que, supuestamente, curan. Mire- continuó, yo conozco a Luis Núñez, ¿escuchó hablar de él? –no-, le respondí – es el dueño de “Balmaceda”, uno de los mas grandes laboratorios no solo del país, sino de Sudamérica. El, seguramente, va a saber orientarnos-

Dos semanas pasaron antes de la entrevista. Yo, durante ese tiempo, no había abandonado mis seguimientos, tratando de acumular datos fehacientes que sirvieran para el encuentro.

La oficina era enorme. Cuadros de todos los estilos pendían de las paredes de mármol, como de mármol eran los pisos que estaban bajo mis pies.

El tal Núñez estaba detrás de un amplio escritorio. Un traje confeccionado en una excelente tela que podía reconocer por mis años de trabajo en Álvarez, cubría su cuerpo. Cuando el doctor y yo nos sentamos frente a él. Apagó el habano cubano que se hallaba disfrutando.

 El hombre no se anduvo con vueltas -¿Puedo escuchar el disco?- se apuró a decir. Largo rato estuvimos en silencio mientras la música nadaba por el recinto.

-¿Así que esto es lo que lo curó?- me preguntó en un tono simpático y amable. Yo asentí con la cabeza. -¿y cuanto tiempo y cuantos médicos había visitado antes de que comenzara a experimentar las mejorías?- -no lo sé- le respondí-, seis, siete meses.No podría aseverar la cantidad de profesionales. –Se da cuenta, caballero – puso un especial énfasis en ese “caballero” – que lo que usted está planteando daría por el suelo lo que le costó a la ciencia y a la medicina dar por sentado?- -pero la ni la ciencia ni la medicina pudo curarme y sí ésta música que estamos escuchando—no me interrumpa, insolente,- levantó la voz el hombretón elegante olvidando sus modales y su tono afable con el que me había recibido – Cientos de eminencias dando sus vidas, noches de desvelo y estudio, experimentos y años de observación sobre mártires que ofrecieron lo poco que tenían de salud para hallar curas a enfermedades de las que ellos, sabían, no tenían oportunidad de escapar- -mentira!!!-, -le grité- a usted no le importa un cuerno todo eso que me está nombrando, a usted lo único que le interesa es que su mercadito de basura que no sirve para nada, no se le venga abajo y, los dos, los tres – en éste punto lo miré al médico que continuaba a mi lado sin emitir palabra alguna- sabemos que si esto que estoy planteando como una hipótesis llegara a confirmarse su imperio se convertiría en polvo. Voy a salir de acá y voy a ir a los medios. Sé que no todos van a escucharme pero alguno lo hará. Haremos nuevas grabaciones con Franco-.

-Habla mucho de medios pero se ve que no escucha las noticias, caballero – dijo Núñez mostrándome un diario que tenía sobre uno de los costados del escritorio y que, yo, no había visto hasta ese momento.-Su amigo franco fue víctima de un lamentable accidente en el día de ayer, sin duda, una pérdida terrible para usted-

No vi cuando el médico sacó la jeringa.

Al sentir el picotazo, llevé mi mano inmediatamente hacia mi cuello. Ya era tarde. El ardor se deslizó a través de mi cuerpo como la lava derramada por un volcán en erupción. Mientras mis músculos se iban paralizando, la imagen de Núñez se fue haciendo más difusa hasta transformarse en un fantasma que permitía ver las cosas a través de su cuerpo, como si fuera de humo. Traté de recordar el tema de Franco. Quizás si me concentraba lo suficiente, podría recuperarme. Fue inútil. Mi conciencia se perdía en un maremágnum de ideas, de imágenes, de recuerdos, y otra melodía, una suave y dulce melodía que jamás había escuchado, lo invadió todo.