jueves, 17 de julio de 2014

RÚCULA, EL VAMPIRO VEGETARIANO (4º parte)

RÚCULA, EL VAMPIRO VEGETARIANO (4ª PARTE)



 -¿Y yo qué?- dijo Rúcula dentro de su ataúd abriendo los ojos desorbitadamente. -¿Y yo qué?- retumbó en los pasillos del castillo.
-¿Y yo qué?-. La frase subió las escaleras, se adhirió a las paredes, hizo que los vidrios estallaran, se escapó de las páginas del blogg.
Al Conde nunca le había gustado el protagonismo pero, bueno, el hombre propone y Dios dispone, y si uno es un personaje de ficción, siempre hay algún guionista o escritor que se encarga de arruinarte la vida.
-¿y yo qué?- Trató de mitigar su angustia sin sentido. Reiteradas veces el médico le había dicho que no tenía que hacerse mala sangre.
Sabía de otros vampiros que eran realmente felices, pero eso de estar muerto toda una eternidad no era vida. Al fin y al cabo Loser no era un tipo tan malo, él solamente había querido ganarle ese campeonato de palabras cruzadas y, si bien él, Vlad Parera, se había tomado el trabajo de jurar vagar eternamente por éste mundo para hacerle la vida imposible a todos los descendientes de su contendiente, no podía condenar a Loser Ejes por no haber tenido hijos.
¿Y yo qué?-. Si bien la pregunta encerraba un aparente problema de cartel o protagonismo dentro de ésta historia, el real dilema era el protagonismo dentro de su propia historia.
Un sonido llegó desde su estómago recordándole que tenía hambre.
Cuando se deprimía solía pasarse semanas enteras dentro de su ataúd sumergiéndose en un estado aún más depresivo. A veces se despertaba en medio de la noche y para recuperar el sueño contaba murcielaguitos entrando a una cueva.
Alguien golpeó la puerta insistentemente. – ¡Ya tengo obra social!-, gritó Vlad desde su lecho, pero una voz celestial le respondió desde el exterior -¿perdón que lo moleste, pero no tendría un abrelatas?-
La puerta del castillo se abrió sola, Minna entró y tras de sí la abertura volvió a cerrarse. Ella se sintió algo extraña, esos sistemas de seguridad modernos le encantaban.
La sombra de un hombre descendió por la escalera central hasta llegar frente a ella –aguarde un momentito que el jefe se está vistiendo- dijo, dicho lo cual regresó por donde había venido.
Mientras la muchacha miraba azorada el recinto no advirtió que la sombra, mientras se marchaba, giraba su cabeza para apreciar sus curvas y se tropezaba con uno de los escalones de la escalera.
Minutos después, un hombre canoso, de unos… 425 años, estrechaba la diestra de la mujer más bella de Ragusa.
–Encantada- dijo la muchacha, –mi nombre es Minna y vivo cruzando el acantilado-
Rúcula había visto muchas minas en su vida, pero nunca una Minna como ésta.
-Disculpe la molestia- dijo la doncella – pero no pude encontrar el abrelatas, y se me ocurrió que usted podría tener uno-.
El conde hizo un chasquido con sus delgados dedos e, inmediatamente, su sombra llegó desde la cocina con un abrelatas en la mano entregándoselo a la chica y guiñándole un ojo antes de retirarse.
La muchacha comenzó a abrir la lata con el utensilio pero de repente un ¡ay! se escapó de sus labios y un líquido rojo espeso comenzó a deslizarse por su mano.
Los ojos de Vlad se tornaron amarillos, el pulso se le aceleró, la respiración se le tornó entrecortada y sus colmillos crecieron desmesuradamente antes de que se lanzara sobre la mano de la chica, lamiéndola desesperadamente mientras le comentaba:
–Extracto de tomate, me encanta, nada que ver con el tomate al natural-, Minna no retiró la mano, por lo contrario, quedó embelesada con la sorpresiva actitud del conde pero éste sintió algo de vergüenza replegándose y explicando la situación.
-Disculpe, es que soy vampiro-.
-No me diga, y yo soy la Bella Durmiente-.
-¿Y qué hace despierta?
-Sufro de insomnio-.
-Y no probó contar murcielaguitos?, a mi me da un resultado bárbaro.
-La verdad que no, he intentado con ovejitas, oseznos, velociraptores, cachalotes, pero murcielaguitos jamás- se quedó mirándolo por un instante-. ¿De verdad es vampiro? –, le preguntó.
-Sí, pero quédese tranquila, solamente ingiero verduras-.
-Ahora entiendo-dijo la muchacha.
-¿Qué cosa?-preguntó el conde preocupado a lo que ella contestó – lo que tiene entre los dientes, es un pedacito de hoja de radicheta-.


Continuará…