domingo, 22 de marzo de 2015

KATYA



                                                    KATYA

De todas las trabajadoras del sexo de las que había requerido sus servicios, Katya era especial.
De contextura pequeña, no era muy exuberante en lo que a sus formas respectaba pero, en su diminuto cuerpo, cabía todo lo que una mujer puede llegar a entregar en el momento sublime. Además de ello, yo podía percibir que ella no simulaba y jamás, jamás, con fémina alguna, pude sentir como con ella que mi pequeña muerte se fundía con la suya.
Más de un año había transcurrido sin ir a la casa de la calle Callao, donde Katya trabajaba. Hacían ya un par de días que mis pensamientos se remontaban a nuestros momentos compartidos cuando decidí ir a visitarla.
Cuando pregunté por ella me dijeron que no estaba. No eran muchos los ratos disponibles para poder llegarme hasta allí. En ese momento, tres muchachas había en el lugar. No sé como se llamaba la morochita de ojos verdes que me acompañó a la habitación.
Cuando salí, me di cuenta que se me había hecho tarde. Decidí tomar un taxi. Levanté mi brazo para hacerle señas a uno que se aproximaba por Urquiza, no me dí cuenta que venía ocupado. De todas maneras se detuvo. Una muchacha le pagó al conductor antes de abandonar el vehículo. Cuando descendió del vehículo pude darme cuenta de que era Katya. Sentí vergüenza cuando me miró a los ojos. Me engañaste, me dijo antes de cruzar la calle. No le respondí, subí al taxi, -¿a dónde vamos, maestro?-, me preguntó el chofer. Demoré un poco antes de responderle.