viernes, 10 de octubre de 2014

ROJO ERA

                                                    ROJO ERA

Rojo era, si, de un rojo intenso, como de sangre de novillo recién sacrificado.
Nunca hablaba con nadie y, algunas veces, tuve la tentación de sentarme a su mesa, frente a frente y preguntarle quién era o, simplemente, pedirle perdón o gritarle estúpido, con toda la bronca, salpicándole el rostro con mi furia. Jamás lo hice.
Hasta me atreví a pensar que le clavel no era de éste mundo, era demasiado rojo. Creía que el tipo se había hecho un tajo en el pecho, se había puesto un brote allí, como si fuera un jarrón, o un florero de esos que suelen pegar en los nichos de los cementerios y la flor había crecido así, amamantándose de los fluídos que le daban vida al coso, como un clavel del aire, como un surtidor que se nutre de una napa, como un pozo de petróleo surgido de los muertos que se van pudriendo dentro del pecho. 
Y el hombre estaba una hora, dos, los ojos tristes, opacos, derrotados, clavados siempre en esa puerta que solo se abría para los demás, nunca para él, hasta que se iba. 
Entonces yo me llegaba hasta la florería de la esquina, compraba un clavel rojo y me lo colocaba en la solapa del saco antes de hacer la llamada y sentarme en el lugar donde él había estado. Sabía que mi flor no era lo suficientemente roja como para parangonarse a la de él, pero sí, lo necesariamente roja para que ella la viera cuando entrara al bar, con su pañuelito rosa al cuello, como lo traía  en aquella primera oportunidad, en que llegó tarde, en que yo me senté en ésta mesa y me puse un clavel rojo en la solapa, solo por jugar.