sábado, 17 de mayo de 2014

EN LO DE LA LORENA

                                                  EN LO DE LA LORENA 

Ya no compro empanadas en lo de la Lorena. Ojo que no tiene nada que ver con lo que pasó esa noche, o si, que se yo. Sé que mucha gente no volvió a ir ni para preguntar precios cuando reabrió, nunca la perdonaron, pero ese no es mi caso. Se equivocó, pagó. ¿Quién soy yo mas que la justicia para andar agrandándole la sentencia?.
Está bien, no tenía derecho, por mas que el Turco haya sido una mala persona. Además, todo es tan relativo. Yo compré empanadas esa noche. Si. Siempre le compraba, eran exquisitas. 
Hacían ya varios días que no se lo veía a él, pero a nadie le importaba, si la que siempre estaba cocinando en la rotisería era la Lorena. Cocinando, vendiendo y cobrando. A él, solamente, se lo veía cuando aparecía para abrirle la registradora y sacarle la guita para irse con el Osvaldo y el Santiago, que todos sabemos en lo que andaban. 

No le quedó otra. No. No le quedó otra mas que soñar, ese fue su pecado. Porque con el tiempo la guita se le fue terminando y lo único que le quedó para rellenar las empanadas fueron sus sueños. 
Eso comimos esa noche, sueños. Sueños salados, sueños dulces, sueños al horno y fritos con grasa, sueños con aceitunas, con y sin huevo duro y hasta algún que otro sueño con pasas de uva. 
Y vos no sabés, no sé si era que hacía mucho que no soñábamos, que jamás nos habíamos atrevido a hacerlo o que los sueños tenían una fuerza tal que se materializaron en nosotros.  Y en la noche esa, el barrio fue una fiesta en la que nos atrevimos a vivir como hacía mucho no lo hacíamos... hasta que llegó el día.
Por eso, si alguna vez te dicen que me fui a comprar empanadas, no me busqués en lo de la Lorena. Ya fue. Por una noche fue suficiente. Debo admitir que hermoso, pero solo por una noche. 
Es como la adolescencia, ¡viste?, hay muchos que dicen, ah, si volviera a tener quince años!!!. ¿Para qué?, ya no soy ese pibe que quería cambiar el mundo, que lloraba y reía como si cada día fuera a ser el último de su vida. Hoy sé que cada día, por lo contrario, es como una pequeña muerte que se nos va metiendo en la sangre de a poco, hasta que, de roja, la sangre se torna negra, porque renegás de ella, pero es tu vida y, si te la cambian, ya no te queda pasado ni futuro. 
Yo sé que, aún hoy, siempre hay alguno que se llega hasta la rotisería y le pregunta si no le queda alguna empanada de las de aquella noche, pero allá ellos.