domingo, 21 de diciembre de 2014

BANDERA PIRATA



                                       BANDERA PIRATA


Jamás fuimos testigos, ni mis hermanos, ni yo, de una demostración de amor entre mis padres. Nunca un beso, una caricia, un abrazo, brotaron de sus labios, de sus manos, de sus brazos, en nuestra presencia.
Por eso me causó extrañeza la tarde en que papá, de regreso del trabajo, le propinó a mamá una palmada en el trasero.
La enorme manaza de albañil llena de cal, quedó marcada en la pollera negra.
Quizás porque era mas importante decirle que se sacara los zapatos antes de entrar a casa porque llenaba todo de arena, ella no dijo nada. No hubo respuesta alguna de aprobación, pero tampoco de rechazo.
Lo cierto es que la palma de papá siguió dibujada en la amplia pollera durante toda la velada.
A la hora de la cena, mis hermanos y yo, nos codeábamos sonriendo por lo bajo, cuando las caderas amplias de mamá iban hacia la cocina, exhibiendo su pintura rupestre. Papá miraba el televisor.

Tiempo después de que mis padres fallecieran, pasé por la casa que había protegido mi infancia, antes de llegar a mi departamento, de regreso del trabajo.
Allí, abrí un poco las ventanas para que entrara algo de luz.
Fue revisando la cómoda que estaba en la habitación grande, donde, sabía, se escondían unas  fotos,  que hallé una bolsita, de esas, que te dan en las tiendas, cuando comprás algo.No recordaba haberla visto jamás, ni tenía por qué saber de cada cosa que hubiera en la casa. Yo había hecho mi vida, pero algo me atrajo del paquete. Lo extraje de su refugio. Saqué su contenido y lo desplegué sobre la cama. En uno de los costados de aquella pollera negra, como una calavera pirata, seguía estampada la mano de cal. La doblé, la coloqué dentro de la  misma bolsa y la regresé al viejo cajón.