domingo, 11 de mayo de 2014

EL CHEQUE

                                                     EL CHEQUE

Finalmente lo había conseguido. Enorme y ardua había sido su lucha para lograrlo pero, ahora, solo cinco personas se interponían entre ella y el cajero para que su sueño, al fin, se viera concretado. 
Mientras aguardaba, introducía su mano una y otra vez en la cartera a fin de cerciorarse de que, todavía, estuviera allí. Mientras lo atrapaba entre los dedos mayor y pulgar, pasaba el índice contra la superficie para sentir la textura. Por un momento hasta le pareció que si lo raspaba con la uña saldría perfume a frutillas, como cuando, en el recreo, se juntaban todas a intercambiar aromas de las figuritas esas. 
Se vió reflejada en el ventanal del banco y se descubrió sonriente y hermosa. 

Al recibir el cheque, el cajero lo revisó minuciosamente -no está endosado- le dijo. 
Le había costado conseguirlo. Quién iba a decir que, después de tanto tiempo, él mismo iba a confeccionárselo con su propio puño y letra y no una de sus tontas secretarias -perdón, no me dí cuenta- dijo. Tomó el bolígrafo que estaba unido por un cablecito enrulado a la sopapita adherida al mostrador y estampó su firma y sus datos al dorso del giro.
Una vez reintegrado al empleado, éste movió un par de veces el mouse de su computadora escrutando en su pantalla, levantó el teléfono, habló unas palabras en voz baja y esperó una respuesta. Atrás, la cola de clientes, se había extendido bastante.
Pasaron un par de minutos antes que el bancario colgara. -No tiene fondos suficientes- le pareció escuchar del otro lado de la ventanilla, pero ya se sabe cómo es esto de los agujeros en los vidrios de los bancos, nunca coinciden con la altura del cliente -¿cómo?- le preguntó. 
La voz del muchacho le llegó como ondulante, como un eco, como en esos sueños en que uno no sabe donde termina la realidad y donde comienza lo incomprensible. 
Sintió que las piernas no le pertenecían, que el cuerpo no le pertenecía, que los sueños no le pertenecían, que nada le pertenecía. 
-¿Está bien señorita?- le pareció escuchar del joven mientras se alejaba, hacia la puerta, a tropezones, con el cheque en la mano. 
Al llegar a la vereda volvió a leerlo "Mucho amor" decía. -Que estúpida!!- se dijo. Alguien que le pone valor nominal a algo que es absoluto no solo le está restando significación a ese algo sino que, también, está afirmando su inexistencia. Lo peor de todo era sentir que lo que ella había cobijado en su interior,  había quedado en ese banco, mas precisamente, en esa cuenta corriente, y que nunca le sería devuelto. Volvió a verse reflejada en otro vidrio y ya no se pareció tan bella. -Tal vez tenga razón mamá- pensó - quizás tendría que abrir una pequeña cajita de ahorro - y rompió el cheque en mil pedazos.