martes, 16 de diciembre de 2014

EL ÚLTIMO DÍA DEL ESCRITOR



                                   EL ÚLTIMO DÍA DEL ESCRITOR

La luz del sol le lastimó los ojos
-Buen día dormilón, ¿cómo pasó la noche?- Mariana acomodó unas flores después de correr las cortinas
-¿Qué hora es?- preguntó Lemos
-Es mala educación responder a una pregunta con otra-
-¿Qué hora es?- repitió Lemos
La muchacha recogió los dos papagayos y se introdujo en el baño.
Una vez limpios los recipientes volvió a colocarlos sobre la mesa de luz –las diez – respondió.
Lemos se sumergió entre las sábanas -¿Hoy tampoco se va a levantar?-
El viejo respondió con una tos repetida y acuciante que hizo que la chica corriera a colocarle la máscara de oxígeno casi de inmediato.
Al cabo de un rato la tos cesó y el viejo le hizo seña con la mano a la joven para que retirase la mascarilla.
-Llegaron cartas- dijo Mariana.-Muchas, como en otras épocas-
-¿Se acordaron?- contestó Lemos –en una época tenía que seleccionarlas porque el tiempo no era el suficiente para leerlas a todas: “Maravilloso su relato El ovejero, Lemos”, “Cada vez me conmueven mas sus textos Lemos”, “¡Qué placer leer su último libro Lemos!!”-, Pero Lemos, si bien disfrutaba de los halagos, sabía que, en realidad, esos lectores le estaban pidiendo mas, que no les alcanzaba, que querían que dejara no solo su sudor en esas hojas, querían que dejaran su sangre, su vida, querían hasta robarle su historia, hasta que enfermó y dejó de publicar, entonces, las cartas fueron cada vez menos, y menos, y menos, hasta desaparecer por completo.
Y ahora volvían al ataque. No estaban conformes con lo que les había dado, ahora, seguramente, le reprocharían su silencio, y en ese reproche estaba encerrado el pedido, el insaciable pedido de los que nunca se dan por satisfechos.

Mariana no dijo nada, dejó las cartas sobre la cama y se retiró de la habitación.
Cuando, después de unos minutos, la chica regresó para traerle el desayuno al escritor, todo estaba tal cual lo había dejado al retirarse.
-¿Le pusiste azúcar?- preguntó el viejo.
-Sabe que no puede- replicó ella. Levantó un poco la parte posterior de la cama ortopédica moviendo la manivela, le colocó la mesita y, sobre ella, el café con leche y las gafas de leer antes de retirarse.
Las manos temblorosas del viejo dudaron antes de abrir el primer sobre, y el segundo, y el tercero.
Cuando Mariana entró a la habitación, atraída por el ruido, el viejo estaba tirado sobre uno de sus costados y el café con leche se desparramaba sobre las sábanas. El viejo, ya sin vida, no tenía el rostro osco que portaba cada segundo. Una sonrisa amplia se dibujaba en él como, según le habían contado a ella, en algún tiempo había sido su mas valiosa marca registrada.
Y sobre las sábanas, el líquido se seguía desparramando, alcanzando los sobres abiertos donde, cada uno de sus lectores, le había escrito un cuento.