martes, 24 de junio de 2014

LA VERDADERA RAZÓN



                                     LA VERDADERA RAZÓN



-Yo no fui, fue él-, dijo Eva señalando a Adán. –Yo no fui, fue él-, dijo Adán señalando al ángel. –Yo no fui, fue él-, dijo el ángel señalando al arcángel. –Yo no fui, fue él-, dijo el arcángel señalando al demonio. –Yo no fui, fue él-, dijo el demonio señalando a Jehová. –Yo no fui, fue ella- dijo Jehová señalando a la serpiente, que no tenía brazos.

CRUZANDO RODRIGUEZ



                                    CRUZANDO RODRIGUEZ

-Tenés que ir por Ovidio Lagos hasta Ayolas- me dice Horacio.
-A ver si nos entendemos- le contesto, -yo soy vendedor, me entendiste?, ven-de-dor, si te faltó el cadete yo no tengo la culpa-
-No seas mala onda- me dice – yo tampoco tengo la culpa de que el pibe haya faltado, es mas, vos sabés que él tampoco la tiene, en dos años y medio que labura acá no faltó un solo día-
-yo en 17-
-si, ya sé, pero-
-pero qué?, qué soy yo, Súperman que no puedo faltar nunca?-
-no digo eso
-y qué decís entonces?
-Yo solamente te digo que tenemos que mandar ese paquete, si o si, hoy, de lo contrario los de los ventiladores nos cierran la cuenta y, primero, con éste verano no nos podemos dar el lujo de quedarnos sin ventiladores y, segundo, vos sos el único que tiene auto para llegar ahí antes de las cinco-
-Hay taxis-
-Carlitos….-
-¿Dónde queda?-
-Vos vas por Ovidio Lagos hasta Ayolas, ahí doblas a la izquierda dos cuadras –
-Rodríguez-
-Cruzando Rodríguez, ¿que casualidad no?, seguís veinte metros por la vereda de los números pares y…-
-¿cómo se llama el lugar?-
-pará que te termino de explicar-
-¿cómo se llama el lugar?
-Rosario encomiendas, que carácter de mierda nene, tomá, tenés guita para mandarlo?, te estoy preguntando, tenés?.., andá a la puta que te parió-

Me hincha soberanamente las pelotas que me traten como a un boludo, Ovidio Lagos hasta Ayolas, ahí… por qué no se va a la puta que lo parió?, èstos infelices de Alberdi se piensan que Rosario nació en la zona norte. Ni idea tienen. La de sopapos que me dio mi vieja cuando crucé, sin su permiso, Ovidio Lagos. Los pibes se la pasaban yendo a lo de Susana, tomaban mate con las pibas mientras escuchaban a los Bee Gees y yo me enteraba al otro día, mientras los otros lo comentaban en el recreo.
El tráfico está bastante congestionado, tomo por un par de cortadas y en seguida llego.
Estaciono antes de doblar, por la avenida, total, solamente me faltan dos cuadras para llegar a destino y tengo bastante tiempo, tomo el paquete que me dio Horacio, cierro el auto y cruzo la calle.
Hubiera querido que hiciera frío para esconderme dentro de un sobretodo, bufanda y una gorrita tejida, aunque nunca uso, pero hace calor y lo único que tengo para esconderme son las marcas que el tiempo dejó en mi cuerpo, en mi rostro.
Sigo por Ayolas, cruzo Rodríguez y, veinte metros mas al este, como me había dicho Horacio, encuentro el local.
Entrego el paquete y ya casi me retiro airoso del barrio cuando lo veo. El viejo Rodríguez está cruzando la calle. Sin que él me vea, me escondo detrás de la columna de la luz. Algunos vecinos de en frente me observan desconfiados.

Está cambiado. Creo que por lo único que pude identificarlo es por el ceño fruncido.
-¿Qué hacés Rodríguez?, le grita otro anciano desde un balcón, y Rodríguez no contesta, como no contestaba nunca, como, calculo, no lo hará hasta el día de su muerte.
Tiemblo por la idea de que pueda verme pero sé que me protegen sus recuerdos donde todo era malo, todo oscuro, todo insolucionable.
Tengo deseos de quedarme hasta que el viejo pase a mi lado para ver si me reconoce, pero también me da miedo de que lo haga, así que retrocedo una cuadra para tomar una paralela que me aleje de sus pasos.
-¡¡Carlitos!!!- el grito me llega desde la vereda contraria, yo sonrío y levanto la mano esperando que Gustavo, mi vecino de la infancia, se conforme con ellos y siga su camino, pero no, mira si no vienen autos, cruza la calle, interrumpe mi trayectoria-
-¿Qué hacés Carlitos?- me dice mientras me estrecha la mano eufóricamente.Yo le sonrío -¿Los viniste a ver a los viejos?- me pregunta.
-No, le contesto, otro día, hoy no tengo tiempo-
-¿Cómo andás?- insiste.
-Bien- le contesto.
Se queda mirándome –¡¡Carlitos Rodríguez, carajo!!- me dice mientras me da una palmada en el rostro y se va.
Yo lo miro irse, introduzco mi mano en el bolsillo del pantalón. Si, está el comprobante del paquete.
Sigo caminando hacia donde está estacionado el auto y, sin darme cuenta, cruzo Rodríguez.