lunes, 3 de marzo de 2014

LA SANGRE

                                                                 LA SANGRE 

Ya en sus últimos momentos pensó en su sangre. Esa sangre que lo había impulsado en cada acto, en cada pensamiento, en cada instante de su vida. Esa sangre que sabía mas de él que él mismo y que, ahora, sentía como se secaba en sus arterias, tornándose espesa y pesada. Lenta, como sus movimientos. Ajada, como su piel. Terca, como algunas de sus últimas decisiones. 
El poco oxígeno que guardaban sus glóbulos rojos decidió instalarse en su cerebro. Era inútil tratar de irrigar sus piernas, como cuando le ayudaba a ir a su encuentro. Como cuando se desplazaban a sus ojos para lograr esa estimulación, que nunca era suficiente para permitirle verla en toda su magnitud, hermosa, perfecta, indescifrable. 
Después, como una amiga comprensiva, su sangre se deslizaba por sus canales secretos hasta el corazón y, desde allí, se disparaba, cual fuegos artificiales, hacia sus manos, hacia sus labios, hacia cada una de las partes de su cuerpo que ella requería de él para ser feliz. 
Notó que sus párpados le pesaban pero no le reprochó nada . Sintió una gota roja, corriendo, solidaria, hasta su lacrimal y se estremeció cuando ella, toda, lo envolvió en un abrazo interior, intenso pero tierno, antes de enviar dos chispas, una a cada extremo de los labios. Sonrió, y se quedó dormido.

EL CREADOR

                                                           
                                                               EL CREADOR 



Esa noche descubrió que si deseaba que lloviera con la adecuada intensidad, la lluvia acudía... y descubrió las montañas que había anhelado brotando de la llanura..., y los mares inundando los desiertos y se los ofreció a ella, y ella amó sus mares, amó sus montañas y sus lluvias y todo lo que, para ella, él había creado, pero no pudo amarlo a él.