viernes, 24 de julio de 2015

POSEÍDO



                                               POSEÍDO

Algunos de los chicos, enfundadas sus manitas en guantes de lana y protegidos sus cuerpos con pesados abrigos,  intentaban adivinar formas en la mancha verde que, sobre la pared de la habitación, había dibujado Timmy, con el líquido expulsado por su boca.
Otros, trataban de capturar objetos que volaban en el recinto mientras, un par de ellos, habían atado a la cama al pequeño y, asidos a las cuerdas, se sacudían sobre ésta como si estuvieran en un cuadrado zamba, de esos de los parques de diversiones.
Los golpes de la aldaba de bronce sobre el portal hicieron que todos se callaran en el horfanato.
-Buenas tardes- saludó la hermana Angélica cuando salió para ver quién era.
-Buenas tardes- contestó el anciano –soy el padre Ralph y vengo porque, desde aquí y hace algunas semanas, llamaron solicitando un exorcismo-
-Lo siento- contestó Sor Angélica, -debe ser un error-
-Imposible- dijo el religioso –nuestro registro es infalible-
-Ahhhh, ya entiendo- interrumpió la hermana –, debe haber sido uno de los huérfanos, son terribles, le pido mil disculpas por su tiempo, padre-.
Hubo un breve silencio. -¿Todo bien?- preguntó el hombre.
-Todo bien-, respondió la novicia.
Antes de marcharse, y ya sobre la vereda, el padre Ralph alzó su vista hacia el ventanal y pudo distinguir a los chiquillos  que saltaban y jugaban como jamás había visto en hospicio alguno. Dentro del cuarto, todos aplaudían a rabiar. Timmy había vuelto a girar su cabeza trescientos sesenta grados. Sonrió feliz y saludó con una reverencia.

miércoles, 22 de julio de 2015

AVE CÉSAR

                                                          AVE CÉSAR 

-Ave César-. El Marsellés, con sus últimas fuerzas, levantó su arma, saludando a Marcus Invictus, emperador de Roma. 
Un público enardecido rugía frente a una arena teñida de rojo. 
Setenta y tres cuerpos se esparcían sobre ella. 
Setenta y cuatro hombres habían reverenciado a Marcus cuando el Coliseo dió comienzo al espectáculo. 
Setenta y cuatro voces, profiriendo al unísono -Ave César, los que vamos a morir te saludamos-. Setenta y cuatro historias repletas de cicatrices emergidas de heridas por donde la sangre había escapado y raíces brotaron, arraigándose, desesperadamente, a la vida. 
-Los que vamos a morir...- y ahora, ese coloso, o lo que quedaba de él, de pie sobre la grava caliente, era el único que estaba faltando a su promesa. 
-¡Muerte, muerte, muerte!!-. Solo eso se escuchaba desde la tribuna. Muerte era lo que habían venido a ver y, aún con un escenario atestado de seres inanimados, no estaban satisfechos. ¿Quién era ese estúpido arrogante para arruinarles el banquete?.
Miles de pulgares señalaban hacia abajo ordenando se satisfaciera su ansia negra, su sed de sacrificios humanos. Cuando Marcos Invictus alzó su brazo, el estadio calló. El emperador no dudó un instante antes de imitar el gesto del resto de los espectadores, que tornaron a chillar como dementes poseídos cuando los soldados se abalanzaron sobre el Marsellés. 
                                                                         ...


El César seguía sentado en su sitio cuando las gradas quedaron vacías. 
Cinco centuriones, ubicados en los sitios mas altos del estadio, encendieron antorchas para confirmarlo. 
El soberano batió dos veces sus palmas antes que doscientos pretorianos, arrastrando doce carros cubiertos, entraran al plató. 
Dos veces mas aplaudió... y los que yacían esparcidos sobre la grava, comenzaron a moverse, cual improvisados lázaros, resucitados por el mesías. Al principio lo hicieron tímidamente, luego, entre carcajadas, fueron incorporándose, quitándose la falsa sangre, puliendo sus cuerpos con puñados de arena. Sacudiéndose la simulada muerte de sus corazones.
Algunos jugaban con sus armas de madera, las mismas que los habían acompañado durante la fingida representación urdida por el mismo monarca. 
Formados ante el emperador, los gladiadores alzaron sus diestras a la vez que un "Ave César", tan profundo como legítimo, subió por las gradas del anfiteatro. Marcus Invictus también izó su mano. Cuando su puño se cerró y su pulgar se encumbró sobre éste, elevándose hacia la bóveda celeste, los hombres aullaron de alegría ...y rieron...y lloraron...y corrieron hacia los carretones cubiertos con pieles de reses muertas y, a una señal del que portaba laureles en su testa, la guardia imperial los escoltó hacia su nuevo destino. 
-Ave-, murmuró en voz baja Marcus, y completó la frase -Los que vamos a morir te saludamos- y éstos iban hacia la muerte segura. Si, setenta y cuatro muertes por enfermedades, accidentes, en alguna gresca o, simplemente, de viejos, pero ya no por causa de la estupidez humana.

martes, 21 de julio de 2015

SER

                                          SER


Ser hombre es ser pensamiento, se dijo, y fue, entonces, pensamiento. Otros prefirieron ser rosa, clavel o margarita.

lunes, 20 de julio de 2015

...Y NUNCA MAS LO VÍ

                                              ... Y NUNCA MAS LO VÍ 




….”Y nunca mas lo vi” puede resultar, sin duda, un final efectivo para algunas historias. Tiene algo de misterio, algo de sabor amargo y, hasta diría, una pizca de melancolía.
No creo que exista, haya existido o esté por existir narrador (escrito, oral, cinematográfico) que no haya utilizado ese recurso. No digo que sea un facilismo. Al…y nunca mas lo vi, tiene que precederle una historia que haya sabido llevar al lector, escucha o espectador, hasta ese final al que valía la pena arribar, caso contrario, el… “y nunca mas lo vi”, nunca será visto.
Lo que estoy por narrar, no es, precisamente, el ejemplo de lo que acabo de mencionar, es mas, lo seguí viendo, muy a mi pesar. No fue en esa ocasión en la que el tipo me pareció una montaña a la que no se puede acceder a su cúspide ni con helicóptero, ni siendo, siquiera, una nube, o un dios, que lo vi por última vez.  
No llegó de la nada, conocía su historia y, tal vez por eso, fue que se ganó mi respeto y mi admiración.
Tal vez si hubiera sido un héroe o lo hubiera antecedido cierta fama, no me habría causado ese efecto, pero sabía que era un hombre común, con una vida común y, hasta con sueños comunes y fue por eso que se hizo acreedor de mis elogios. ¿De dónde nacen los actos de justicia?, me pregunté días después, ¿del respeto a uno mismo?, ¿del respeto a los demás?, ¿del amor?, ¿del odio?, ¿del miedo?
¿De donde sacó las fuerzas para voltear a los tres mastodontes que estaban amedrentando a esos trabajadores?. Tampoco sé que fue lo que le pasó después, cuando le ofrecieron ese puesto, fruto de la fama que había obtenido.
Lo cierto es que yo hubiera congelado su imagen ese día, como si hubiera nacido solo con el propósito de ese acto para morir inmediatamente luego, pero lo seguí viendo, lo seguí viendo traicionar a aquellos que, a partir de ese momento, empezaron a creer en él, lo seguí viendo creyéndose el elegido y olvidarse de su esencia, lo seguí viendo a pesar de pintar todos los espejos, reflejado en los charcos de agua y en los vidrios de los escaparates que exhiben las ropas de moda, esas que nunca antes se hubiera detenido a ver.

sábado, 18 de julio de 2015

¡NO VAYAS HACIA LA HOJA EN BLANCO!!!

                       ¡NO VAYAS HACIA LA HOJA EN BLANCO!!!

-¡Un sustantivo!!-
-No tengo-
-¿cómo que no tenés un sustantivo?-
-Y ¿qué querés?, con el presupuesto que tenemos-
-¿Te parece que es momento para declamaciones sociales?
-No, pero...-
-Pero nada, dame algo. Un adjetivo, un adverbio. Algo-
-¿Un verbo?
-Sí, dame un verbo. ¿Cuánto hace que no escribe nada?-
-Como tres meses-
-¿Y nadie se dió cuenta?-
-Se ve que no. ¿Cómo está?-
-Estabilizándose, dame una metáfora-
-¿Y una imagen poética?-
-También-
-¿y ahora?
-Esperá, esperá, está reaccionando. Balbucea, si, se ve que no puede modular. Dejame acercarle el oído-
-¿Que dijo?-
-No le entendí bien pero, me parece que....-
-¡¡¿QUÉ DIJO?!!!!!-
-Había una vez.....-
 

viernes, 17 de julio de 2015

EL CASTING

                                                               EL CASTING
                           

Miembro de una familia de cineastas y, signado por el mandato de sus antecesores, se presentó a cuanto casting aparecía, en pos de un protagónico 
Sus hermanos, inclusive, tuvieron mayor fortuna que él, en el mismo cometido. 
Fueron sus padres los que, a pesar de su esfuerzo y dedicación, jamás le dieron el papel de hijo.

miércoles, 15 de julio de 2015

DECÍME QUE SI

                                                        DECÍME QUE SI

Si bien me encantó la fachada, lo que me indujo, realmente, a entrar a ese bar, fue el nombre. "DECÍME QUE SÍ".. Me pareció ciertamente original, como me parecen originales la mayoría de los nombres de los negocios instalados por jóvenes. Pymes, según los rotulan los del estado. Pequeñas y medianas empresas. Aunque si tomás como referencia los sueños de los pibes esos que están detrás de sus inicios (no me gusta la palabra emprendimiento), si les ponés el rótulo de "Enormes empresas", seguramente les queda chico. 
Los bares de antes se limitaban a colgar sobre sus entradas carteles que anunciaban identificaciones que tenían que ver con la calle donde estaban instalados : Bar Arijón, Café Sarmiento, Restaurant Lucero, no daban mas que la referencia a un sitio geográfico. Nada que reflejara la personalidad de quien había elegido ese sitio para hacer crecer sus ganas. 
Después vino una generación intermedia que se animaba a mas. Ya no solo podían verse a los parroquianos en sitios que repetían lo que decía el cartel de la esquina donde se hallaban ubicados, sino que osaban apropiarse del nombre de un barrio, de un cantante (fuere del género que fuere), de un teatro cercano y hasta de otros países. 
Pero nombres como "Oh, la la", "Pequeñita mía", o "Las chicas solo quieren divertirse", me remiten a una osadía, a una falta de estructura, a una frescura que solo los jóvenes pueden transmitir. 
No me quise sentar a una mesa. 
La barra, perfectamente diseñada, imitando los bodegones donde taitas y malevos tejían sus telarañas para atrapar a las muchachas que caían a la hora del bailongo, me atrajo apenas transpuse la entrada. 
-Un cafecito- le dije a la piba que atendía, mientras me acomodaba en una de las butacas. 
-Decíme que si- le dije, mientras me acercaba el pedido. Ella se detuvo como ofuscada, esputándome un -¿qué?- frío y violento. 
-Perdón- me excusé. -Es que me fascina el nombre del bar "Decíme que sí". Realmente ingenioso y original. ¿Fué idea tuya?- le pregunté con una cara que, si la describiera como de idiota estaría elogiándola. 
-No- me respondió ella -de él-. 
El tipo casi ni se veía dentro del salón. 
Traía puesto un saco gastado y una camisa arrugada. 
Ya ni se le podía adivinar la edad porque parecía que hubiese venido desde antes del inicio de los tiempos y, a la vez, que nunca hubiera nacido. 
Me dí vuelta y le pregunté, incrédulo, a la muchacha -¿de él?-.
Ella asintió con la cabeza sin emitir palabra. 
Volví mi vista hacia el hombre. Tenía la mirada fija en la silla que estaba del otro lado de la mesa, como si esperara una respuesta que jamás iba a llegar.

sábado, 4 de julio de 2015

LA ESTRATEGIA

                                              LA ESTRATEGIA 

La aplicación del plan fue sistemática. En todos los países y, simultáneamente, fueron incineradas las emisoras de radio, los teatros y las bibliotecas. Solo se dejaron en pie las estaciones y antenas de televisión desde donde, únicamente, se transmietieron, a lo largo de siete interminables años, realitys shows, programas de concursos, campeonatos de fútbol y discursos de los mismos jefes de estados que habían planeado la estrategia. Cuando el día del juicio final fue un hecho y los muertos brotaron de la tierra en busca de cerebros ara alimentarse, éstos, perecieron por inanicion.

viernes, 3 de julio de 2015

UNA SUAVE, DULCE MELODÍA



                                  UNA SUAVE, DULCE MELODÍA



Jamás se me hubiera ocurrido quedarme sin trabajo a los cincuenta y cuatro años de edad. Sin embargo, allí estaba, junto a mis compañeros de tres décadas de labores, frente a un cordón policial que no nos dejaba llegar hasta la persiana baja de la empresa donde habíamos compartido mas de la mitad de nuestras vidas. Algunos intentaron atravesar la barrera uniformada para llegar hasta la puertita del costado, por donde Alvarez, el dueño de la fábrica, entraba todos los días, puntualmente, a las cinco y media de la mañana para controlar que, todos, estuvieran en su puesto a las seis menos diez en punto, desde las cámaras instaladas en todo el edificio y, si eso no fuera suficiente, desde su amplio ventanal polarizados, donde nosotros no alcanzábamos a ver su figura pero que, sabíamos, estaba allí durante cada segundo de la jornada laboral, como un atento francotirador dispuesto a disparar cien, mil telegramas que atravesaran la esperanza si las cosas no se hacían como él quería, pero, aunque los que lo intentaron llevaban la fuerza de la impotencia y de la bronca, no pudieron llegar hasta la entrada. Algunos terminaron magullados, desperdigados por el suelo como perros apaleados, otros, como reses, metidos a presión dentro de uno de los camiones de las tropas  especiales que emprendió su recorrido abriéndose paso entre los otros vehículos, a fuerza de sirena.

Poco a poco, la mayoría nos fuimos retirando. Solo unos cuantos se quedaron en el lugar con la intención de armar una carpa e instalar, allí, una carpa, aguantando hasta que Alvarez o alguno de sus cipayos se dignara hablar con ellos. Yo sabía que esto iría para largo. Primero los medios, hasta que dejara de ser noticia, tal vez algún enviado del ministerio de trabajo que oficiara como mediador para dar tiempo a que la maldita empresa terminara de legalizar todos sus chanchullos y quedara libre de culpa y cargo.

Yo me fui a casa mientras escuchaba el –no se vayan, compañeros, ésta lucha es de todos- de parte de algunos y el –cagones, carneros, hijos de puta traidores- , de parte de otros.

Sin embargo, a pesar de mi escepticismo, no tardé mucho en conseguir otro empleo.

Gracias a mi función dentro de la empresa, conocía a muchos de los proveedores y clientes que mantenían relaciones comerciales con la misma. A los cinco meses de aquel desafortunado momento en el que parecía que mi vida se desmoronaba, estaba estrenando mameluco en una distribuidora de la calle Balcarce.

Alguien me dijo una vez –si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes-. Yo nunca se los había contado pero se ve que él ya se traía algo entre manos. Un tiempo después de que estaba en la distribuidora, un dolor leve se instaló en mi espalda, a la altura de la cintura. Al principio no le dí importancia. Sería una lumbalgia de esas que vienen con la edad. Con un par de calmantes y alguna crema de esas que usan los jugadores de fútbol seguramente desaparecería. No fue así. El dolor fue in crescendo hasta hacerse insoportable y, por lo tanto, imposibilitándome para trabajar.

Después de varios estudios, radiografías, electromiografía y que se yo cuantas fías mas, el médico dictaminó que tres hermosas hernias de disco se habían instalado en mi cuerpo decididas a no ser extirpadas quirúrgicamente. Comencé, entonces, un largo periplo a través de kinesiólogos, quiroprácticos, gurúes de la post urología y cuanto manosanta me recomendaran esos que me decían –no sabes lo bien que me hizo a mi-, sin resultado alguno.

Durante largos meses la única postura en la que no sentía dolor alguno era tirado boca abajo sobre el suelo. Allí pasaba mis mañanas, mis tardes, mis noches. El único que me iba a visitar era Franco, un loco con el que habíamos compartido un par de años en lo de Álvarez y, con el cual, habíamos comenzado una especie de amistad.

El no era como yo. Yo era osco, oscuro, antisocial y solitario. El, en cambio, y quizás por el hecho de ser mucho mas joven que yo, no dudaba en entablar conversación con la primera persona que se le acercara, ya fuera en un tema interesante o trivial. Además era músico, tocaba un teclado honner que se había comprado de segunda mano pero al que le sacaba unas hermosas melodías. Vivía en el otro extremo de la ciudad, sin embargo y, sin excepción, una vez a la semana pasaba por casa para ver si necesitaba algo, puesto que yo ni salir a hacer las compras podía, charlábamos y escuchábamos algo de música.

Fue en una de esas visitas que me trajo el compact. Lo había grabado en un estudio que tenían en una FM comunitaria, cobrándole dos chirolas a cambio. Me lo mostró con orgullo –es mi primer disco- me dijo – éste tiene siete temas solamente pero ya estoy trabajando en uno nuevo.  

No era desagradable. En realidad era mejor que muchos de esos que suenan una y otra vez en las radios de turno. Cuando se marchó le pedí que lo dejara puesto en repetición, que me gustaba. Él me dijo que no fuera obsecuente, pero le gustó la idea. Me dí cuenta de ello por su sonrisa. Hizo lo que le pedí y se marchó. Apenas se marchó el sueño me fue venciendo, pero no apagué el reproductor.

Cuando desperté me sentí algo extraño. Si bien el dolor no había desaparecido por completo, el malestar se había como suavizado, como ralentizado. Me incorporé lentamente y fui hasta la ventana que daba el patio donde, tantas veces, había jugado a la pelota. Mis viejos me miraban desde una de las fotos de la pared.

No sé si fue por un mal movimiento o qué, cuando apagué la música, una garra volvió a apoderarse de mi columna arrojándome al suelo de manera instantánea. No me animé a moverme y, ésta vez, el dolor fue tan fuerte que, creo que me desmayé.

Cuando recobré el conocimiento no sabía si todo había sido parte de un sueño en el que el deseo de estar mejor, me había sumergido. Las luces de la calle se habían encendido y una luna desolada y redonda se dejaba ver por la ventana. Afuera se escuchaba pasar algún auto de vez en cuando o las risotadas de los muchachos que se sentaban en la vereda de enfrente a compartir cervezas. No tenía idea de qué día ni que hora eran. A ese estado me había llevado mi condición. Sumido en una desesperanza y depresión tal estaba y, a la que no iba a permitirle que me invadiera, que, como pude, fui arrastrándome como podía hasta la compactera para volver a escuchar el disco dejado por Franco. Al principio me pareció extraño. No fue de inmediato pero, a medida que la música avanzaba, me iba sintiendo mejor. Evidentemente el dolor me estaba arrastrando a la locura. Sin embargo, el efecto anestésico que, esa música, producía en mi no se podía negar. Lentamente me incorporé y, ésta vez, luego de sentarme en una silla al lado de la mesa donde estaba el reproductor, apagué la melodía. Nuevamente una cuchillada se incrustó entre mis costillas. Cuchillada que desapareció inmediatamente cuando oprimí, nuevamente, el play.

Obviamente dejé la música puesta.

Sin salir de mi asombro y con el disco sonando constantemente en mi casa, me fui reponiendo. Poco a poco el dolor desapareció por completo pero, si en algún momento, la música se detenía, retornaba a mí como una guadaña despiadada.

A la semana, cuando Franco vino a visitarme, se rió largamente por mi comentario – Debe ser alguno de los medicamentos que tomaste que tenía efecto residual-me dijo, y la tarde se estiró entre mates, risas y sus comentarios acerca de una chica que había conocido.

Sin embargo yo no me conformé. Grabé el disco en mi celular y, decidido a experimentar qué efectos producía en otra gente, comencé a ir a las salas de espera de los hospitales donde aguardaban otros enfermos con dolencias iguales o distintas a las mías.

Algunos se exasperaban y me decían que bajara el nivel de la música y, hasta algunos enfermeros me obligaban a abandonar las salas. Yo trataba de ignorarlos hasta que podía y, mientras tanto, observaba los efectos que mis parlantes producían en los otros enfermos, los que escuchaban y hasta, algunos, se levantaban y abandonaban el lugar alegando que estaban mejores.

En la distribuidora me habían guardado el lugar. Yo trabajaba con mis auriculares puestos, a lo que ellos no hacían objeción alguna, y así me mantenía en perfecto estado de salud. Tenía que tener cuidado de que mi celular no se quedara sin batería puesto que, si en algún momento, dejaba de escuchar el compact, el dolor volvía, pero, a tal efecto me había provisto de un cargador y varias baterías de repuesto.

Cuando salía, continuaba con mis experimentos y, si bien, no eran un cien por ciento efectivo, podía observar un resultado satisfactorio en bastantes de los casos.

Fue en una de esas visitas a los nosocomios que, un doctor, que me había visto reiteradamente en la misma situación, se interesó por mí.

Después de hacerme pasar a su consultorio  escuchó atentamente la historia que le narré con lujo de detalles– se da cuenta de lo que le estoy diciendo?- le dije, -esto puede ser la panacea, el Cádiz sagrado, el becerro de oro, si esto se da a conocer gran parte de la humanidad podría resolver sus problemas de salud, quién sabe si hasta no cure esas enfermedades incurables que la ciencia nunca pudo sanar!!!- -no se exalte, mi amigo- -cómo que no me exalte, yo tengo que ir a los medios, esto se debe divulgar- -no es tan fácil- me dijo -¿por qué?- le respondí –porque si bien usted, ahora, está bien, y, por lo que me cuenta, a varias de las personas que ha estado observando en las salas de espera les ha producido un efecto benéfico, no sabemos si pueda traer daños colaterales, efectos contrarios que, a la larga, resulten peores que las enfermedades que, supuestamente, curan. Mire- continuó, yo conozco a Luis Núñez, ¿escuchó hablar de él? –no-, le respondí – es el dueño de “Balmaceda”, uno de los mas grandes laboratorios no solo del país, sino de Sudamérica. El, seguramente, va a saber orientarnos-

Dos semanas pasaron antes de la entrevista. Yo, durante ese tiempo, no había abandonado mis seguimientos, tratando de acumular datos fehacientes que sirvieran para el encuentro.

La oficina era enorme. Cuadros de todos los estilos pendían de las paredes de mármol, como de mármol eran los pisos que estaban bajo mis pies.

El tal Núñez estaba detrás de un amplio escritorio. Un traje confeccionado en una excelente tela que podía reconocer por mis años de trabajo en Álvarez, cubría su cuerpo. Cuando el doctor y yo nos sentamos frente a él. Apagó el habano cubano que se hallaba disfrutando.

 El hombre no se anduvo con vueltas -¿Puedo escuchar el disco?- se apuró a decir. Largo rato estuvimos en silencio mientras la música nadaba por el recinto.

-¿Así que esto es lo que lo curó?- me preguntó en un tono simpático y amable. Yo asentí con la cabeza. -¿y cuanto tiempo y cuantos médicos había visitado antes de que comenzara a experimentar las mejorías?- -no lo sé- le respondí-, seis, siete meses.No podría aseverar la cantidad de profesionales. –Se da cuenta, caballero – puso un especial énfasis en ese “caballero” – que lo que usted está planteando daría por el suelo lo que le costó a la ciencia y a la medicina dar por sentado?- -pero la ni la ciencia ni la medicina pudo curarme y sí ésta música que estamos escuchando—no me interrumpa, insolente,- levantó la voz el hombretón elegante olvidando sus modales y su tono afable con el que me había recibido – Cientos de eminencias dando sus vidas, noches de desvelo y estudio, experimentos y años de observación sobre mártires que ofrecieron lo poco que tenían de salud para hallar curas a enfermedades de las que ellos, sabían, no tenían oportunidad de escapar- -mentira!!!-, -le grité- a usted no le importa un cuerno todo eso que me está nombrando, a usted lo único que le interesa es que su mercadito de basura que no sirve para nada, no se le venga abajo y, los dos, los tres – en éste punto lo miré al médico que continuaba a mi lado sin emitir palabra alguna- sabemos que si esto que estoy planteando como una hipótesis llegara a confirmarse su imperio se convertiría en polvo. Voy a salir de acá y voy a ir a los medios. Sé que no todos van a escucharme pero alguno lo hará. Haremos nuevas grabaciones con Franco-.

-Habla mucho de medios pero se ve que no escucha las noticias, caballero – dijo Núñez mostrándome un diario que tenía sobre uno de los costados del escritorio y que, yo, no había visto hasta ese momento.-Su amigo franco fue víctima de un lamentable accidente en el día de ayer, sin duda, una pérdida terrible para usted-

No vi cuando el médico sacó la jeringa.

Al sentir el picotazo, llevé mi mano inmediatamente hacia mi cuello. Ya era tarde. El ardor se deslizó a través de mi cuerpo como la lava derramada por un volcán en erupción. Mientras mis músculos se iban paralizando, la imagen de Núñez se fue haciendo más difusa hasta transformarse en un fantasma que permitía ver las cosas a través de su cuerpo, como si fuera de humo. Traté de recordar el tema de Franco. Quizás si me concentraba lo suficiente, podría recuperarme. Fue inútil. Mi conciencia se perdía en un maremágnum de ideas, de imágenes, de recuerdos, y otra melodía, una suave y dulce melodía que jamás había escuchado, lo invadió todo.