viernes, 7 de marzo de 2014

JESÚS VALDÉZ

                                                                 JESÚS VALDÉZ 


-Sabés que si no me ayudás ésta vez, no te la vas a llevar de arriba- .
Jesús Valdéz apuntaba con su revólver oxidado a la imagen que colgaba de la cruz de la única iglesia de Santa Clara del Cobre.
-Sabés que mis hijos tienen hambre, que ya no recuerdo cuándo fué la última vez que le llevé una flor a mi Tamara, que mis viejos tienen frío y yo ni un leño puedo arrimarles después de que ellos me han dao` la vida. Los dos pesos que conseguí después de muchos días, se los hé jugao` a ese número que vos sabés que es mi última esperanza, así que si fuistes de nuevo cruel conmigo, ésta vez, también yo voy a ser cruel con vos-. 

Cuando Jesús Valdéz se marchó, el monaguillo, que había estado escuchando detrás de la imagen, arrastró cruz y crucificado, buscando un refugio, hasta donde mas podían sus fuerzas. Se quedó agazapado, expectante. 
-¡¡Te lo dije!!!- escuchó, al rato, gritar a Valdéz enfurecido- y vos, en lugar de ayudarme, te escondés como una sabandija-.
Hubo un sollozo al principio, después, un llanto fuerte, desesperado, y un aullido, un aullido como nunca se había escuchado en Santa Clara del Cobre. 
Tal vez por ese alarido, el muchacho no pudo oir el ruido del arma amartillándose, apuntando a la propia sien de Jesús Valdéz. El rugido del trueno trajo la lluvia roja. 
El acólito no pudo reaccionar cuando el surtidor bermejo salpicó su rostro. Ni si quiera cuando comprobó que esa sangre no provenía de donde él pensaba, sino de la imagen que él estaba protegiendo y, cuya testa, estallara, como lo había hecho el cráneo de  Jesús Valdéz.