domingo, 25 de octubre de 2015

LA ÚLTIMA BALA

                                                    LA ÚLTIMA BALA 

Era la última bala que le quedaba. Solo una. La mínima expresión. Una cápsula brillante aguardando ser detonada para mostrarle al mundo su furia. Una bala, similar a la enclavada en el ojo de la luna en los afiches de la película de "Georges Méliés".
Una bala, terca, expectante, ansiosa. Una nave espacial dispuesta a sacrificar la vaina para que el plomo cumpla con su destino. Un acto de amor, si así se quiere. 
Ellos no iban a esperar. Estaban, quizás, mas desesperados que el proyectil por disparar sus armas. Nerviosos, sudorosos, habían aguardado demasiado. 
-¡¡Atilio!!- gritó -¿No era que el pedido llegaba hoy?-. Atilio ni siquiera levantó la mirada. Sabía que los proveedores les habían cortado las entregas hacía rato, por falta de pago. Siguió limpiando la escopeta de dos caños mientras escuchaba a los clientes marcharse furiosos, en busca de otra armería. Atilio escuchó al viejo Gómez sacar nuevamente el revólver del cajón, abrir el cilindro y cargarlo con esa maldita bala que, parecía, nunca iba a dignarse a detonar.

sábado, 24 de octubre de 2015

EL VUELO DEL COLIBRÍ

                                                   EL VUELO DEL COLIBRÍ

Se llamaba Juan De La Cierva y , quiso el destino, que fuera testigo de algo asombroso. 
Cierta tarde, mientras disfrutaba de su jardín, en la Murcia natal, quedó absorto ante la contemplación de un ave de diminuto tamaño, casi tan pequeño como una mariposa. Pero no fueron las dimensiones del pájaro las que asombraron a De La Cierva. 
Provisto de los colores mas bellos y brillantes,  el animal podía permanecer como suspendido en el aire mientras se alimentaba del néctar de una rosa. 

A partir de ese momento, el magnífico pajarillo ocupó, en su totalidad, los pensamientos del hombre. 
Eso no era casual. Desde pequeño, el volar había sido su sueño mas ansiado y, de hecho, lo había concretado, al convertirse en piloto durante su adultez. Pero ésto era distinto. Ésto superaba toda imaginación posible. 
Y , así, Juan De La Cierva, decidió dedicar su vida entera al estudio de éste frágil amigo. Si el colibrí podía hacerlo, el hombre, o una creación del mismo, también. 
Noches enteras de desvelo lo llevaron a transformarse en científico e inventor. -Observad éste milagro de la naturaleza y aprended de él- decía a sus asistentes.- Pero, maestro-, le decían algunos, Los Chinos, Da Vinci, muchos hombres lo han intentado sin éxito- -No es lo que ellos anhelaban conseguir lo que yo persigo- contestaba él. -¿Y qué es lo que persigues Juan?- le preguntaba Hilario Armendia, su mejor amigo -No lo sé, no lo sé- respondía Juan. 
Cierto día, sus asistentes, lograron arribar a la construcción de un aparato que reunía condiciones similares a las del ave, al que llamaron helicóptero.
Sin embargo, eso no era lo que perseguía Juan. De la Cierva siguió diseñando en secreto, y rompiendo papeles, llorando e insultando, hasta que, una tarde,  vió la luz eso,  a lo que tanto había aspirado, y que, los otros, nunca habían llegado a comprender.
Juan de la Cierva había inventado una máquina que, en vuelo, bebía del licor de las flores.