sábado, 26 de diciembre de 2015

ESCÉPTICOS

                                                      ESCÉPTICOS 

Estoy harto de esos escépticos que sostienen que Papá Noel es un invento de la Coca Cola. 
Todo el mundo sabe que fue la Pepsi la que lo creó.

domingo, 13 de diciembre de 2015

EL BAR DE LOS OLVIDADOS



                                            EL BAR DE LOS OLVIDADOS

Hacen ya más de dos horas que el Turco y Julio están jugando un partido al pool. La mayoría de las veces, el Turco no es oponente para Julio, distinto cuando compite contra el Pelado o Sebastián, pero hoy parece que las cosas no suceden como de costumbre.
Debajo del televisor, donde Boca y Unión se disputan el final de la copa, Paulo improvisó un arbolito de navidad con una rama del sauce del fondo, a la que le colgó tapitas de gaseosas, fernet y Gancia. Es una imagen digna para el premio de cualquier concurso de publicidad.
Es temprano, pero Paulo ya me alcanzó mi acostumbrado café de la tarde. -¿Cuánto hace que no la ves?- me pregunta –ya ni me acuerdo- le respondo. Antiguamente hubiera preferido un Amargo Obrero pero ya hace rato que dejé el alcohol. Sobre mi mesa reposan la lapicera y el cuaderno con mis escritos y mi valija descansa arriba de la silla que está a mi costado.
El francés va de mesa en mesa, mostrándoles a todos, por enésima vez, la carta que le escribió su esposa hace dos años, antes que lo abandonara con su mejor amigo.
Esteban pasa y me palmea la espalda. Yo le sonrío. Se dirige hacia la mesa que está cerca de la barra, donde Flavio, Moncho, Ariel y Sonrisas ejecutan su diario reto al truco. Esteban no sabe cómo es ese juego, pero jamás se pierde una partida.
Sentado a unos tres metros, Camarata mira la televisión. De él brota el perfume dulzón de la Martita. En éste bar no dejan entrar mujeres, pero, a fuerza de insistir y conceder algunos privilegios, la Martita consiguió la autorización para poder venir los domingos y hacerse unos pesitos extras. Cuando Camarata está con ella, no se baña por dos o tres días para que los demás le tengamos envidia. A veces dudo de sus encuentros. Creo que ella le presta su perfume para que él se impregne con éste. No me parece lógico que Camarata pueda estar con una mujer, ni siquiera pagándole.
Ya son las seis menos cinco. Algunos se acercan para saludarme. Otros prefieren no hacerlo. Julio me estrecha la mano y cuando abandona el apretón, unos billetes arrugados quedan dentro de la mía. Yo le quiero decir que no, pero él, como anticipándose,  dictamina – te van a hacer falta- y pega media vuelta.
A las seis se escucha el ruido de la cerradura. Cuando la puerta se abre, uno de los guardias apunta con la escopeta para que nadie escape mientras el juez que los acompaña pronuncia mi nombre.
Afuera, la luz del sol casi produce la ceguera. Uno de los vigilantes me acerca un par de lentes oscuros. Yo los acepto y me los coloco. La patrulla se aleja y me quedo solo  entre los cientos de peatones. Sopeso mi maleta y me doy cuenta que, sobre la mesa, dejé olvidados la lapicera y el cuaderno, pero ya no se puede hacer nada. Desde el interior del bar se escucha un grito cerrado de gol, pero no sé cuál de los dos equipos lo convirtió.

martes, 8 de diciembre de 2015

PARA ELISA



                                                  PARA ELISA

Harían unos treinta y nueve grados de temperatura y la marca del termómetro parecía empecinada en seguir ascendiendo
Era feriado. José, como en la fábrica no se trabajaba, tomó una changa para hacerse unos pesitos extras, vendiendo helados en su bicicleta.
En algunas ciudades, los heladeros ambulantes, recorren las calles de esa manera y, para anunciarse, utilizan grabaciones de melodías. La más empleada de ellas es “Para Elisa”, de Ludwig Van Beethoven.
El grito del hombre, desde la esquina recién traspuesta, le hizo detenerse -¡Maestro, maestro!-. José, viendo que el cliente avanzaba hacia él pesadamente, agitado, luego de una, evidente, corrida para poder alcanzarlo, detuvo la música que lo presagiaba y se dirigió hacia él.
Pararon al costado del cordón. Eran las dos de la tarde y no había ningún árbol que les ofreciera su sombra piadosa.
-Buenas-
-Buenas-
-¿Calor Eh?-
-Calor-
-¿De qué gusto tiene?
Se secó las manos con una toalla que viajaba  sobre sus  hombros, antes de introducirlas en la heladerita de tergopol -Palito de frutilla, granizado, chocolate, limón, vasito de granizado y frutilla, frutilla y chocolate, que se yo, americana- recitaba el contenido de su caja mágica, de memoria, mientras miraba dentro de ella y movía su contenido, inútilmente. Lo había revisado demasiadas veces como para equivocarse.
-¿y no tiene algo especial, como puedo decirle, algo distinto por ahí?-
Hurgó, nuevamente y sin ganas, dentro del pequeño y gélido contenedor –tenemos suerte- dijo sin mirar a su cliente – chocolate marroc, dulce de leche y granizado. Todo dentro de un rico cucurucho y bañado en más chocolate, ¿Qué le parece? – Con el rostro sudoroso, levantó el envoltorio marrón brillante estampado en letras doradas como si fuese un antiguo cáliz incrustado en piedras preciosas y sus dientes se reflejaron en él.
Antes que el hombre se marchara, volvió a encender la tonada para retomar su recorrido. La temperatura era alta e imperioso hallar un sitio para protegerse, aunque fuera unos minutos, de los rayos del sol.  –Para Elisa – le dijo el hombre, tratando de ser gentil  y como para disculparse de la incomodidad a la que lo había expuesto, haciendo alusión al título de la melodía.
-Claro-, respondió José a la vez que su vehículo comenzaba a moverse al compás que sus piernas le imponían. –Debe ser linda la Elisa esa para que le compren semejante helado- pensó.
Antes de llegar a la esquina, un grupo de chicos lo estaban esperando. Interrumpió, nuevamente, la cinta, antes de detenerse.


viernes, 4 de diciembre de 2015

¡¡SALUD LA BARRA!!



                                          ¡¡SALUD LA BARRA!!


-¡¡Salud la barra!!- dijo con ímpetu mientras entraba al bar. Ninguno le contestó. Ni el Mudo, ni el Tatui, ni el Beto. -¡¡Salud la barra!!- repitió. Ni Mario ni Orteguita respondieron. Tampoco el Gallego acusó recibo al pedido del amargo que el Juan tomaba todos los días. Pasó a su lado una, dos, cien veces, ignorando su presencia.
Juan se levantó de la mesa donde se había ubicado y se acercó a los muchachos, que no contaban con la algarabía que, a diario, los diferenciaba del resto de las mesas.
-¡Que terrible!- dijo el Mudo -¿quién lo iba a pensar?- sumó el Andrés –tan joven y tan bromista que era- agregó el Alberto.

-¿Che, dónde lo velan al Juan?-. La voz del Turco le pegó en la espalda -¿cómo que me velan?- dijo Juan. Ninguno lo escuchó.
Una sensación de ahogo lo inundó de cuerpo entero -¿qué pasa muchachos, no me ven?- dijo desencajado. Sin conseguir réplica alguna de parte de los otros. Trató de recordar lo que había sucedido la noche anterior pero no pudo.
-Muchachos ¿Qué están diciendo?,¡ estoy acá!!- gritó inútilmente.
Le tocó a uno en la cabeza, sacudió a otro, volteó una copa sobre la mesa. Nada. Todo era inútil. Nadie se percató de su presencia.
Desesperado, se lanzó en loca carrera hacia el exterior del bar y se perdió por la cortada. -¿A dónde vas?- le dijo el Turco al Adrián, tomándolo del brazo- -no podes ser tan hijo de puta, Turco- respondió Adrián- esa joda es muy pesada- -son las mismas bromas que hace él, así va a aprender - respondió el Turco.
-¡¡Che!!!- el grito de Fernando entrando, estrepitosamente, por la puerta, los paralizó a todos - ¿se enteraron de lo que le pasó ayer al Juan, cuando se fue de acá?- dijo.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

THRILLER

                                                     THRILLER

Que no te quepa duda. Ese es el sonido de sus pies arrastrándose. Son los zombies, los muertos vivos que deambulan, famélicos, por la oscuridad a la que los condenamos.
Son los fantasmas de Tom Sawyer, de Caperucita Roja, de Frankenstein, de Gregom Samsa, de Funes, el memorioso.
Son los espectros de los personajes olvidados, aguardando a que, algún lector, abra la tapa de ese libro, para saltar sobre él y devorarle el cerebro.

martes, 10 de noviembre de 2015

LA MANCHA DE TINTA



                                                LA MANCHA DE TINTA

Sintió que ya no era él, que su historia no le pertenecía. Cada uno de sus personajes había sido creado en su interior. No en su cabeza. No en su corazón. En su vientre. Cada uno concebido, alimentado, protegido. Los sintió crecer,  palpitar, desarrollarse y germinar dentro suyo como brote en primavera. Los parió, los educó, les dio una historia.
De pronto, como una revelación, la pregunta le llegó.
¿Y si los personajes no eran los de sus cuentos sino él?, ¿Si, en realidad, eran ellos los que habían ido construyendo su vida a través de sus historias?
¿Y si era él aquel muchacho nacido con el violín incrustado en su hombro y la prostituta virgen asesinada?, ¿Y si era él, el marciano que solo podía pronunciar la palabra amor una sola vez en su vida?
Sintió una cosa oprimiéndole el pecho que necesitaba ser liberada y gritó, y se quitó los lentes porque habían comenzado a empañarse y sus lágrimas se estrellaron contra el papel y estallaron como fuegos artificiales, pero no eran lágrimas transparentes, eran azules, como si fueran de tinta y cada una, al impactar, se transformaba en una letra, en un signo, hasta en un espacio.
Cuando, a la mañana siguiente, su madre miró desde la puerta de la cocina, vió una lapicera y un par de lentes sobre la mesa. A su lado,  al lado de ellos, una hoja de papel sobre la que se esparcía algo parecido a  una mancha de tinta. Se acercó despacio, tomó la hoja y vió que ,lo que de lejos, era una mancha, no era tal cosa sino un universo de letras salpicadas como estrellas formando constelaciones de palabras que formaban un relato, un relato que tenía como título, el nombre de su hijo.

domingo, 25 de octubre de 2015

LA ÚLTIMA BALA

                                                    LA ÚLTIMA BALA 

Era la última bala que le quedaba. Solo una. La mínima expresión. Una cápsula brillante aguardando ser detonada para mostrarle al mundo su furia. Una bala, similar a la enclavada en el ojo de la luna en los afiches de la película de "Georges Méliés".
Una bala, terca, expectante, ansiosa. Una nave espacial dispuesta a sacrificar la vaina para que el plomo cumpla con su destino. Un acto de amor, si así se quiere. 
Ellos no iban a esperar. Estaban, quizás, mas desesperados que el proyectil por disparar sus armas. Nerviosos, sudorosos, habían aguardado demasiado. 
-¡¡Atilio!!- gritó -¿No era que el pedido llegaba hoy?-. Atilio ni siquiera levantó la mirada. Sabía que los proveedores les habían cortado las entregas hacía rato, por falta de pago. Siguió limpiando la escopeta de dos caños mientras escuchaba a los clientes marcharse furiosos, en busca de otra armería. Atilio escuchó al viejo Gómez sacar nuevamente el revólver del cajón, abrir el cilindro y cargarlo con esa maldita bala que, parecía, nunca iba a dignarse a detonar.