martes, 4 de febrero de 2014

LA LLUVIA A LA ALTURA DEL MANTEL

                                               LA LLUVIA A LA ALTURA DEL MANTEL 

Y esa maldita costumbre de poner las cosas a la orilla de la mesa, como si en el medio no hubiera lugar, como si se estuviera reservando el centro de la superficie para un florero, o un candelabro, o un centro de mesa mismo, o como cuando comprás una pizza, dejando el corazón de la secreta testigo de almuerzos, de cenas, de discusiones y reconciliaciones, para que la ocupe la caja cuadrada que conserva la temperatura de la de anchoas o la de muzzarella, con los palitos de madera, si, no con esas mesitas de plástico insípidas del tamaño de un dedal que evitan que el queso se adhiera a la tapa del cofre de cartón, pero no hay pizza, no hay florero, no hay totem, solo un inmenso, indescriptible espacio vacío y la pava con esa enorme panzota de acero inoxidable al lado del libro de Roberto Arlt con las letras plateadas sobre el lomo que nunca vas a terminar de leer porque siempre hay que hacer algo, arreglar la persiana, ir a comprar el pan, ver la última noticia que están pasando en el notidiario o cambiarlo al Mauri, que parece que tuviera cuatro años en lugar de sus siete meses y medio porque no se queda quieto ni un instante, gatea, se arrastra, se agarra de lo que puede para intentar ponerse de pie, como en ese momento en que Malena está saliendo de la cocina y que coincide con tus pasos llevándote hasta la puerta para saber quién es el que tocó el timbre dejando de prestar atención a los pequeños movimientos y el mate y el libro de Arlt que, por qué no estará en la repisa si nunca vas a terminar de leerlo y la pava al lado con el agua demasiado caliente por lo que al segundo mate la yerba se lava y el chico que se aferra al mantel porque las cosas brillantes lo atraen, y atrae el grito que te lleva corriendo hasta el living tratando de evitar lo inevitable, vos intentando llegar hasta la mesa, Malena tomándose la cabeza con sus manos y el pibe, el pibe que cambia su sonrisa por una mueca de horror porque, como si fuera una catarata, el libro se abre y cada letra se derrama sobre la pequeña cabecita sumando el aullido horrorizado del pequeño al alarido de la madre que te mira como preguntándote por qué, por qué no guardaste ese libro?