sábado, 26 de julio de 2014

EL SEGUIDOR



                                                 EL SEGUIDOR



Él quería tener su libro. No es que me lo hayan contado, él mismo me lo dijo en uno de sus correos.

No nos escribíamos muy a menudo pero las veces que lo hacíamos nos extendíamos páginas y páginas, como si estuviésemos compartiendo un café.

Encontré su blogg por accidente, una tarde en que estaba buscando algo de Poe.

Inserté el nombre de Edgar Allan en el buscador y me topé con uno de sus relatos en que hacía referencia a La máscara de la muerte roja.

No era mucho lo que publicaba, pero la calidad de su pluma (o su teclado) era comparable a la de Bradbury o Fontanarrosa.

Fue por ello que, aunque jamás le dejé un comentario, me adherí a sus seguidores a fin de recibir, en mi computadora, los avisos de cada una de sus publicaciones.

Le gustaba el ser bloguero, pero lo que realmente amaba, lo que siempre había soñado, era ver sus letras impresas en papel, saber que alguien viajaría a un lugar extraño y, en medio de la nada, en un vagón solitario de un solitario tren, esa persona sacaría un ejemplar con su nombre en la tapa y sentiría el olor de la tinta, y mojaría su dedo índice para dar vuelta las páginas y escucharía el ruido de ellas al voltearse.

Le encantaba pensar a ese alguien olvidándose de quien era por el lapso de tiempo que dura un cuento y hasta, tal vez, emitiendo un suspiro, derramando una lágrima o dibujando una sonrisa en su rostro cuando el final lo sorprendía.

Jamás pudo hacerlo. Su magro presupuesto de operario en una fábrica, solo le permitió ir, cuando podía, al cibercafé de la otra cuadra de su casa, desde donde creaba sus pequeños mundos o redactaba alguna correspondencia.

Tal vez por la vorágine en que uno vive, tal vez por distracción, no me dí cuenta cuando los anuncios de sus relatos nóveles dejaron de aparecer en mi buzón.

Revisé mi ordenador para ver si tenía alguna falla. No, su funcionamiento era el correcto. Busqué su blogg. Efectivamente, hacía demasiado tiempo que el último relato había sido introducido en él.

No me animé a escribirle. Volví a su página, leí un par de narraciones, llamé a la estación y encendí la impresora.  

LA JOYA DE FERNANDO FARIAS



                                         LA JOYA DE FERNANDO FARÍAS  


Aquella mañana, nadie pudo evitar posar la mirada en el pecho de Fernando Farías.
En realidad no era el pecho de Fernando Farías lo que llamaba la atención sino lo que esa parte de su cuerpo ostentaba. 
Las primeras en darse cuenta fueron las viejas que venían de la misa de ocho. Ni bien Farías dobló por la esquina de la iglesia, las mujeres se arrodillaron y santiguaron ante la imagen de la virgen, pendiendo del cuello del hombre.
En cambio, fueron zafiros, diamantes y perlas extraídas de los mares mas remotos y a los que pocos hombres se atreven a adentrarse en sus profundidades, lo que vieron los joyeros de la avenida Corrientes y de los cuales ninguno se atrevió a preguntar su procedencia o la materia de lo que estaba hecho aquello, por temor a pasar vergüenza frente a sus colegas.
Los chicos, en cambio, no tuvieron prejuicio en festejar, algunos, las figuritas, otros, los caramelos y chocolatines, otros, los soldaditos o muñecas que se balanceaban sobre el torso de aquel hombre.
Las damas de la alta sociedad, envidiaron la joya y las jovencitas admiraron la fina bijouterie, jamás vista por ellas hasta ese momento, pendiendo del cuello de dama o caballero alguno.
Fue Don Carlos, el vecino de Farías, el que creyó ver la media medalla que le había entregado a Magdalena, su esposa, hacían ya cincuenta y siete años, como primer regalo, antes que Fernando se introdujera, de regreso, a su casa.
Fernando Farías entró a su dormitorio, llevó sus manos hasta su nuca, destrabó los brazos apretados de aquella mujer que se había aferrado a su cuello como el mas perfecto de los collares, acarició su rostro y se quedó contemplándola.