jueves, 2 de octubre de 2014

GOOGLE EARTH

                                                     GOOGLE EARTH

La computadora está siempre encendida. Ahí, en el Pentágon, no hay problemas de cortes de luz o altibajos en la tensión, por lo que, cuando Jack toma su turno, el google earth ya está en la pantalla. 
-¿Alguna novedad, Jeremy?- pregunta Jack. -Ninguna- responde Jeremy, que toma su chaqueta verde, se la coloca al hombro y se marcha bostezando. 
Jack también tiene una chaqueta verde. Se la dió el ejército de los Estados Unidos el primero de enero de éste año y se la renovará el primero de enero del año próximo como lo viene haciendo, con Jack y con otros tantos, desde hace doce años. 
Jack no quería ser soldado, pero su padre, su abuelo, su tatarabuelo y quién sabe cuántos y cuáles de sus antecesores, lo habían sido y la tradición no se interrumpiría por el capricho de un mocoso que gusta de la poesía. 
Son las 21 hs. y los Lakers acaban de salir nuevamente campeones, pero a él no le interesa. 
En su habitación, un libro de Bukowsky, quedó sobre la cama, ahogado en sangre, atravesado por un señalador de la editorial Minotauro, en la página 127.
Jack se sienta frente a la computadora. Sabe que le aguardan doce horas de buscar nidos de rebeldes en medio oriente, terroristas en Nueva York, o narcotraficantes en Sudamérica. 
La pantalla muestra la imagen de un planeta redondo, diminuto. Jack lo agranda, lo agranda mas, lo agranda mas. 
El mundo ya son continentes. Los continentes, países. Los países, provincias o estados. Los estados, ciudades. Las ciudades, barrios. Los barrios casas..., o bares. 
La calle está a media luz. Pocos autos circulan por el lugar. Adentro, alrededor de la mesa de Pool, el mozo o dueño del lugar, va y viene con copas y botellas. 
En uno de los rincones, seis parroquianos se debaten el podio de ésta noche en un juego que Jack no entendía, pero que acabó por comprender de tanto observarlos. 
Un gato se mulle sobre una silla. 
Entran y salen supuestos clientes que intentan hablar con el que va y viene desde detrás del mostrador, pero éste los ignora. 

Los jugadores se detienen. Ésta mano es la decisiva. Jack agranda mas la imagen. Revisa cada una de las cartas que están en manos de los jugadores. El mas viejo, o al menos el que así lo parece por su blanco cabello, arroja, impetuosamente, un naipe sobre la mesa. 
-¡No, esa no!!!, -piensa Jack. 
Desde las paredes del lugar, fotos amarillas de James Dean, de Marilyn, de  jugadores de fútbol y de un joven sonriente con chambergo y una guitarra en la mano, los observan. 
Otro de los jugadores se incorpora y muestra su juego en un gesto de triunfo. 
-¡Yo sabía!!- dice Jack tomándose la cabeza. 
-¿Todo bien, soldado?-. La voz del superior le llega desde detrás de la pantalla. Jack cierra la imagen. 
Es el coronel Sánchez. En su pecho hay medallas de la guerra de Irak. Sus ojos han visto todo lo horrible que un ser humano pueda imaginar. Viene de uno de esos países del sur. Esta noche le há tocado guardia en el área de satélites. No sabe por qué pero, por mas que há intentado concentrarse, los recuerdos de su infancia lo han invadido. Su barrio. La canchita. El colegio. El bar.¡¡ Cómo adoraba preguntarle a su padre el nombre del de la foto colgada en la pared!!.  - Carlitos, decía su viejo, Carlitos Gardel- y él, no sabía por qué, estallaba en carcajadas. 
-Todo bien, señor- responde Jack. Vuelve a abrir la pantalla en el Google Earth y, nuevamente, hay un planeta redondo, chiquitito, muy chiquitito.