martes, 27 de mayo de 2014

¿QUE HACÉS PERUANO?

                                        ¿QUE HACÉS PERUANO?

La luz me encegueció. La lámpara o la suma de lámparas era enorme, gigante, absoluta. Apreté los ojos un momento antes de abrirlos nuevamente para que el daño no fuera tan grande. Atrás se escuchaba un bip bip constante, emanado de una máquina. Un ruido de fuelles que se inflaban y desinflaban, lo acompañaban como en una orquesta de tango que ejecutaba una melodía triste, inapelable. 
El peruano estaba sentado en la cama de al lado. Me sonrió desde su ambo verde. 
-¿Que hacés peruano?- le dije. Él no contestó. 
Lo había conocido allí, en la sala de terapia intensiva hacían unos veinte años, cuando lo iba a visitar al Campi, mi tío, que se había pescado una neumonía de aquellas y que, sumado a los particulares sin filtro y a los imparciales cuando los otros dejaron de existir, se lo habían llevado. 
Lo volví a ver con lo de mi suegro, en un par de oportunidades, porque el viejo era fuerte e iba y volvía de terapia como quien entra y sale de la cocina. 
-¿Que hacés peruano?- le repetí.
En la cama de en frente una viejita se revolvía tratando de encontrar un oxígeno que ya no quería entrar a sus pulmones. 
Dos camas a laderecha una mujer lloraba inconsolablemente sobre el cuerpo, sin vida, de su esposo. 
Dos camas a la izquierda, una ventana pequeña, descascarada, dejaba filtrar la luz de una luna llena capaz de enamorar al mas apático de los hombres. -Estás igual- le dije, y era cierto. 
Los años no habían pasado para él o, al menos, lo habían hecho sin dejar marcas. Si hasta parecía conservar la edad que ostentaba cuando lo cuidaba a Campi. 
Yo iba todas las noches a visitar a mi tío. Al mediodía no podía porque estaba trabajando pero cuando caía el sol trataba de aprovechar los diez minutos de visita que me correspondían, leyéndole un poema de Don Julio Miño, que era el preferido de Campi. Le podría haber interpretado un tema de Orlando Vera Cruz, pero el canto nunca fue lo mío. 
Fue allí cuando el peruano se me acercó por primera vez -¿te gusta la poesía?- me preguntó.

Me quise incorporar en la cama pero me dí cuenta que estaba conectado a un millón de aparatos de donde provenían los sonidos. 
El peruano no cesaba de mirarme ni de sonreir. 


Lo volví a ver años mas tarde, cuando lo de mi suegro. A él no le leía nada porque no le gustaba la literatura. Unos meses antes, cuando no estaba tan mal y yo lo cuidaba por las noches, le pregunté si nunca había leído y él me contestó que si, que la biblia, que hacía unos meses pero no había entendido nada. 

Vallejo le gustaba al peruano... y Ciro Alegría. Era de esas personas con los que uno se podría quedar charlando horas y horas, pero nuestras conversaciones eran tan fugaces como lo p0uede ser la visita a un enfermo que está en terapia. 

De pronto me dí cuenta que me podía incorporar, que si lo hacía los cables a los que estaba conectado se desprendían sin mas. Fue entonces que ví al que estaba en la cama de al lado. Antes, desde la horizontalidad de mi lecho, me había sido imposible. Era el peruano, pero no el peruano como lo había visto hacía un rato. Estaba mas viejo. Intenté decirle unas palabras pero no me entendió, apenas balbuceaba. 
Él, que había dedicado su vida a cuidar a otros, ahora estaba allí, en el lugar de los que, otrora, había acompañado. -¿Que hacés peruano?- le dije y le pasé la mano sobre las canas, pero él no me respondió. Tenía sus ojos legañosos clavados en las luces. 
Le subí las frazadas para que no sintiera frío y le acomodé las almohadas. Después me senté al borde de mi cama y le recité un poema de Vallejo.