miércoles, 2 de abril de 2014

LOS DESTERRADOS



                                                     LOS DESTERRADOS



Nubes densas y oscuras vaticinaron el frío que se avecinaba. Él trató de cubrir la cabeza de ella con unas hojas de parra para que la lluvia no le infrigiera mas frío que el que experimentaba, pero las gotas eran latigazos en el resto de ese cuerpo al que él amaba. Hasta ese momento, ninguno de los dos sabía lo que era el pudor, el dolor, el desamparo, pero ahora, un mundo perfecto, un mundo de prados y seres mansos, un mundo amasado con pulpa de arco iris, se desvanecía. Seguramente tendrían dos hijos y uno mataría al otro. Ellos lo sabían pero ya no podían hacer nada frente al destino. Un futuro oscuro y cruel los aguardaba. Un universo hostil, desesperado, donde deberían luchar con las alimañas para no ser devorados. Una sociedad donde los hombres arrancaban su séptima costilla no para dar vida sino para enterrarla en el cuello de sus adversarios. Ya atravesado el límite, no pudieron mirar atrás, no quisieron ver los verdes suaves, los lagos, las elevaciones, el guardia cerrando la puerta, el cartel donde decía, “barrio privado”.          

AUTOENGAÑO



                                                           AUTOENGAÑO



El reloj de palacio dió las diez campanadas cuando los concurrentes a la fiesta giraron sus rostros para verla.

Nadie, absolutamente nadie, pudo quitar la mirada de aquel cabello rubio ensortijado cayendo sobre los hombros blancos y suaves, los ojos terriblemente claros, perfectos.

Todos ignoraban quien era, salvo sus dos hermanastras y la madre postiza que habían convertido su vida en un calvario desde la muerte de su padre, pero fingieron no reconocerla, no quisieron que las relacionaran con esa mujer andrajosa, llena de hollín sus manos y sus piernas, que había llegado al lugar montada sobre una calabaza a la que arrastraban seis ratones asquerosos.