jueves, 3 de julio de 2014

ANÍBAL CRECIMANO

                                                        ANÍBAL CRECIMANO

Aníbal Crecimano no despertó, esa mañana, sudoroso y jadeante como quien emerge de una pesadilla. Por lo contrario, Aníbal Crecimano rompió las fronteras entre la conciencia y la incociencia de una manera terriblemente confortable, tal vez, como nunca había experimentado en toda su vida. A pesar de ser domingo, día en que Aníbal Crecimano no iba al trabajo, Aníbal Crecimano abrió sus ojos a las siete AM, como cualquier día laborable de su laborable vida. Tal vez porque era temprano para levantarse a esa hora un día domingo o, tal vez, por la seguridad que le había otorgado el recibir el sol de esa manera, Aníbal Crecimano, decidió bajar sus párpados nuevamente tratando de recordar el sueño que no recordaba pero que lo había hecho tan feliz. El problema fue que, como Aníbal Crecimano estaba perfectamente descansado, no pudo recordar el sueño, por lo que intentó dormirse nuevamente con la esperanza de que su ensoñación retornara a visitarlo. Luego de dar vueltas y vueltas en la cama, Aníbal Crecimano se incorporó para encender un cigarrillo. Se acostó nuevamente, pero la ansiedad construyó un muro entre el sueño y él. Fue por eso que Aníbal Crecimano se levantó para ir hasta la alacena de la cocina en busca de un trago de whisky que lo devolviera a su dormidera. Malo fue que el whisky, en lugar de lograr el efecto esperado, provocara el contrario, aferrando a Aníbal Crecimano al mas terrible de los insomnios. El alcohol, sin embargo, no dudó en exasperar los ánimos de Aníbal Crecimano, que ya no eran los mismos que lo invadieran al abrir sus ojos. Aníbal Crecimano se puso hosco, amargado, violento contra sí mismo por no haberse levantado de su cama cuando la mañana lo había convocado. Y Aníbal Crecimano lloró, lloró porque el que, quizás, podría haber sido el día mas maravilloso de su vida, se había desperdiciado por su estupidez y, cansado por el alcohol y el llanto, finalmente se quedó dormido.
Como a las siete de la tarde de ese domingo, Aníbal Crecimano, despertó.