sábado, 20 de junio de 2015

LAVA DE LUNA

                                                   LAVA DE LUNA 

El sepulturero se apoyó sobre la pala para descansar un poco -Disculpe, lo que pasa es que es bastante mas trabajo que el acostumbrado y, encima, mi compañero que, justo hoy viene a enfermarse-
El hombre le dió una larga pitada a su cigarrillo antes de contestar. Cuando exhaló el humo, éste se mezcló con el aliento que se convertía en vapor al chocar contra el aire gélido y no se sabía cuál era cual. 
Era el único ser vivo en el cementerio, además del enterrador y los pinos, que hacían de flauta en donde el viento entonaba una triste melodía. 
-No hay problema-, respondió con sus manos enguantadas guardadas en los bolsillos del grueso sobretodo. 
-¿Hacía mucho que estaban así?- preguntó el sepultador mientras volvía a arrojar tierra sobre el cajón doble.
-No lo sé, veine, treinta años- 
El otro se detuvo nuevamente 
-¿Veinte, treinta años?-
-Si, desde que se conocieron, una noche en que se cruzaron por la calle-
-¡¡Guau!!, ¿y, cómo comían, cómo dormían?-
-No comían, no dormían, pero seguían vivos, nadie se explica cómo-
-¿Y sus familias?-
-Al principio, la de ella trató de hacer algo. Hasta que, un día, se resignaron y, poco a poco, dejaron de visitarla ante la ausencia de respuesta de uno o de otro. Él no tenía a nadie-. 
-¿Y murieron al mismo tiempo?-

-Ni un segundo de diferencia, y, aún después de fallecidos, no pudieron separarlos. Siguieron abrazados, como cuando se cruzaron en esa calle, como cuando se vieron, como cuando decidieron que no tenían alternativa, que eran el uno para el otro, que no importaba lo que viniera si no estaban juntos. Y se abrazaron, se abrazaron porque era la única manera de que nada ni nadie los separara. Fue como si la luna hubiera derramado su lava en el momento de ese abrazo y los hubiera petrificado.
El del sobretodo apagó su cigarrillo sobre el césped húmedo. Encendió otro y se fue caminando, despacio,  perdiéndose entre las cruces.
El otro enjugó la transpiración de su frente, arrojó dos paladas mas de tierra dentro de la fosa enorme y se detuvo. 
Se quedó mirando el cajón. 
Sabía que se trataba de un accidente donde no habían podido separar a la pareja que había perecido calcinada  dentro del vehículo pero, hubiera sido bello que la historia del hombre fuera real, como la que le había relatado el día anterior sobre el cajón pequeño, y el anterior al anterior, acerca del ángel que yacía en ese ataúd, como la que, seguramente, le relataría mañana, en el entierro que fuera, cuando los dolientes se marchasen.
Cuando terminó de cubrir la fosa puso las dos cruces juntas. Muy juntas, y las amarró con su pañuelo.