domingo, 22 de junio de 2014

MUSAS S.A.

                                                             MUSAS S.A. 

No lo vió llegar. Estaba abstraído, devorado por la superficie blanca que, no lo enceguecía, pero, sí, lo encerraba en ese rectángulo que lo atraía como la muerte, sin dejarle ver nada de lo que sucedía a su alrededor. 
Varios días hacían ya en que iba, inútilmente, al bar, a tratar de escribir algún poema o alguna historia que lo salvara un poco de la cotidianeidad. 
De las otras mesas llegaban risas, gritos, conversaciones que nada le provocaban. 
 Cuando él se le acercó con sus cortos años y su corta estatura para dejarle la estampita a cambio de..., fue como si algo le hubiera golpeado de lleno en el pecho, en las sienes, en los sentidos. 
-¿Cómo te llamás?- le preguntó -Gustavo- le contestó en voz baja tal cual su estatura y algo se encendió en sus venas e hizo que su sangre se dilatara y, a través de ese Gustavo, supo de las historias de todos los Gustavos, y a través de ese niño, supo de otros millones de niños y fue su lápiz una bailarina sobre el papel describiendo en sus giros las historias mas increíbles jamás narradas. 
Y, ensimismado, en sus escritos, no pudo ver cuando Gustavo se alejaba en las sombras que los árboles ofrecían, separándolo de las luces de mercurio, mientras sus ropas se transformaban en un vestido de gasa floreado. Mientras el niño metamorfoseaba en una hermosa muchacha de 15 años, mientras marchaba en busca de otra mesa, de otro lápiz, de otra hoja en blanco.