viernes, 18 de julio de 2014

LIBRE DEUDA



                                     LIBRE DEUDA

-Buenos días-
-Buenos días-
-Siéntese, por favor-
-Gracias-.
La empleada parecía simpática, no como las que lo habían atendido en las otras reparticiones.
-El último paso- dijo ella.
-El último- respondió él.
El último paso, se repitió en silencio. Finalmente, tantas corridas, nervios, malas sangres, parecían que iban a dar sus frutos.
-¿Tiene los planos?- preguntó la muchacha.
Era linda. Realmente linda. Vestía sobriamente y, aún así, provocaba una atracción que iba más allá de la que uno desea experimentar hacia alguien a quien se le va a solicitar un libre deuda.
-Aquí tiene- le dijo, entregándole lo solicitado.
-Gracias-, respondió ella antes de desplegar el pliego sobre el escritorio y comenzar a tipear los datos en el teclado de la computadora.
Él se acomodó el saco y se respaldó en el sillón. Sobre una de sus rodillas se trasladó su propia mano para percutir, con sus dedos, nerviosa pero ordenadamente sobre ella. Pulgar, anular, mayor, índice…
-Lindo lugar-, pensó –Amplio, iluminado. Realmente daba gusto estar allí. En algún aspecto le recordaba a su futuro restaurante. Obviamente le faltaba algo de colorido y la mezcla de lo clásico con lo moderno, pero ese no era un sitio para el esparcimiento como su negocio.
Mucho le había costado llegar a conseguir el dinero para poner el emprendimiento que él quería, que él se merecía. No el barsucho de morondanga del Atilio, lleno de manchas de humedad por todos lados. No se explicaba cómo, los de bromatología, le permitían seguir funcionando. O el proyecto de tenedor libre del Omar. –Si su amigo hubiera usado un poco mas su imaginación en el marketing, hoy no tendría que escucharlo quejarse constantemente por la falta de clientela, -pensó.
Él no tendría esos inconvenientes. No en vano iba a ser la venta de su Hilux, que lo había obligado a trasladarse en el incómodo Audi al que siempre había detestado. Solo su restaurant, en toda la ciudad, contaría con la barra de estaño, los murales de los Beatles, traídos, directamente, desde Liverpool, y las mesas trabajadas a mano por el mismo Pérez Celis.
-Bueno señor….-
-Ramírez- dijo él
La muchacha miró en el plano el apellido del titular –Exacto, señor Ramírez, aparentemente todo está en regla pero en nuestros registros figura algo que sucedió en el 2010--¿En el 2010?- preguntó él preocupado –Exacto- contestó la joven acomodando sus lentes para leer mejor de la computadora – para ser mas exacta, el 17 de mayo del mismo año -. Él se inclinó hacia adelante, abandonando su antigua posición para aproximarse al escritorio hasta, casi tocarlo con su pecho- No entiendo, pensaba que todo estaba en regla- dijo.
-Según lo que arrojan nuestros expedientes, señor Ramírez-
-Dígame Estéban-
-Prefiero seguir llamándolo por su apellido, si no le molesta-
-En absoluto, pero, por favor, explíqueme en que infracción incurrí ese día-
-Como le decía, el 17 de mayo del 2010,  usted le había prometido a sus padres que iría a cenar con ellos, cosa que jamás hizo-
-No comprendo qué tiene que ver eso con el negocio-
-Fue o no fue esa noche a cenar con sus padres, Señor Ramírez-
-No sé, quizás si, quizás no, sigo sin entender-
- Puedo afirmarle que usted no asistió a ese compromiso, Sr. Ramírez-
-Por favor, ¡¡NO REPITA MAS MI APELLIDO!!!- Ramírez se incorporó al decir ésto-
-Le ruego que mantenga la compostura, Señor Esteban, si así lo prefiere, o tendré que llamar a seguridad-
Algo agitado, el hombre volvió a su asiento.
-Por si no lo recuerda- prosiguió ella – Esa velada usted no fue a casa de sus padres porque estuvo reunido con el Sr. Smith, de la firma “Walter Smith and Co.” , en el restaurant “Bachelord”, hasta altas horas de la noche, para luego asistir, con el mencionado caballero, al pub “La Rosa”, sitio de dudosa moral, si me permite decirlo-.
Esteban Ramírez no decía nada. Ya no le parecía tan agradable el lugar. Su mano se deslizó sobre su rostro sudoroso.-¡¡Era una reunión de negocios!!- gritó.
-Su padre es jubilado- sentenció la muchacha sin alterarse.
El no respondía
-Ahora le estoy preguntando, Sr. Esteban Ramírez, ¿su padre es jubilado o no?-
El volvió a tomar asiento aflojándose la corbata –si, es jubilado- dijo.
-Su padre había gastado, ese día, los pocos pesos que le quedaban, para comprarle un asado como él pensaba que usted se merecía. Compró el carbón, preparó el fuego, y cuando éste estuvo listo, cocinó, para su hijo Andrés Esteban, chinchulines, molleja, chorizos, morcilla, y dos tiras de costilla. Manjar de Dioses que fue destinado a Johny, su perro, porque el asado, sobre la parrilla, se secó, se quemó, se chamuscó, aguardando el arribo de ese hijo que nunca llegó- La voz de la mujer, se elevó al decir esto.
-Era una reunión de negocios- agregó abatido Ramírez.
-Hacía largo tiempo que, usted, venía postergando esa reunión con sus progenitores, Esteban, y sus padres, a los que actualmente sigue sin visitar, se habían ilusionado-
Hubo un largo silencio antes de que ella volviera a hablar ya retomando su compostura –No puedo darle su libre deuda, Sr. Ramírez-
Los ojos de Esteban Ramírez se abrieron hasta casi salirse de sus órbitas -¿Qué está diciendo?-
-Lo que oyó, caballero- la joven decía esto mientras doblaba prolijamente el plano y lo depositaba sobre el escritorio del lado donde estaba el hombre –Usted no está apto para sortear éste trámite-
-¿Qué me está diciendo? yo trabajé mucho para esto- gritó Ramírez poniéndose de pie nuevamente – ¿Ustedes quiénes se piensan que son?, burócratas de mierda, siempre poniéndole trabas a la gente que quiere progresar, mediocres, eso es lo que son, unos mediocres-
Dio media vuelta para marcharse mientras gritaba – yo voy a abrir igual mi restaurant, me den o no me den permiso, y ustedes van a ir a comer a él y se van a saborear y van a agradecerle a Dios el haber pasado por ese sitio –.
Los dos hombretones de uniforme salieron de una pequeña puerta lateral cuando el alterado solicitante del papel quiso emprender la retirada. A pesar de sus tamaños, les costó bastante trabajo para devolverlo a su butacón.
-A ver si nos entendemos- dijo la muchacha ya no tan calmadamente – la ley es clara en éste punto y, como pensamos que usted es una persona inteligente, creemos que tendrá la suficiente lucidez como para comprenderlo -
El hombre se inclinó sopesando su frente sobre su mano derecha. Dudó un poco antes de hablar -¿y no podemos arreglar esto de otra manera?-
 –Que tenga usted muy buenos días, caballero- contestó secamente la muchacha.
Ramírez se incorporó. Tenía la boca seca, los puños apretados. A pesar de que, aún, no estaba resignado a la derrota,  los uniformados, que estaban a su espalda, le ayudaron a encontrar la salida.
Cuando su mano se posó sobre el picaporte la joven habló –Ah, Esteban- Rodriguez se dio vuelta –recuerde que hoy es el cumpleaños de su hermano- agregó.
Andrés Esteban Rodríguez abandonó el recinto dando un portazo.
En el hall de espera, el cartel anunció: Turno 41, oficina 13.
La mujer que aguardaba en uno de los asientos miró el papel que tenía en la mano.
-Buenos días- saludó al entrar. Era una dama elegante, distinguida  y  llevaba una amplia sonrisa en el rostro.