miércoles, 21 de enero de 2015

LAS BRUJAS DE ALDEARRUBIA

                                              LAS BRUJAS DE ALDEARRUBIA 



-¡No puedo, no puedo!!!-
Mariana trata de escapar por el agujero de la cerradura de la puerta, pero la llave está puesta del otro lado.
Sabe que es su única oportunidad, que en la mañana, los hombres de Torquemada, vendrán por ella , enfundados en sus hábitos negros. 
Mariana trata de invocar un último conjuro para convertirse en piedra y confundirse con la ornamentación de la celda, pero no puede. Ya ni el hecho de una confesión puede salvarla. 
Invoca al demonio, pero éste no contesta. Invoca a dios. Tampoco. 
Mariana toma su silencio y lo envuelve en las sábanas que rodean el colchón. Sabe que su último recurso será entregar a sus hermanas, pero no há de hacerlo. 
Arroja sus secretos a través de los barrotes, lejos de su tentación y su memoria. 
Torquemada los recoje, a sabiendas de la acción de la bruja. Son muchos los años de luchar en la inquisición y puede adivinar todos los movimientos de sus enemigas. Abre el paquete y escucha salir desde dentro de él los secretos de la muchacha. El nombre de la reina, de su séquito, de las damas de alta alcurnia de toda España, flotan en el aire.
Sale el sol. Bajo la columna de madera donde se há de acabar con las fechorías de Mariana, la bruja de Aldearrubia, hay ramas, combustible y un bulto mal atado, hecho con lienzos, al que nadie presta atención.

LOS SUEÑOS DE JUAN

                                                    LOS SUEÑOS DE JUAN

Todas las noches, antes de acostarse, Juan se coloca las lentes que, sobre la mesa de luz, dejó por la mañana, cuando se levantó. Si Juan no hace eso, sus sueños serán borrosos y no sabrá si, en su paseo por el universo onírico, se topó con un minotauro o una sirena, con su madre o Sophía Loren, con una bicicleta o un trolebús. 
A la aurora siguiente, Juan despierta espléndido, con las imágenes de su lozano sueño aún palpitantes en su cerebro, se quita las gafas de dormir, va al baño, se higieniza, vuelve a su habitación, se viste, se coloca los otros anteojos, los negros, toma su bastón blanco y sale a la calle.