martes, 26 de mayo de 2015

EL SEGUIDOR

                                                EL SEGUIDOR

Él quería tener su libro. 
No es que me lo hayan contado, él mismo me lo dijo en uno de sus correos. 
No nos escribíamos muy a menudo, pero, las veces que lo hacíamos, nos extendíamos páginas y páginas cual si hubiéramos estado compartiendo un café. 
Encontré su blogg por accidente, una tarde en que estaba buscando algo de Poe. Inserté el nombre de Edgar Allan en el buscador y me topé con uno de sus relatos en que hacía referencia a "La máscara de la muerte roja". 
No era mucho lo que publicaba, pero la calidad de su pluma (o su teclado) era comparable a la de Bradbury o Fontanarrosa. 
Fue por ello que, aunque jamás le dejé un comentario, me adherí a sus seguidores a fin de recibir, en mi computadora, los avisos de cada una de sus publicaciones. 
Le gustaba ser bloggero pero, lo que realmente amaba, lo que siempre había soñado, era ver sus letras impresas en papel. Saber que alguien viajaría a un lugar extraño y, en medio de la nada, en un vagón solitario de un solitario tren, esa persona sacaría un tomo con su nombre en la tapa y sentiría el olor de la tinta, mojaría su dedo índice para dar vueltas las páginas y escucharía el sonido de ellas al voltearse. Le encantaba pensar a ese alguien olvidándose de quién era, por el lapso de tiempo que dura un texto y hasta, tal vez, emitiendo un suspiro, derramando una lágrima o dibujando una sonrisa en su rostro cuando el final lo sorprendía. 
Jamás pudo hacerlo. 
Su magro presupuesto de operario de una fábrica, solo le permitió ir, cuando podía, al ciber de la otra cuadra de su casa, desde donce creaba sus pequeños mundos o me redactaba alguna correspondencia. 
Tal vez por la vorágine en que uno vive, tal vez por distracción, no me dí cuenta cuando las notificaciones de sus cuentos nuevos dejaron de llegar a mi correo.
Revisé mi ordenador para cerciorarme de que no tuviera alguna falla. No, su funcionamiento era el correcto. Busqué su blogg. Efectivamente, hacía demasiado tiempo que el último relato había sido introducido en él. No me animé a escribirle. Volví a su página, lei un par de textos y encendí la impresora.