martes, 9 de septiembre de 2014

VUELO 751



                                          VUELO 751

Se cubrió la cara con el antebrazo.
Aparentemente, la lluvia era una especie en vías de extinción en ese planeta y el polvo se adhería a las personas como si éstas fueran la causa de su existencia.
El viento jugaba con los médanos de tierra como un niño queriendo construir su primer castillo de arena.
-¿Ves algo, Tom?- preguntó el capitán Spaldwing desde debajo del pañuelo que cubría su rostro.
Tom hubiera querido tener limpiaparabrisas en sus antiparras, pero con lo único que contaba para despejar su superficie eran sus manos secas y ajadas.
-No, capitán- respondió Tom.
Nueve días hacían que estaban a la deriva. Unas pocas gotas de agua concentrada en las cantimploras y un montón de polvo dentro de sus bocas. El resto de la expedición había tomado otro rumbo luego de discutir con el capitán y, ahora, ni Tom ni el capitán sabían si habían optado por el camino acertado.
Jornadas atrás, cuando su nave, a causa de la tormenta eléctrica, atravesó la barrera del tiempo, el resto de la tripulación se había entregado, sin titubear, a la experiencia del capitán Spaldwing y sus viajes interestelares, pero, poco a poco, esa confianza se fue diluyendo, provocando en ellos una especie de incertidumbre, de vacío, que Vernon, el contraalmirante del vuelo 751, había sabido llenar muy bien.
Ahora, Tom y el capitán Spaldwing, estaban solos.
Si el resto de los doce tripulantes de la nave habían tenido éxito, ellos no lo sabían, pero eso no hacía mella en el espíritu de los dos hombres. El viento constante y la idea de no saber cuál era el norte, en cambio, eso si mermaba sus fuerzas.
-Capitán- Gritó Tom sujetado a la cintura de Spaldwing por un cable de magnaceno- Hé divisado una cueva-.
Tom tuvo que repetir la frase varias veces antes que el capitán lo escuchara.
El fuego los reconfortó. Eolo seguía soplando fuera de la caverna.
Ambos tardaron un poco antes de dejar de temblar.

-Qué tenemos en las mochilas, Tom?- preguntó el capitán.
Tom había recogido lo que podía de la nave sin, siquiera,  hacer un inventario de ello. Así como quien abandona un hogar luego de una disputa enceguecedora con su pareja. Tom fue vaciando las mochilas lentamente, no había tiempo por delante, no había tiempo por detrás, solo la caverna, el viento, el capitán, él y una terrible sensación de incertidumbre.
-Inventario- ordenó Spaldwing.
-Inventario- respondió Tom –dos pistolas láser, una linterna, seis comunicadores, una pistola lanzaseñales, una manzana-
-Prosiga- dijo Spaldwing.
-Eso es todo señor- contestó Tom Lasiter. El sargento Tom Lasiter.
El tono del capitán se estrelló contra las rocas de la cueva, contra la ventizca arreciante en las afueras, contra el rostro de Tom -¿Me está queriendo decir que lo único que tenemos para sobrevivir es una maldita manzana?-.
Tom no alcanzó a responder. El sonido de los pasos que provenían del interior de la cueva les hizo tomar las pistolas.
La mujer era alta, rubia, hermosa. Estaba completamente desnunda. Llegó hasta ellos pero no los vió. No vió nada salvo la manzana. La roja manzana que hipnotizaba con su brillo. La perfecta manzana, mas perfecta que la mujer misma, que invitaba al placer primigenio al que nos conducen los sentidos.
Desde el interior de la cueva se escuchó a un hombre gritar –NOOOOO!!!!- en el momento mismo en que la mujer mordía la fruta.
Al otro lado del planeta, y en ese mismo momento, el resto de la tripulación descubría una bacteria multiplicándose.