miércoles, 18 de junio de 2014

MI REINA

                                                     MI REINA


-Dios la bendiga, mi reina- le dijo Rocío y le dió el paquete, todavía humeante, envuelto en papel madera. A pesar del frío no había entrado al bar. Nunca lo hacía. Aguardaba en una de las mesas de la vereda con su chalina, su boca desdentada y sus demasiados años donde, sabía, le darían algo de comida.
Con su gorra de lana haciéndole de techo, se fue en medio de los bocinazos y la gente que insultaba la baja temperatura reinante.
-Dios la bendiga, mi reina- y se llevó los dos sandwiches calientes que tanta falta le harían a cualquiera en una noche como esa. 
Cuando llegó al rancho, los perros salieron a recibirla como si hicieran mil años que se había marchado. Encendió el brasero y puso la pava sobre él. 
Mientras tomaba el mate cocido, repartió el banquete entre los de cuatro patas, que aguardaban, babeantes 
Se acomodaron alrededor de ella cuando el sueño la venció sobre el sillón desvencijado . 
Era como si una guardia real la estuviera custodiando. 
Antes de quedarse dormido, pareció que el Sultán le hacía una reverencia.