viernes, 11 de julio de 2014

DUELO EN MOUNTAIN CREEK


Esta historia, vió la luz mientras escuchaba la banda de sonido de "El bueno, el malo y el feo", esa gran obra de Sergio Leone. Siempre quise dar vida a un western y hoy, a la sombra de la música de Ennio Morricone, nació ésto. Digo lo que digo porque al momento de dedicarlo, son tantos los que, sin saber quién era yo, me regalaron tiempos tan felices, que no sé a quién hacerlo. Por eso, a Clint Eastwood, a Eli Wallach, a Lee Van Cleef, a Sergio Leone, a Franco Nero, a Bronson, a Fonda, a Robards, a Gemma, al acomodador del cine Urquiza (donde pasé los mejores domingos de adolescencia), al camarógrafo, al chocolatinero, al que me escupía desde el palco.



                                        DUELO EN MOUNTAIN CREEK 

Una gota de sudor surcó su frente, arrastrando el polvo del camino. 
Su caballo y el odio lo habían traído hasta Mountain Creek. 
El maldito Mountain Creek que lo había escupido, que se había reído de su deformidad. 
El despreciable Mountain Creek que había engendrado a la detestable Sally, que había rechazado su dinero en la casa de citas. La hermosa Sally, mas abominable que él.
Solo Tom Hudson se apiadó. Cuando la bandera confederada le negó el derecho a defenderla, el cazador de búfalos, el viejo Tom, había visto en él a un hombre, no una joroba. 
Hudson, no solo lo había convertido en una de las pistolas mas rápidas de la zona, se había embriagado con él, había cabalgado a su lado, le había cocinado el mas exquisito guisado de conejo del desierto y, lo mas importante, había compartido la luna de Arizona. 
Podía pasarse horas enteras viéndolo desenfundar y dispararle a los cactus del desierto, a las botellas vacías y a algún lobo nocturno que se atrevía a merodear la carreta, errando en ese caso, porque Tom Hudson jamás hubiera usado arma alguna para quitar una vida, salvo para cazar al animal que se convertiria en su comida. 
La tarde en que la Smith Wesson de Doug Hendrix desgarró la espalda de Tom, él había ido hasta el pueblo con Butch, el perro sarnoso con una oreja cortada que los seguía como una sombra, a comprar provisiones. 
Supo que había sido Doug cuando lo vió pavonearse en el saloon, con el  Sacón de bisonte blanco de Tom. 
Tuvieron que detenerlo entre varios cuando se lanzó como un perro hambriento sobre el cuerpo del asesino. El duelo se convino para la madrugada del jueves. 
La noche del miércoles puso sobre su mesa una botella de whisky y, en su memoria, los recuerdos de su amigo. 
El viento atravesaba la fogata sin quemarse, arrastrando los pastos secos que se amontonaban contra las ruedas de la carreta. Los aullidos de los lobos anunciaban algo. Limpió la colt de Tom, que ahora era suya, una, dos, mil veces. Y Una, dos, mil veces introdujo como extrajo cada una de las balas en el tambor del arma. De todas maneras, volvió a cerciorarse de que ésta estuviera cargada antes de emprender el viaje. 
Las montañas tenían un tono rojizo cuando pisó Mountain Creek.
Su única compañera, ahora, pendía de su cintura. Abrigada en la cartuchera que se aferraba a su pierna derecha. 
Su caballo giró la cabeza y lo vió alejarse. 
Nadie había en las calles. El pueblo parecía dormido pero las ventanas obserbaban ansiosas, sedientas de sangre. 
Butch, a un lado del "Vernon Hotel", aguardaba, echado, la llegada de la muerte, mientras agitaba su oreja cortada para espantarse las moscas. 
A pesar de los ojos entrecerrados por el sol, pudo ver la figura que comenzaba a avanzar por el lado opuesto de la avenida. 
La cicatriz que los Lakotas habían dejado en el rostro de Doug Hendrix, traían consigo a un Hendrix frío, sin escrúpulos, dispuesto a demostrar lo que la vida mejor le había enseñado. No le quitaría su fama de pistolero un maldito jorobado. Apretó sus dientes masticando el odio.
Se fueron acercando lentamente. Cada paso era el golpe de un titán contra el suelo de tierra apisonada. Truenos en medio de ese desfiladero de edificios de madera.
Cualquier rastro de compasión se iba aniquilando con cada centímetro que devoraba la distancia que los separaba.  Solo el concepto de la muerte ocupaba sus cerebros. Solo el objetivo de arrebatarle al otro, el minuto, las horas que vendrían. 
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para verse las miradas, no supo por qué derramó una lágrima. Tuvo ganas de abrazar al viejo Tom, de gritar, de llamarlo como cuando se confundían con el paisaje,pero Tom no contestaría porque Tom ya no estaba y el culpable se hallaba, exactamente, frente a él. 
Ambos hombres acariciaron las culatas de sus revólveres.

La torre de la iglesia dió la última de las campanadas que anunciaban las seis de la mañana.
-¡Corten!-
-¡Corten!- 
-¡¡Finalizó la escena, corten!!.¡¡¡Corten, maldita sea, dije que corten !!!- gritó el director. 
Era tarde. Ambos habían desenfundado.