lunes, 19 de mayo de 2014

LA GRAN BATALLA

                                                LA GRAN BATALLA 

Un hombre debe ser lo que debe ser, se dijo a sí mismo. Un hombre debe ser un hombre, y acarició, con la palma de su mano, la empuñadura de su espada. 
No era un arma común. Los arcángeles habían fundido su acero en las hogueras del infierno y la habían templado en las lagunas estigias. 
Detrás de él, un millar de guerreros golpeaban, enajenados, sus lanzas contra sus escudos, entonando cánticos de guerra que invocaban la fuerza de sus ancestros. 
No esperaban medallas. No esperaban gloria. No esperaban honor. Solo era el hecho de enfrentar a la muerte en todas sus magnitudes y demostrar que nada podía contra ellos, que la eternidad era, apenas, una fracción de segundos en sus existencias. 
La vaina sintió el filo de la espada desenfundando furiosa para cortar el cielo. 
-¡Avancen!!!- gritó con el arma elevada por sobre su cabeza, desventrando el aire, al tiempo que su caballo se lanzaba en loca carrera. Y en loca carrera se lanzaron, despiadados, levantando una polvareda digna de mil millones de equinos descontrolados, dispuestos a seguir hasta las últimas consecuencias a ese hombre, a ese dios de la guerra, contra el acantilado que aguardaba con sus fauces abiertas.