lunes, 29 de diciembre de 2014

PRINCIPIO DE LA HISTORIA



                                          PRINCIPIO DE LA HISTORIA


En algún lugar estaba. No podía andar muy lejos. La montaña, si, la montaña podía esconder secretos sobre los que escribir. Ríos, árboles, duendes, elfos. No, nada.
Nada que pudiera ser interesante.
La niña, si, la niña que había visto esa mañana. Madre muerta, padre débil, madrastra malvada, no, muy usado. Y el pastor?, claro. Un rebaño aislado, cinco hijos que alimentar y el rebaño de otro que tiene que cuidar, muere una oveja accidentalmente, ¿la lleva a su casa para darle de comer a los suyos?. No, decididamente no había historia interesante para narrar, guardó sus anotaciones en el bolso, enfundó su armadura, montó su dragón y emprendió vuelo.

domingo, 21 de diciembre de 2014

BANDERA PIRATA



                                       BANDERA PIRATA


Jamás fuimos testigos, ni mis hermanos, ni yo, de una demostración de amor entre mis padres. Nunca un beso, una caricia, un abrazo, brotaron de sus labios, de sus manos, de sus brazos, en nuestra presencia.
Por eso me causó extrañeza la tarde en que papá, de regreso del trabajo, le propinó a mamá una palmada en el trasero.
La enorme manaza de albañil llena de cal, quedó marcada en la pollera negra.
Quizás porque era mas importante decirle que se sacara los zapatos antes de entrar a casa porque llenaba todo de arena, ella no dijo nada. No hubo respuesta alguna de aprobación, pero tampoco de rechazo.
Lo cierto es que la palma de papá siguió dibujada en la amplia pollera durante toda la velada.
A la hora de la cena, mis hermanos y yo, nos codeábamos sonriendo por lo bajo, cuando las caderas amplias de mamá iban hacia la cocina, exhibiendo su pintura rupestre. Papá miraba el televisor.

Tiempo después de que mis padres fallecieran, pasé por la casa que había protegido mi infancia, antes de llegar a mi departamento, de regreso del trabajo.
Allí, abrí un poco las ventanas para que entrara algo de luz.
Fue revisando la cómoda que estaba en la habitación grande, donde, sabía, se escondían unas  fotos,  que hallé una bolsita, de esas, que te dan en las tiendas, cuando comprás algo.No recordaba haberla visto jamás, ni tenía por qué saber de cada cosa que hubiera en la casa. Yo había hecho mi vida, pero algo me atrajo del paquete. Lo extraje de su refugio. Saqué su contenido y lo desplegué sobre la cama. En uno de los costados de aquella pollera negra, como una calavera pirata, seguía estampada la mano de cal. La doblé, la coloqué dentro de la  misma bolsa y la regresé al viejo cajón. 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

MENSAJES



                                                  MENSAJES



-Hola- escribió él

-Hola- escribió ella

-Te extraño – leyó él

-Te extraño – leyó ella

-Tantas son las ganas de verte!!, pero sé que, por ahora, éste es el único medio por el que podemos estar cerca- leyó él.

Ella no leyó nada, escrutó a su alrededor para cerciorarse que nadie de las otras mesas estuviera leyendo, como si estuvieran espiando un beso, entrometiéndose en su intimidad.

Puntos suspensivos, escribieron ambos, signos de admiración, como suspiros.

-Hasta mañana- escribió él

-Te quiero- escribió ella.

Seis mil kilómetros de montañas, ríos, luces y seres humanos, los separaban.

Ella cerró su libreta y guardó la lapicera antes de marcharse del bar.

El se quedó sentado en su jardín, el cuaderno sobre la falda, el lápiz apretado en una de sus manos.


martes, 16 de diciembre de 2014

EL ÚLTIMO DÍA DEL ESCRITOR



                                   EL ÚLTIMO DÍA DEL ESCRITOR

La luz del sol le lastimó los ojos
-Buen día dormilón, ¿cómo pasó la noche?- Mariana acomodó unas flores después de correr las cortinas
-¿Qué hora es?- preguntó Lemos
-Es mala educación responder a una pregunta con otra-
-¿Qué hora es?- repitió Lemos
La muchacha recogió los dos papagayos y se introdujo en el baño.
Una vez limpios los recipientes volvió a colocarlos sobre la mesa de luz –las diez – respondió.
Lemos se sumergió entre las sábanas -¿Hoy tampoco se va a levantar?-
El viejo respondió con una tos repetida y acuciante que hizo que la chica corriera a colocarle la máscara de oxígeno casi de inmediato.
Al cabo de un rato la tos cesó y el viejo le hizo seña con la mano a la joven para que retirase la mascarilla.
-Llegaron cartas- dijo Mariana.-Muchas, como en otras épocas-
-¿Se acordaron?- contestó Lemos –en una época tenía que seleccionarlas porque el tiempo no era el suficiente para leerlas a todas: “Maravilloso su relato El ovejero, Lemos”, “Cada vez me conmueven mas sus textos Lemos”, “¡Qué placer leer su último libro Lemos!!”-, Pero Lemos, si bien disfrutaba de los halagos, sabía que, en realidad, esos lectores le estaban pidiendo mas, que no les alcanzaba, que querían que dejara no solo su sudor en esas hojas, querían que dejaran su sangre, su vida, querían hasta robarle su historia, hasta que enfermó y dejó de publicar, entonces, las cartas fueron cada vez menos, y menos, y menos, hasta desaparecer por completo.
Y ahora volvían al ataque. No estaban conformes con lo que les había dado, ahora, seguramente, le reprocharían su silencio, y en ese reproche estaba encerrado el pedido, el insaciable pedido de los que nunca se dan por satisfechos.

Mariana no dijo nada, dejó las cartas sobre la cama y se retiró de la habitación.
Cuando, después de unos minutos, la chica regresó para traerle el desayuno al escritor, todo estaba tal cual lo había dejado al retirarse.
-¿Le pusiste azúcar?- preguntó el viejo.
-Sabe que no puede- replicó ella. Levantó un poco la parte posterior de la cama ortopédica moviendo la manivela, le colocó la mesita y, sobre ella, el café con leche y las gafas de leer antes de retirarse.
Las manos temblorosas del viejo dudaron antes de abrir el primer sobre, y el segundo, y el tercero.
Cuando Mariana entró a la habitación, atraída por el ruido, el viejo estaba tirado sobre uno de sus costados y el café con leche se desparramaba sobre las sábanas. El viejo, ya sin vida, no tenía el rostro osco que portaba cada segundo. Una sonrisa amplia se dibujaba en él como, según le habían contado a ella, en algún tiempo había sido su mas valiosa marca registrada.
Y sobre las sábanas, el líquido se seguía desparramando, alcanzando los sobres abiertos donde, cada uno de sus lectores, le había escrito un cuento.

jueves, 11 de diciembre de 2014

EPSILON CUARENTA



                                                EPSILON CUARENTA



Los rayos de la pistola láser de Epsilon Cuarenta pueden atravesar tres tanques, si éstos están dispuestos de manera correcta. Epsilon recuerda viejos combates, mientras la sopesa con sus manos, contra monstruos interplanetarios, luego de los cuales, su emperador colmaba su pecho de medallas. Medallas que, luego, mostraba a sus hijos, orgulloso. Ahora, Epsilon Cuarenta introduce su arma en el bolso amarillo, como los ojos de su Alfmega Cincuenta y siete. Debajo de su impermeable, su sombrero y sus lentes oscuros, transita desapercibido entre los humanos. Epsilon Cuarenta Lleva el nombre del asteroide que habitaba. Es el último de su especie. Un perro sarnoso se le acerca en una de las esquinas. Epsilon se agacha un poco para acariciarlo. No había de esos en su estrella. La campanilla suena cuando abre la puerta de la tienda. Se cerciora de que no haya nadie. Saca su arma cuando el tiendero aparece detrás de las cortinas de flecos. –Veinte dólares- dice éste – tengo un montón como éstas -. Epsilon deja el arma sobre el mostrador y toma el dinero. Antes de marcharse agita un poco la puerta de salida y la campanilla pendiente del extremo superior derecho suena una y otra vez. Epsilon sonríe y se marcha.