jueves, 4 de septiembre de 2014

LAS NOCHES Y LOS CUENTOS

               LAS NOCHES Y LOS CUENTOS

Nunca leí un cuento de los que escribía mi viejo. Calculo que era una especie de castigo por dedicarle mas atención a eso que, supuestamente, lo hacía mas feliz, que jugar con nosotras, cuando éramos niñas, o compartir una charla, cuando crecimos. Mamá sí, aunque a regañadientes, de vez en cuando se sentaba, y, mientras papá le cebaba mate y la observaba como un chico que aguarda la respuesta de su progenitora al traer un “te felicito” rubricado por la maestra, leía alguno de sus escritos en silencio. Jamás decía nada. Devolvía el texto a papá y continuaba con sus labores. Sin embargo, no puedo negar que, cuando pequeña, no veía la hora de que, mi hermana y yo, nos
fuéramos a la cama. Entonces, nos quedábamos, expectantes y en silencio, aguardando el sonido de los pasos por la escalera. Nos gustaba pensar que era el rumor provocado por las pisadas de un
gigante ascendiendo al Himalaya, pero ambas sabíamos que era nuestro padre, con un número de una revista semanal que se publicaba por entonces y que, en sus páginas centrales, siempre traía un cuento que sería leído para nosotras, antes de quedarnos dormidas.
Cierta vez, después de que papá ya no estaba, mi madre se hallaba  sentada frente a la biblioteca, limpiando, cuando, al abrir una de esas revistas y, entre sus páginas centrales, halló uno de los relatos de mi padre. Curiosa, repitió la operación con una, con dos, con cada revista que, en el sitio estaba y, con todas, pasó lo mismo. –Tu viejo- dijo mamá – siempre el mismo desordenado - y guardó las revistas.