domingo, 23 de febrero de 2014

LA VÍA AL COSTADO DE MI CAMA

                                             LA VÍA AL COSTADO DE MI CAMA 

El silbato del tren solía despertarme por las noches. Desde mi cama, a pesar de no verlos, podía contar los vagones y adivinar si era carguero o de pasajeros.
Sobre la vía que pasaba justo delante de mi casa, calle de por medio, los maquinistas lucían sus gorras azules y las muchachas los saludaban soñando con los lugares que ellos conocían. 
A veces, el negro Mario, Mingo o el Mudo, corrían detrás del último furgón y se subían a él, viajando como vagabundos por un par de cuadras, hasta que tenían que saltar para que no los viera el guarda. 
Algunas mañanas, después de las lluvias, mis zapatos me sorprendían navegando por mi habitación sobre el agua que, por mas que lo intentaba, no podía saltar el terraplén donde se asentaban los durmientes a los que se aseguraban los rieles por donde cereales, vacas y personas venían desde algún lugar para ir a otro. Con el tiempo, los ferrocarriles dejaron de tener interés en pasar cerca de mi ventana, y, con ello, el terraplén fue desmontado y el trabajo de mi padre de subir los pisos quince centímetros resultó obsoleto. No recuerdo bien cuando fue. 
Cierta tarde en que ya los años y la experiencia me habían transformado en hombre, le pregunté a mi madre mientras tomábamos unos mates  en el viejo patio -Mamá,¿ cuándo quitaron las vías que pasaban por acá en frente?-
-¿Qué vías?- me respondió ella.