miércoles, 10 de septiembre de 2014

MATRUSHKA


                                                        MATRUSHKA

Creo que, cuando pasó delante del portón del colegio, sospechó algo. Calculo que fue así porque se detuvo un momento, depositó la mochila en el suelo y simuló buscar un mensaje en su celular, pero yo ví cuando escrutó hacia un lado y hacia otro. De todas maneras, yo me sentía seguro con la pistola que llevaba en la parte posterior de mi cinturón. El paredón del baldío no solo me ofrecía seguridad, también un sitio estratégico desde donde se podían ver las cuatro esquinas. Durante semanas enteras había estudiado el sitio por donde, sabía, pasaba a esa hora. Unos pelillos incipientes le nacían del mentón. Seguramente se había afeitado. Meses atrás, cuando, volviendo del trabajo, me interceptó en un recoveco, unas cinco cuadras hacia la avenida, la barba que portaba era abultada, pullover,  pantalones negros y una gorra del mismo color, pero fue por la mirada que lo reconocí en el colectivo, días mas tarde.

Cuando lo dije en la comisaría no me prestaron mayor importancia, ni cuando llamé a la radio. Creo que eso fue lo que me decidió.

No era mucho lo que me había sacado. Unos pesos que llevaba en la billetera y el reloj que me había regalado Marta para el aniversario, pero lo que, realmente, me indignaba, era el hecho de la impunidad con la que se pavoneaba por la ciudad, a la caza del primer desprevenido que se topara con él.

Ahora él era la presa.

Sentía que la adrenalina corría por mi cuerpo y el arma que portaba me hacía sentir poderoso. Yo era Dios, y podía tomar su vida en el momento que quisiera y arrojarla a la basura. Sin embargo, algo me detuvo. ¿A dónde llevaba esa mochila en la que, seguramente, viajaba el producto de lo que le había sustraído a uno o a varios incautos?

Él seguía ignorante de mi presencia y yo, si me manejaba con cautela, podría ver hacia donde se dirigía. Quién era el que compraba lo obtenido de su malvivencia. Quién era el real creador de esa lacra de la sociedad?

Unos cincuenta metros fueron suficientes para cerciorarme de que el sujeto no se percatara de mi presencia. En la calle no había nadie y, tranquilamente, a medida que lo seguía, podía ir ocultándome detrás de salientes, de muros, de árboles, de autos que pernoctaban sobre el asfalto, aún tibio, por el calor reinante durante el día. No tuve que caminar mucho. Solo hasta la seccional, que estaba un par de cuadras hacia el norte. Me sentí mortal de nuevo. El arma que portaba en mi cintura, ahora, no tenía sentido. Sentí mis extremidades sin fuerza y me dejé recostar contra la pared de una de las casas linderas. Una pareja salió sonriendo de la comisaría, subió a su auto y se marchó, como se marchó, tras ellos, el que había sido la causa de mi seguimiento. Cruzó la calle y esperó un rato. Tuve la tentación de dispararle. Los policías que estaban dentro de la comisaría tardarían algunos minutos antes de salir, alertados por el disparo. Para ese entonces, yo ya me habría perdido entre los pasillos de las casas que me ofrecían su protección. No me buscarían. Quizás revisarían si estuviera muerto. Si así no fuera, se asegurarían de que el sujeto dejase de respirar. Luego le extraerían el dinero que le habían entregado a cambio de lo que contenía la mochila y lo pondrían en el baúl de un patrullero para, luego, dejarlo tirado en algún baldío lejano, donde nada los relacionara con él.

No lo hice. El tipo detuvo un taxi y se marchó a bordo de él. Tal vez iría en busca de otra víctima. Tal vez el mismo taxista fuese esa víctima.

Me quedé otro rato sentado en el lugar. Si otro asaltante hubiera pasado por el lugar, hasta le hubiera entregado el arma que ocultaba entre mis ropas, pero algo atrajo mi atención. Un uniformado, un policía, salió de la comisaría llevando la mochila que había entrado minutos antes de manos de la persona que me había conducido hasta ese lugar. El agente, oficial o quién sabe qué cosa, subió a un patrullero y se marchó.

Delante de la delegación, varios autos se hallaban estacionados. Tal vez producto de confiscaciones por falta de documentos, llevados hasta allí por la grúa, por mal estacionamiento o remitidos hasta allí por algún accidente. El sierra rojo tenía las llaves puestas.

Sin pensar en consecuencias pero con cautela, lo puse en marcha. Nadie salió de la unidad.

Unos veinte minutos luego de haber comenzado mi seguimiento, la patrulla se detuvo frente a una iglesia. Cuando el vehículo policial emprendió su marcha abandonando la parroquia, yo estaba a bordo del sierra, estacionado en una cortada lindera. Tal vez por las sombras que ofrecía el lugar, el sacerdote no pudo verme cuando partió en su mercedes de vidrios polarizados.

No había mucho tránsito a esa hora por lo que no me fue difícil ir tras los pasos del vehículo.

Creí que el clérigo se había percatado de mi presencia cuando, al detenerme junto a él, en el semáforo del Boulevard, hizo una maniobra brusca, doblando hacia la izquierda en un lugar no permitido. Yo seguí las normas. Luego de tres giros hacia la derecha a velocidad avanzada tomé por la calle por la que el automóvil, por mi, seguido, se había desviado. Cuando temía haberlo perdido y, a un par de cuadras de donde yo me hallaba circulando, lo divisé.

Esta vez fui prudente, manteniendo, entre él y yo, la misma distancia a la que me hallaba en el momento de reubicarlo.

El portero de uno de los canales de aire de la ciudad le abrió la portezuela cuando se estacionó delante del edificio iluminado.

El religioso no tuvo que descender de su vehículo. El conserje recibió la mochila y lo saludó antes que se marchara.

Yo ya estaba algo preocupado. Si los polis de la seccional se habían dado cuenta de la ausencia del ford y daban el parte, estaba perdido. Pero había llegado demasiado lejos, no podía echar todo por la borda por un estúpido temor. Quizás lo que sentía era infundado. Tal vez una gran orgía había en la sagrada institución  policíaca, sustentada por lo obtenido de la venta del contenido de la mochila, que mantenía a nuestros agentes del orden sumidos en la, difícil, tarea de salvaguardar la integridad de sus propios vicios. ¿Pero,  y si no era así?.

Desde el lugar en el que me hallaba, pude reconocer al conductor del noticiero en la persona que recibía la mochila de manos de su poseedor circunstancial.

Los otros panelistas del programa lo despidieron, entre sonrisas, cuando emprendió su marcha.

Por el espejo retrovisor de mi automóvil, pude ver que se acercaba un taxi. Abandoné rápidamente mi habitáculo y le hice señas para que se detuviera.

Soné como en una película de Marlowe, cuando el –siga a ese auto- salió de entre mis labios. El chofer, sin embargo, no se inmutó. Activó el reloj tarifario y se limitó a obedecerme. No hicieron falta indicaciones. El transporte público se mantuvo, durante todo el trayecto, suficientemente alejado de nuestro objetivo como para que éste no advirtiera nuestra presencia. Ochenta y cuatro pesos, dijo secamente cuando el auto del cronista entró al estacionamiento del edificio. Le dí un billete de cien. No le reclamé el cambio. Él tampoco agradeció.

Tuve que correr para filtrarme por debajo del portón del garaje antes que éste tocara el suelo. Por suerte el cuidador del lugar estaba leyendo el diario cuando lo hice.

Una camioneta importada me sirvió de amparo para que el periodista no advirtiera mi presencia cuando fue hasta el ascensor. La luz que marcaba los pisos se detuvo en el séptimo. La puerta del elevador se abrió allí cuando los dos hombres, el reportero y el elegantemente vestido, se encontraron con migo. -¿Quién es usted?- atinó a decir éste antes que yo descendiera al corredor y desenfundara mi arma.

¿Qué iba a hacer ahora?, habían visto mi rostro. Lo único que me quedaba era hacerme fuerte –yo soy el que hace las preguntas- respondí en tono firme. El indumentado con finas ropas llevó su mano al interior de su saco. –quieto- le dije – no se altere- me respondió en tono firme – acá, en ésta billetera hay suficiente para que no tenga que salir a robar por un par de semanas- dijo. –No soy un ladrón- respondí.- Solo quiero saber quién es el último eslabón de la cadena, quién es el que paga por lo que hay dentro de la mochila - -¿qué mochila?- preguntó el periodista-. No me pude contener, el culatazo que le propiné le tajeó la mejilla. La sangre salpicó el traje del otro y mis propias ropas. –la que le trajiste vos, hijo de puta- respondí.

-Me parece que estamos un poquito alterados- dijo el elegante – evidentemente usted no sabe quién soy yo - -si, vos sos el hijo de mil putas que maneja todo esto- respondí alterado. –Para que sepa, caballero- respondió – usted está hablando con un representante del pueblo, usted está parado ante un diputado de la nación-. Creo que titubeé un momento, antes de responderle. No sabía si era mayor mi asombro o mi ofuscamiento – y vos estás parado frente al que te va a hacer boleta si no me acompañás?- -¿A dónde?-, respondió éste,-¿ a la policía, a los medios?, si quiere le presto el teléfono para que llame al que usted quiera, al juez de turno, a Reynoso, ¿sabe quién es Reynoso?, el comisario principal, hace media hora que se fue, no sabe la tarde que pasamos juntos -. No dije nada, la mano donde sostenía la pistola estaba comenzando a temblar. -Mire amigo….,-dijo - no le voy a preguntar su nombre, no me importa, voy a olvidar lo que acaba de pasar acá, usted quería saber lo que hay en esa mochila’, fácil, llévesela y ábrala donde se le cante, yo voy a hacer de cuenta que acá no pasó nada. Mi amigo del noticiero va a haber sufrido una desafortunada caída que le causó ese desagradable tajo en el rostro, y usted, mañana va a despertarse y se va a reir de un loco sueño que tuvo, porque todo va a ser parte de un sueño, salvo por los duendecitos que van a haber dejado una mochila al lado de su cama-. –No me interesa- le contesté – solo quiero saber quién es su jefe, a quién responde-. El tipo se sonrió. -¿Está seguro?- me preguntó – usted manda –

Bajamos por el ascensor hasta el estacionamiento. Ellos se sentaron en los asientos delanteros. El porsche era una cucaracha correteando por los laberintos de la ciudad.

Transcurrió poco menos de una hora antes que nos detuviéramos frente al muelle.

Descendimos del auto. -Tenga cuidado con lo que hace, le estoy apuntando con mi arma- le dije al diputado. –Soy cinturón negro- me contestó –podría haberte desarmado cuando hubiera querido-. Caminó hasta el borde del río. Se apoyó sobre la baranda - ¡Que belleza!!!,-, dijo, -¿Había visto algo tan hermoso?- agregó mirando la luna reflejada sobre la superficie del agua - -No se vaya por las ramas- le contesté – dijo que me traería aquí para decirme quién es su jefe- -lástima- agregó. El periodista y yo nos quedamos mirándolo sin decir nada –Lástima que para que lo hermoso exista debe existir lo horrendo- Se dio vuelta, ahora me miraba solo a mi -¿Sabía que todo lo que existe,  existe por oposición?, El día existe, porque la noche está, el bien, por el mal, el placer, por el dolor.  Calculo que, sí, lo sabía. No tiene, usted cara de estúpido. Bueno, usted quería enterarse de para quién trabajo – Extendió sus brazos, abriéndolos como si fuera un director de orquesta, un gran director de orquesta – Allí los tiene, o, allí la tiene, la gran ciudad, la civilización, a ella servimos, a ellos- me señaló con su dedo índice. –A ustedes, a ustedes y sus casas, a ustedes y sus cuentas bancarias, a ustedes y sus asquerosos perritos traídos desde Méjico, a ustedes y sus vacaciones en ningunolandia, a ustedes y sus temores. Si, esos temores que no los deja dormir porque tienen miedo a que alguien se lleve sus pertenencias, sus videos, sus computadoras, sus play stations. Nosotros existimos porque ustedes nos crearon, cada átomo mío está formado por el terror de cada uno de ustedes. Fuimos, somos y seremos desde el momento en que Caín mató a Abel. Inventamos una fuerza policiaca para que se sientan seguros, una iglesia para que puedan confesar sus atrocidades y pensar que así pueden ser perdonados, creamos los putos programas de televisión donde mil estúpidos como ustedes pueden decir las cosas que los tranquilizan. Ahora bien, ¿cómo mantener todo este circo si ustedes no están dispuestos a colaborar con un solo centavo? – Sus ojos eran ojos de furia, de locura - ¿Qué pasaría si su mundo fuera un mundo perfecto, donde todo encajara sin problema alguno? Se destruirían a si mismos. Necesitan la violencia, necesitan que el malo sea otro porque no son capaces de ver que ustedes mismos son los monstruos. Nosotros no hacemos mas que protegerlos de ustedes mismos. Generamos caos para que haya equilibrio. Ustedes no pueden sobrevivir si no tienen su ración de sangre en los noticieros. Son vampiros que se alimentan de la violencia. ¿Saben cuántos de esos hechos que ven a diario por los noticieros son reales?, el sesenta por ciento. El resto lo fabricamos nosotros. Tenemos nuestras cámaras, nuestros estudios, nuestros actores, nuestros directores y mucha, mucha salsa de tomate. Y por cada uno de esos fraudes a los que nosotros damos vida, uno, diez, cien, mil desesperados se atreven a cruzar la raya, total, saben que la justicia, esa que nosotros mismos creamos para su seguridad, los va a absolver en menos de lo que ustedes pueden cambiar de canal con sus putos controles remotos y todo eso cuesta, lo que conseguimos de ustedes es, apenas una mínima retribución. ¿No le parece una causa justa? -.

Le disparé. Un par de gaviotas que había en el muelle emprendieron su vuelo, asustadas por el estampido.

Le disparé. La bala le dio justo en medio de la frente. Nunca había matado a nadie en mi vida y le disparé.

El periodista me miró con los ojos extraviados. Aterrorizado por la posibilidad de que fuera el próximo en mi lista, pero bajé el arma.

Él se lanzó en loca carrera. Yo me quedé ahí. El fino traje del diputado no absorbía la sangre que salía de su cuerpo, por lo que, rápidamente, se formó un charco alrededor del muerto. Era como si una aureola roja lo estuviese santificando. Dejé caer el arma. Me podrían inculpar cuando la identificasen pero, de todas formas, el del programa de televisión se encargaría de que eso sucediera en un corto plazo.

Me fui caminando. No sabía hasta donde iba a llegar ni tampoco me importaba. Comenzaba a amanecer. El cuerpo del político quedó allí, una de sus manos señalaba la ciudad. Las hormigas, los gusanos y los noticieros se alimentarían de él.